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Memoria histórica. Batalla de Lepanto. 1 

Tres foramontanos en Valladolid 03 Feb 2023 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Batalla de Lepanto, por Jose Ferre Clauzel)

Lo más probable es que a estas alturas de la película -que no es tal, ¡oigan! – mis amigos comiencen a estar hartos de tanta repetición de `memoria histórica´.  De verdad os digo, amigos, que nunca lo estaréis tanto como   servidor vuestro de oír al infumable monclovita repetir una y otra vez la misma cantilena con el calificativo, más falso que Judas de democrática. Porque lo de histórica está reservada al analista medianamente culto.

LEPANTO (1571)

«Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo (…) o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». (MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote de la Mancha (Prólogo, Parte II)

Lepanto fue la más importante y sangrienta de todas las batallas que en el curso de la historia naval tuvieron por escenario el mar Mediterráneo. También fue la mayor batalla de galeras que ha conocido el mundo y la segunda más sangrienta de todas las libradas en Europa hasta entonces. En Lepanto murieron unos 40.000 hombres y 10.000 quedaron gravemente heridos, una densidad mortífera solo superada en Cannas, donde las tropas de Aníbal dieron muerte a 58.000 romanos en un espacio de poco más de dos kilómetros cuadrados. El combate se disputó en 1571 a la entrada del golfo de Patrás, entre la flota del imperio otomano y la llamada Liga Santa, que era una coalición cristiana integrada por España, Venecia, los Estados Pontificios, Génova, el ducado de Saboya y la orden de Malta, formada en respuesta a la caída de Chipre en manos de los turcos en 1570 y cuyo mando se encomendó a Juan de Austria, hermanastro de Felipe II. Aunque los turcos habían fracasado cuando intentaron tomar la isla de Malta en 1565, bajo el mandato del sultán Selim II, su poderío naval seguía siendo considerado invencible en ese momento. Sus navíos, que se movían por todo el Mediterráneo, constituían una amenaza permanente para todo el sur cristiano de Europa, exceptuando Francia, que, debido a su enemistad con España y con el emperador Carlos V, era aliada del imperio otomano desde los tiempos de Francisco I.

PREPARATIVOS

Una vez que la flota cristiana había decidido presentar batalla, las fuerzas de la Liga Santa se fueron concentrando en Mesina en el verano de 1571, cuando ya la escuadra turca llevaba realizando incursiones desde el mes de abril en el Mediterráneo oriental. En total, la coalición cristiana sumaba 208 galeras y seis galeazas. De las galeras, 108 pertenecían a Venecia, 82 eran españolas, 12 del Papado, tres de Saboya y tres de la orden de Malta. Aunque Venecia aportaba el mayor número de naves, incluidas las galeazas, España —además de aportar más dinero— participaba con la mayor parte de la infantería embarcada, que era la fuerza decisiva, ya que la mayoría de las batallas navales de ese tiempo se decidían entre naves que luchaban entre sí, con la infantería lanzada al abordaje. En realidad, eran mucho más combates terrestres sobre plataformas flotantes que duelos artilleros móviles para destruir al enemigo a distancia, como ocurriría en los siglos XVIII y XIX.

La formación de la Liga Santa estuvo erizada de dificultades, y solo se consiguió gracias al empeño del papa Pío V, que limó las desavenencias existentes entre españoles y venecianos, y entre estos y los genoveses. Después de largas discusiones para decidir la financiación, los objetivos y la duración de la Liga, se llegó a un compromiso en mayo de 1571 por el cual España sufragaría la mitad de los gastos; Venecia, una tercera parte, y el Papado, el restante. Además, se designó a don Juan de Austria generalísimo de la Liga y se estableció que ninguna de las partes podría ajustar paz por separado con el enemigo, algo que los venecianos rompieron pronto. Una vez conquistada Chipre, la escuadra turca se dedicó a saquear los puertos venecianos del Adriático y atacó las costas de Creta, que era colonia veneciana. Cuando en septiembre la flota de la Liga completaba sus últimos preparativos, los otomanos, a los que se habían unido los corsarios berberiscos de Uluch Alí, seguían hostigando el Adriático. Después de arrasar Corfú, el almirante en jefe de la flota turca, Alí Pachá, avisado de la gran concentración naval de la Liga en Mesina, para reabastecer sus naves y ante el temor de ver cortada su retirada, decidió dirigirse al golfo de Patrás, que separa la región griega de Eolia de la península de Morea. La flota turca se congregó en Lepanto —nombre italiano de la pequeña ciudad griega de Epaktos, situada en la costa norte del mencionado golfo—. Alí Pachá —según datos del historiador británico Hugh Bicheno — contaba con 251 barcos entre galeras, galeotas y fustas, y más de 28.000 soldados embarcados. Su objetivo al recalar en Lepanto era aprovisionarse para poder cumplir con la orden tajante que había recibido del sultán: ir al encuentro de la flota enemiga y destruirla.

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