Por Carlos de Bustamante
(Batalla de Lepanto por Jose Ferre Clauzel)
Cuando se produjo el encuentro decisivo, las formaciones de ambas flotas eran muy similares. Los turcos adoptaron inicialmente un dispositivo de línea de combate en media luna, que luego cambiaron a una línea recta. Tanto cristianos como turcos adoptan una formación de cuatro escuadras, una de las cuales iba en reserva. En el ala izquierda cristiana iban las galeras venecianas de Barbarigo. Eran las más rápidas y maniobreras, y debían impedir que los turcos, deslizándose junto a la costa de Punta Scrofa, pudieran rebasarlas de flanco.
Alí Pachá, que conocía la superioridad artillera de la Liga, se había propuesto rebasar la línea cristiana por ambos flancos, mientras el grueso central otomano resistía el esfuerzo principal de la embestida enemiga, contando con el flujo constante de su reserva, dirigida por el almirante corsario Turgut Reis (Dragut), hijo del famoso almirante corsario muerto seis años antes en el sitio de Malta. Juan de Austria contrarrestó esta maniobra reforzando los flancos y colocando a las poderosas galeazas en primera línea, por delante del centro. Además, para incrementar la potencia de fuego de su artillería ordenó que se eliminaran los espolones de las galeras —lo que situó la línea de tiro de los cañones delanteros casi a ras de agua— y que se despejaran las tamboretas para que la artillería pudiera disparar sin obstáculos. El domingo 7 de octubre de 1571, las dos flotas establecieron contacto hacia las once de la mañana, y las primeras naves en entrar en combate fueron las alas más próximas a la costa. Cada línea de batalla superaba los tres kilómetros de largo. El viento, que al principio de la mañana roló del este en contra de los cristianos, cambió hacia las once al oeste, lo que la flota de la Liga acogió como un augurio providencial. Eso obligó a los turcos a retrasar su marcha, con la contrariedad añadida de recibir de cara el humo de la artillería en cuanto se inició el fuego. Cuando la flota cristiana terminó su despliegue, Juan de Austria se trasladó a una fragata ligera y realizó un recorrido por los barcos del «cuerpo de Batalla», alentando a sus hombres y recordándoles la indulgencia plenaria que el papa había otorgado a todos cuantos participaran en el combate.
Como relata el cronista naval José María Martínez Hidalgo: La bizarra estampa del joven generalísimo de ojos azules despertó el mayor ardor en todos y su paso fue saludado por un enorme clamor, olvidándose rencores, pasadas disidencias y abrazándose unos a otros, hombres de distintos países, al tiempo que prometían luchar unidos hasta la muerte. El ala izquierda de la Liga, que gobernaba Barbarigo, con la mayor parte de las galeras venecianas, tenía órdenes de apoyarse en la costa y aproximarse a ella todo lo posible, para que el flanco derecho turco no pudiera sobrepasar la línea cristiana y atacar la retaguardia. Las otras dos escuadras, que ocupaban el centro y la derecha de la línea, debían esperar a que Barbarigo realizara la maniobra para posicionar ajustadamente la línea. Eso obligó al ala derecha, bajo el mando de Doria, a moverse hacia el sur, a fin de facilitar el despliegue de la izquierda y el centro, aunque en esta maniobra el genovés se alejó más de lo previsto y la flota cristiana estuvo a punto de pagar caro el error. El primer fuego lo realizó la galera de don Juan, que disparó una pieza en señal de reto, mientras arriaba en la entena34 la señal de formación en línea de combate. Una maniobra difícil, que exigía rellenar los vacíos entre las escuadras, esperar a las naves rezagadas y remolcar a las galeazas para situarlas en vanguardia.
El historiador Fernández Duro señala: Al paso que los jefes cuidaban de la colocación en los puestos de cada galera en el interior de estas, con la actividad que parece producto febril en semejantes casos, poseídos los hombres de la obligación individual, la llenaban en silencio que tenía mucho de solemne, armando la pavesada, desembarazando la crujía, destrincando las piezas, apercibiendo las armas. Conforme a lo previsto, las naves de Mehmet Sulik Scirocco (bey de Alejandría) rodearon a las galeras de Venecia, y el propio Barbarigo recibió un flechazo mortal en un ojo. Pero, aunque los turcos abordaron y se apoderaron de ocho galeras cristianas, no consiguieron rodear por completo la línea veneciana, que giró hasta encajonar a la escuadra de Scirocco contra la costa. Se distinguieron en este combate las cuatro galeras venecianas que mandaba Vincenzo Quirini (decapitado por un disparo de cañón), entre las que se encontraba la de su sobrino Marino Contarini. La resistencia permitió que 10 galeras españolas de reserva y las galeazas, al mando de los hermanos Antonio y Ambrosio Bragadino, viraran desde el centro y se unieran al combate. El ala derecha otomana fue aniquilada y algunos de sus barcos quedaron varados en la costa.
La maniobra de envolvimiento de Scirocco había fracasado. Los combatientes turcos supervivientes, que trataban de alejarse de la batalla a la desesperada en sus esquifes, fueron rematados en sus propias embarcaciones o en el mar, e incluso perseguidos cuando ya habían alcanzado tierra. Una situación dantesca que los versos de Alonso de Ercilla reflejaron con realismo: Cual con brazos, hombros, rostro y pecho, el gran reflujo de las olas hiende; cual sin mirar al fondo y largo trecho, no sabiendo nadar allí lo aprende; no hay parentesco, no hay amigo estrecho, ni el mismo padre al caro hijo atiende: que el miedo, de respetos enemigo, jamás en el peligro tuvo amigo. Scirocco fue hallado por los venecianos malherido, cuando se mantenía a flote agarrado a un madero, y eliminado sin piedad. Las galeazas, aprovechando el viento favorable, realizaron descargas cerradas contra el avance del centro de la línea turca, lo que desordenó un tanto la acometida y provocó estragos importantes en las galeras musulmanas. El combate entre las dos poderosas formaciones del centro, donde estaban las naves capitanas, se inició hacia el mediodía, cuando las galeazas, cumplida su misión de infligir graves pérdidas a la punta del ataque turco, fueron sobrepasadas y el centro otomano se abalanzó sobre el centro cristiano de Juan de Austria. Dos de las galeazas situadas en el ala derecha no pudieron intervenir en el combate, porque los turcos, maniobrando con destreza, se pusieron fuera de su alcance. En su avance, las galeras turcas fueron muy castigadas por el fuego de la artillería cristiana, pero consiguieron penetrar la línea de la Liga y lanzarse al abordaje. La lucha se generalizó y a partir de ese momento el control de los jefes sobre sus unidades se hizo extremadamente difícil. Cuenta Fernández Duro: La visibilidad era casi nula, pues estaban a poco más de tres o cuatro metros sobre el nivel del mar, en medio de un bosque de mástiles y sumergidos en la humareda provocada por las armas de fuego y los incendios. Las embarcaciones menores cobraban una importancia vital en esta fase, actuando como mensajeros, trasladando refuerzos de un lado a otro y tapando las brechas que se producían en la línea propia, o aprovechando las de la contraria para infiltrarse.
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