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Memoria histórica. Batalla de Gravelinas. 1

Tres foramontanos en Valladolid 20 Ene 2023 - 07:27 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Sitio de Gravelinas, 1652, pintura de Pieter Snayers)

Observaréis  mis amigos y probables únicos  lectores,   que no parece  sino  que guerrear  fuera  la primera  y principal  ocupación  de los  mandamases en los  azarosos tiempos  objeto  de estas narraciones bélicas.  Pues digo, que según y cómo.  De una parte, insisto en que no resulta fácil, ni probablemente justo, considerar a la distancia de cinco o más siglos los hechos, de armas o no, desde nuestros días.  De otra, sin   mojarme en expresar mi opinión sobre guerras justas o injustas, dejo a la mejor opinión de mis amigos y probables únicos lectores la espinosa cuestión   de guerras de o por religión.  Antaño por el islam o las cruzadas. Hogaño – referido a la fecha de esta batalla (protestantes luteranos y católicos) -, en la que nuestro rey Felipe II, fue el adalid y firme defensor de la iglesia católica.

Como de este asunto no se trata, vamos  con otra gran narración de Fernando Martínez Laínez en su Vientos de Gloria.

GRAVELINAS (1558)

«Esperar órdenes en todas las circunstancias es como informar a un superior de que quieres apagar el fuego; antes de que te llegue la orden, las cenizas estarán ya frías». (SUN TZU, Trece artículos sobre el arte de la guerra)

Después de la derrota de San Quintín, el ejército francés se recuperó pronto. El encargado de reorganizarlo fue el duque de Guisa, Francisco de Lorena, nombrado lugarteniente general del rey Enrique II de Francia para las operaciones militares. El monarca francés estaba decidido a prolongar la guerra y reclutó un nuevo ejército en la región de Picardía, que puso al mando de Louis Gonzaga, duque de Nevers, al tiempo que solicitaba la ayuda del sultán turco y animaba a los rebeldes escoceses a invadir Inglaterra, que en esos momentos era aliada de España por el matrimonio de Felipe II con María Tudor. Guisa, con el ejército francés llegado de Italia, se aprovechó de la rápida desmovilización de las tropas de Felipe II que habían vencido en San Quintín a las órdenes de Manuel Filiberto, duque de Saboya, y proyectó con audacia, y contra toda lógica, una campaña invernal ejecutada con notable éxito.

LA PÉRDIDA DE CALAIS

El principal objetivo de Guisa era la toma de Calais, que estaba en manos inglesas desde los tiempos de Enrique III de Inglaterra, en el siglo XIII. Se trataba de un puerto de enorme importancia en el norte de Francia que permitía el control estratégico del Canal de la Mancha y era considerado prácticamente inexpugnable, tanto por sus poderosas defensas como por estar rodeado de una marisma que dificultaba extraordinariamente cualquier asalto. El ejército de Guisa apareció por sorpresa frente a Calais el 1 de enero de 1558, y, tras cañonear el castillo de Nivelay, que protegía la ciudad, se internó en la marisma y ocupó la plaza antes de que los ingleses pudieran enviar refuerzos. Defendía la ciudad lord Wentworth, que rechazó la ayuda española y entregó la ciudad con poca resistencia, probablemente porque, como cree el historiador Fernández Álvarez, «trataba de minar el prestigio de la reina María Tudor, para favorecer su relevo por su hermanastra Isabel». La hipótesis tiene fundamento sólido. En la guarnición de Calais había muchos anglicanos deseosos de dar al traste con la alianza católica que representaba el matrimonio de María Tudor con Felipe II, y los protestantes ingleses calculaban que si caía Calais se crearía un estado de opinión contrario a la reina María, que sería acusada —como así ocurrió— de anteponer los intereses de España a los de Inglaterra, con el consiguiente descrédito. La noticia de la pérdida de Calais cayó como una bomba en la corte inglesa y colmó de desesperación a la reina María. Su esposo, Felipe II, también se mostró muy afligido: Lo he sentido tanto —escribió a su hermana Juana de Austria— que no lo podría encarecer, y con mucha razón, por ser plaza de tanta reputación e importancia, y abierto camino para estas tierras de Flandes, y especialmente por los de Inglaterra, donde hay diferentes voluntades y propósitos particulares. Fue una pérdida que España pagaría también cara pocos años después, cuando la hostilidad con Inglaterra y la guerra con los rebeldes holandeses alcanzaron su apogeo.

Pero el general francés duque de Guisa no se conformó con este éxito y encaminó sus tropas hacia Thionville, una plaza fuerte en la frontera de Francia y Luxemburgo defendida por una guarnición de 2.500 españoles y valones. Los franceses la tomaron por asalto el 22 de junio de 1558. El duque de Guisa fue a continuación contra Cambrai, mientras el mariscal condestable Paul de Le Barthe des Thermes, al frente de un ejército de 12.000 soldados de a pie, 2.000 jinetes y artillería, invadió Flandes y avanzó hasta el río Aa, que atravesó por su desembocadura en la costa del mar del Norte. Después se apoderó de los puertos de Dunkerque y Nieuport, y amenazó Bruselas, aunque no se decidió a ir más allá.

REPLIEGUE FRANCÉS

Thermes se informó de que el gobernador de Flandes, conde Lamoral de Egmont, iba a su encuentro con un ejército de 15.000 infantes y 3.000 de caballería. El mariscal galo, considerando que había alargado demasiado su línea de avance, dejó guarniciones en las ciudades conquistadas y, sabiendo cercano el contraataque del ejército hispano de Flandes, decidió un retroceso táctico sobre Saint Omer, una población en la orilla del río Aa, apartada de la costa, para neutralizar el previsto apoyo de los barcos ingleses a la fuerza de Egmont. Consciente de las intenciones del francés, Egmont lanzó su caballería contra el flanco izquierdo de Thermes, que se vio forzado a desplazarse hacia el norte para evitar la maniobra envolvente del general flamenco, y se detuvo junto a Gravelinas, una población costera fuertemente fortificada que protegía la frontera oeste del territorio de Flandes bajo soberanía de la Corona hispana. El objetivo final del mariscal era refugiarse tras los muros de Calais, distante unos veinte kilómetros, y prepararse para volver a atacar en el momento favorable, presumiendo que el ejército hispanoflamenco no podría sostener un asedio en toda regla. Egmont, cuyas órdenes eran detener el avance francés, había dejado atrás la artillería y caminaba a marchas forzadas para alcanzar al enemigo y abortar su plan.

La batalla se hizo inevitable y Thermes desplegó sus tropas en la orilla izquierda del Aa, en un frente de algo más de un kilómetro. Por delante, la artillería —seis culebrinas y tres falconetes—, los arcabuceros y la caballería, su principal fuerza; el mar protegiendo su flanco derecho, y el flanco izquierdo resguardado con una doble hilera de los carromatos que transportan el bagaje de su ejército. En reserva, mantuvo una fuerza de 500 lansquenetes alemanes. El despliegue español ocupaba un frente similar, dejando amplitud suficiente a su derecha para desbordar el ala izquierda francesa. Una maniobra que resultaba imposible realizar por el flanco derecho francés, debido a las altas dunas costeras que obstaculizaban cualquier movimiento envolvente por ese lado. Desde la plaza de Gravelinas se unió al ejército de Egmont una fuerza que mandaba el señor de Beugnicourt, y se destacaron algunas unidades que vigilaban los vados del Aa para impedir que los franceses pudieran volver y retirarse al interior de Flandes.

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