Por Carlos de Bustamante
(Batalla de Lepanto por Jose Ferre Clauzel)
Cuando menos es llamativo que si primero la España de los Austrias defendió, al modo de la época, a la religión católica mundial frente a la herejía del protestantismo luterano, hiciera luego lo propio y en mayor escala aún frente al islam del enorme poder otomano.
Hechos éstos que dan pleno sentido a las palabras recias de san Juan Pablo II, que, por su belleza y plenas de sentido, transcribo íntegras:
El 9 de noviembre de 1982 Juan Pablo II pronunció un memorable discurso sobre la identidad europea. En él lanzó un reto: “Desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo”.
Ninguna memoria, sea histórica o democrática -al decir de los recientes enemigos de la cristiandad-, podrá alegar que no ha sido España en la historia reciente quien ha sido nuevamente firme defensora, al modo
también de los nuevos tiempos, de nuestras raíces cristianas frente al social comunismo ateo, imperante en nuestra patria y otras grandes naciones de la moderna Europa influenciadas por las corrientes que provienen del Este comunista. Veamos una vez más, y de la mano de Fernando Martínez Laínez, cómo fue nuevamente España la defensora del catolicismo seriamente amenazado, esta vez por el poderío islámico del fuerte imperio otomano, principalmente en el mar.
LA APROXIMACIÓN
Entretanto, la flota de la Liga, según lo acordado, se concentró en el puerto siciliano de Mesina, aunque la reunión tardó más de lo calculado debido a la dispersión de las naves, ya que fue preciso agrupar galeras procedentes de sitios tan distantes como Barcelona, Cartagena, Mallorca, Génova, Venecia, Nápoles, Sicilia, Malta, Corfú y Creta. Los mandos de la Liga barajaron varias opciones ofensivas. Dado lo avanzado de la estación y la proximidad de los temporales de otoño, se consideró imprudente atacar las islas del Mediterráneo oriental o los Dardanelos. Lo más lógico parecía ser la conquista de los puertos principales de Albania y la península griega de Morea, con el fin de cerrar la entrada turca al Adriático y poner freno a los devastadores ataques y saqueos en el sur de Italia. Pero, finalmente, con la anuencia veneciana, se impuso el criterio de Juan de Austria: jugarse el todo por el todo en una batalla, lo que equivalía a ir al encuentro de la flota turca y tratar de aniquilarla. El 17 de septiembre, Juan de Austria salió de Mesina tras pasar revista a la flota conjunta. En total eran 90 galeras, 24 naos y 50 fragatas de España; 106 galeras, seis galeazas, dos naos y 20 fragatas de Venecia; y 12 galeras y seis fragatas del papa, más un centenar de naves auxiliares menores. La inmensa flota navegó dividida en cinco escuadras. La principal, que ocupaba el centro del dispositivo, lo que se llamaba «la Batalla», iba al mando directo de Juan de Austria, con 60 galeras, entre ellas las capitanas de Venecia, con Sebastián Veniero, y la del papa, a las órdenes de Marco Antonio Colonna.
Don Juan enarbolaba su estandarte en la galera Real, una nave que tenía 47 metros de eslora con 360 remeros en 30 hileras y unos 400 soldados a bordo. La segunda escuadra tenía por jefe al almirante genovés Giovanni Andrea Doria, y la componían 53 galeras. La tercera se encomendó a Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, con 30 galeras. La cuarta la comandaba Agustín Barbarigo, proveedor general de la marina veneciana, con 57 galeras; y la quinta, bajo el mando de Juan de Cardona, general de las galeras de Sicilia, la formaban ocho naves, que iban en vanguardia para explorar y alertar al resto de la flota. Pese a las reticencias de Venecia, Juan de Austria convenció a Veniero de que embarcara en sus naves a 4.000 soldados de los tercios españoles, la mayoría arcabuceros. Una fuerza que resultó decisiva en el combate. El capitán general Veniero era hombre de difícil trato y causó muchos problemas en los prolegómenos de la batalla. El historiador Luciano Serrano lo describe como «entrado en edad, de escasa inteligencia y extremadamente obstinado», aunque terminó combatiendo de forma valerosa cuando llegó la hora de la verdad. Muchas de las galeras venecianas estaban en malas condiciones y sin la dotación necesaria, y la marinería disponible mostraba escasa disciplina. Eso hizo que Juan de Austria ordenara entremezclar las galeras venecianas con las españolas, para impedir retiradas o deserciones imprevistas.
La flota cristiana transportaba 1.334 cañones y casi 85.000 hombres, la mayor parte de los cuales eran remeros y marineros. La infantería combatiente la componían unos 28.000 hombres. De ellos, unos 20.000, aportados por España, de los cuales 8.160 eran soldados encuadrados en cuatro tercios viejos que mandaban los maestres de campo Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada. La infantería italiana a sueldo de España sumaba unos 5.200 soldados, y otros 5.000 eran alemanes reclutados en tierras del imperio. Por la parte veneciana, se contaban 8.000 soldados y otros 2.000 por la del papa. A todos los contingentes mencionados se añadían unos 2.500 combatientes voluntarios españoles e italianos, muchos de ellos gentilhombres y caballeros de la nobleza. El bando turco disponía de 741 cañones entre artillería pesada y media, muchos menos que los de la flota cristiana, pero, en línea de batalla, en total disponía de 251 barcos por 208 que alineaba la Liga. En cuanto al armamento individual, era bastante similar en ambas partes, aunque los turcos solo contaban con unos 2.500 jenízaros armados de arcabuces.
Esta desventaja la suplían con sus excelentes arqueros, que eran capaces de lanzar 15 flechas en el tiempo que un arcabucero necesitaba para disparar su arma. En la práctica, sin embargo, los arcabuces se demostraron mucho más efectivos, ya que las flechas solo eran eficaces a distancias cortas, y se estrellaban en las defensas (empavesadas) de las galeras de la Liga, mientras que los turcos carecían de protección contra las balas de los arcabuces. Además, como señala Hugh Bicheno, los arqueros otomanos, debido al humo de las explosiones y a la masa de barcos enzarzados, no disponían de campo visual durante el periodo crucial de la batalla, cuando se esperaba que pudieran disparar con precisión. Como era tradicional en las batallas navales de la época, la galera Real estaba destinada a enfrentarse a la Sultana, que era la nave insignia de Alí Pachá y embarcaba unos 300 jenízaros y 100 arqueros. Este tipo de duelo de las naves capitanas solía decidir el resultado final, ya que una vez capturada o destruida la de uno de los contendientes, su armada quedaba sin dirección y el otro bando consideraba ganada la batalla.
A LA EXPECTATIVA
En términos generales, la escuadra turca era mayor que la cristiana, pero esta superioridad se veía compensada con creces por la mayor potencia de fuego de los barcos de la Liga. Los turcos disponían de menos cañones y no contaban con galeazas, verdaderas fortalezas artilladas que eran como los acorazados de la época. Cada una iba armada con 36 cañones grandes y 64 piezas que disparaban bolas de piedra. Los efectivos humanos turcos en marinería (13.000) y remeros (44.000) eran similares a los de la Liga, aunque las estimaciones difieren de unos autores a otros y resulta prácticamente imposible establecer una cifra exacta. Confundido por los espías turcos, Juan de Austria creyó en un primer momento que la flota de Ali Pachá estaba en Preveza, donde los otomanos habían infligido una severa derrota a la flota cristiana de Andrea Doria en 1538. Más tarde, pescadores de la costa griega le informaron de que los turcos habían puesto rumbo a África.
Pero cuando la flota de la Liga, tras bordear Calabria y Apulia, fondeó en Corfú, arrasada por los otomanos el mes anterior, sus exploradores le informaron con exactitud y supo a qué atenerse: la escuadra enemiga se mantenía a la expectativa refugiada en Lepanto. Don Juan convocó entonces consejo de guerra y decidió partir inmediatamente al encuentro del enemigo. El 4 de octubre la escuadra cristiana llegó a Cefalonia, en la boca del golfo de Patrás, donde fue avistada por los barcos de exploración turcos. Desoyendo algunas opiniones partidarias de esperar al enemigo en Petela, una ensenada próxima, Juan de Austria, contando con el respaldo del almirante español Álvaro de Bazán y de Alejandro Farnesio, decidió presentar batalla cuanto antes. «Señores —dijo a sus capitanes—, ya no es hora de deliberar, sino de combatir». Las mismas dudas se reproducían en el bando turco. Los generales y almirantes otomanos consideraban que su posición no era buena. Estaban encerrados en un golfo y la escuadra de la Liga les había cortado el acceso al mar abierto. Tanto Pertau Pachá, comandante de las tropas embarcadas, como el almirante corsario Uluch Alí, lugarteniente general, recomendaron demorar el combate y permanecer a la espera de acontecimientos bajo la protección de los castillos costeros de Lepanto, pero Alí Pachá, que en un primer momento sopesó invernar en la bahía de Kotor, en Montenegro, había recibido del sultán órdenes terminantes de ataque. También consideró que la única opción válida a esas alturas era el combate.
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