Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Memoria histórica. San Quintín (1557). Y 7 

Tres foramontanos en Valladolid 17 Ene 2023 - 07:20 CET
Archivado en:

Por Carlos de Bustamante

(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)

Estamos viendo, queridos amigos, cómo de una forma uniformemente progresiva, el arte de la guerra, sí, que a lo bestia si se quiere, pero   también en la guerra hay un arte, por supuesto muy distinto al acostumbrado de pincel o espátula y lienzo o papel.  Vano intento el mío si tratase de explicaros dónde, cómo y cuándo puede darse arte en los horrores que una guerra lleva siempre consigo. Y por vano, leed lo que sigue.  Me diréis luego si la   cuasi perfecta coordinación de Infantería Artillería y Caballería   en el momento preciso, es o no obra de arte en el campo de batalla.  Como  obra de arte  es  la  detallada  narración  que me he permitido  reescribir del más  que recomendado  Vientos  de  Gloria    con    que  Fernando  Martínez Laínez  ha devuelto  a España  y los españoles la verdadera  memoria  histórica que  en   san  Quintín   alcanza  el grado de épico.

EL EMPUJE FRANCÉS

La batalla se inició con un cañoneo de la artillería francesa, antes de que el bando español se hubiera desplegado totalmente. Bajo el fuego, el conde de Egmont, al frente de la caballería, arengó a sus hombres y enseguida acometió frontalmente. Tras un choque confuso, la tropa montada de Egmont retrocedió sin perder el contacto con la fuerza enemiga. La caballería ligera flamenca había descargado sus armas sobre los lanceros franceses, pero la caballería pesada, los hombres de armas, había sufrido duramente los disparos de los cañones y arcabuces franceses y tuvo muchas bajas antes de chocar con el enemigo. Los caballeros flamencos llevaban la peor parte y Egmont ordenó replegarse. Como relata el historiador A. R. Esteban Rivas: Lentamente, la línea española se retira; los jinetes de los flancos, ante la retirada del centro hispano, vuelven también sus monturas […]. Los franceses se envalentonan y atacan con más denuedo; los jinetes flamencos y españoles vuelven grupas perseguidos por la caballería francesa. Trabados con los de Egmont, los jinetes de Thermes se desentendieron de la infantería que formaba el centro del bando español, y también sobrepasaban a su artillería, que debía interrumpir el fuego. El mando de la caballería francesa cometió entonces un grave error. Se lanzó a perseguir a los jinetes hispanoflamencos, dejando un espacio libre entre la caballería y la infantería, con lo que se desarticularon las líneas francesas. Thermes se dio cuenta y ordenó un ataque general de la infantería para corregir el fallo.

UN ERROR FATAL

Los franceses cantaban victoria, pero Egmont reagrupó y reorganizó a su caballería amparándose en los cuadros de infantería españoles, valones y alemanes, que aguantaron el choque con los jinetes franceses y detuvieron su progresión con una muralla de picas y con el fuego de los arcabuces. Una vez recuperado del primer encuentro con la caballería gala, Egmont cargó de nuevo con los jinetes de Enríquez contra el flanco derecho enemigo. A este ataque se unió rápido el resto de los hombres de armas y de la caballería ligera del bando hispano. Con este movimiento, los caballeros franceses se vieron frenados por la infantería y atacados de flanco por la caballería enemiga. Eso les hizo ceder terreno y retroceder poco a poco hasta la línea de su infantería. Entonces Egmont aprovechó el momento de confusión del enemigo para ordenar avanzar al cuerpo central de su infantería, unos 10.000 hombres. El choque fue muy fiero y la infantería franco-alemana de Thermes resistió bien. La batalla se estancó en el centro, pero en el flanco derecho, donde combatían los infantes españoles, los arcabuceros de Luis de Carvajal sortearon la línea de carruajes que protegían el campamento francés y abrieron fuego contra sus defensores. El ataque tenía un componente psicológico importante que desmoralizó al enemigo, ya que en esos carros los soldados franceses guardaban todas sus pertenencias y el preciado botín. Como observa A. R. Esteban Cabrera: Perder banderas y bagajes significaba la mayor de las deshonras. Es por ello que en la defensa de los carromatos no se regateaban esfuerzos y no se dejaba su guarda a inexpertos y noveles, sino a hombres duros y veteranos de absoluta entereza y lealtad. Por el espacio abierto entre el campamento y la infantería francesa empeñada en la lucha penetraron por sorpresa los arcabuceros españoles disparando con su habitual eficacia y causando muchas bajas a las retaguardias de la caballería y a la de los piqueros galos. Las mangas de arcabuceros, que se habían movido sigilosamente, atravesaron la línea de carromatos que cerraba el ala izquierda francesa y sus disparos sembraron el desorden en el campamento de Thermes. Por esa brecha en el ala izquierda del ejército francés penetraron más infantes españoles y valones, con lo que la lucha se generalizó. Egmont aprovechó entonces para lanzar sus escuadrones de caballería, ya recuperados del primer choque, por el espacio vacío mencionado, y cargó fulminantemente contra el centro enemigo. Como dice Almirante, «fue un encuentro rápido, instantáneo, como deben ser los de caballería cuando los manda un general valiente; una carga de pretal fulminante como el rayo».

PARÍS SE SALVA

La excesiva prudencia del monarca, advertido por sus consejeros de la falta de dinero, le impidió explotar debidamente la victoria. En contra de la opinión de su padre, Felipe II no quiso marchar sobre París y decidió regresar con su ejército a Flandes. José Almirante, que piensa acertada la decisión del monarca, señala, citando al historiador Luis Cabrera de Córdoba, que no fue el consejo errado, para no entrar en Francia, como su padre [Carlos V], comiendo pavos y salir comiendo raíces […] y por esto sitiaron a San Quintín; […] y quien se resolviera a entrar contra París había menester mucho tiempo, mucho dinero, mucha ventura. La realidad era que se acababan el verano y el dinero, y eso obligaba a precipitar los acontecimientos o aplazarlos hasta la campaña siguiente. La ocupación de San Quintín se completó con la de Chatelet, Ham y Noyon. La guerra con Francia prosiguió durante 1558, y los franceses, pese a ser derrotados de nuevo en Gravelinas, conquistaron Calais en enero de 1558, lo que provocaría hondo pesar en Inglaterra y tendría funestas consecuencias para la marina española en el mar del Norte y el Canal de la Mancha. El 3 de abril de 1559 concluyó la guerra con la Paz de CateauCambrésis, que se prolongó durante casi todo el reinado de Felipe II y dejó en manos de España y sus aliados una serie de importantes enclaves en el norte de Francia. España impuso definitivamente su hegemonía en Italia y la frontera de los Países Bajos. En el mismo tratado se estipuló el matrimonio de Felipe II, que acababa de enviudar de María Tudor, con la joven y bella Isabel de Valois, hija del rey de Francia. La reina inglesa murió el 17 de noviembre de 1558, amargada por la pérdida de Calais. Francia, por otra parte, conservó los importantes enclaves estratégicos de Metz, Toul y Verdún. El ejército de Guisa, que con tan escaso resultado se batió en Italia contra los españoles, tuvo que regresar a Francia, y el papa, a su pesar, hubo de pedir la paz al duque de Alba, que hizo su entrada triunfal y respetuosa en Roma. Entre los protagonistas de la batalla destacaron, por parte francesa, el condestable de Montmorency, quien, aunque diestro y valeroso, actuó de forma bastante imprudente y precipitada. A sus órdenes tenía buenos capitanes, como el príncipe de Condé, el duque de Enghien y el mariscal de Coligny. En el lado español, además de Filiberto de Saboya, primo del rey y gobernador de Flandes, tuvieron actuación sobresaliente el conde de Egmont, jefe de la caballería, y los jefes de la infantería española de los tercios: Navarrete, Cáceres, Romero y García Manrique, además del conde de Pembroke, que mandaba el contingente enviado desde Inglaterra. San Quintín dejó sentada la supremacía de las armas de fuego individuales y la infantería, y señaló el poder cada vez más pujante de la artillería para la destrucción de murallas y cuadros combatientes compactos. Fue también una buena muestra de la conjunción táctica de una serie de factores: reconocimiento, sorpresa y envolvimiento, ejecutados con decisión, contando con unas tropas de gran calidad y alto espíritu de lucha. Como escribió el historiador Cabrera de Córdoba: Jamás se vio exército más bien gobernado, obediente, disciplinado, unido, con ser de tantas naciones compuesto, cumplido en todas sus partes, más abundante de dinero, vitualla, artillería, municiones, soldados, gente venturera y de corte, cabezas, capitanes, oficiales animosos dispuestos a sufrir trabajos. El colofón artístico-religioso de la batalla perdura hasta nuestros días en el monasterio de El Escorial, situado a cuarenta y siete kilómetros de Madrid y mandado construir por Felipe II para conmemorar la victoria. «En reconocimiento de la victoria que Nuestro Señor fue servido de darme el día de San Lorenzo del año de 1557», como escribió el monarca más poderoso de su tiempo.

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by