Por Carlos de Bustamante
(La rendición de Breda, óleo de Diego Velázquez, 1635)
No conozco a Fernando Martínez Laínez, aunque por su extraordinario libro, -Vientos de Gloria- impecablemente documentado, deduzco que si no pertenece a nuestra profesión (la milicia), es desde luego conocedor histórico y profundo de ella.
Hoy, que donde menos debiera, se ocultan o tergiversan hechos heroicos de nuestros ejércitos a lo largo de su historia gloriosa, sí, gloriosa, me he permitido difundir, sin su permiso, este verdadero tratado, que hará las delicias de cuantos mis amigos compañeros de profesión y probables únicos lectores lo lean.
Tras mis deslavazadas líneas, pero introducido el gusanillo de conocer, acudirán al libro sin interrupciones donde con veracidad y belleza podrán recrearse en los rudimentos de Armas, Cuerpos y Servicios que progresivamente intervienen en el combate.
CAÑONES Y MURALLAS
El perfeccionamiento artillero a lo largo del siglo XVII fue por detrás de la mejora en las fortificaciones. Aunque las técnicas de artillería también avanzaron paulatinamente, puede decirse que, en el tradicional duelo entre el cañón y la coraza, ésta llevó ventaja durante esos años.
En 1541 se empezaron a construir los primeros cañones de hierro que, aunque eran muy pesados y menos eficientes que los de bronce, resultaban mucho más baratos. Los mejores cañones de esa época se fabricaban en Alemania, y fueron los alemanes quienes inventaron también el mortero, una pieza corta diseñada para disparar por elevación sobre el enemigo.
En los asedios, la traición, la astucia, el hambre y las epidemias solían causar más daño que el fuego de los cañones. Mantener un sitio era un asunto extremadamente laborioso que exigía grandes dosis de tenacidad y espíritu de sacrificio.
El auge de la guerra de asedio vino dado por el temor a jugarse en un solo envite, en una batalla, todo el resultado de una campaña cuando las fuerzas de ambos contendientes estaban niveladas. Eso, unido a la mejora de las fortificaciones artilladas, que permitían defender una plaza con éxito frente a la artillería enemiga, aumentaba las desventajas del bando sitiador, que debía de estar preparado para inmovilizar durante meses, y a veces años, una gran concentración de sus tropas, con el consiguiente riesgo que sobre la moral de los soldados suponían las inclemencias del tiempo y la escasez de dinero, dos factores frecuentes en la guerra de los Países Bajos, un territorio repleto de ciudades muy pobladas y ricas, donde, teniendo en cuenta la calidad del ejército español en campo abierto, que hacía rehusar al enemigo el choque frontal, la guerra de asedio se hizo inevitable.
La dificultad de los asedios obligó a crear una ingeniosa técnica de sitio y aproches que requería la actuación de auténticos expertos en técnicas matemáticas de aplicación militar, capaces de aprovechar cualquier punto débil de la plaza fuerte asediada para hacerla caer.
Cuando se sitiaba una fortaleza, era preciso seleccionar los puntos que se iban a atacar, pero antes había que construir baluartes, instalaciones de almacenaje del material y alojamientos para la tropa que hicieran posible prolongar el sitio durante largo tiempo. También resultaba necesario disponer de agua, pasto para los caballos, leña y gran cantidad de alimentos frescos. Una buena solución para los sitiadores era atacar directamente la muralla hasta conseguir abrir brecha en un punto determinado. Eso obligaba a los defensores a taponar con refuerzos la rotura, lo que reducía su fuerza en otros puntos del perímetro defensivo y facilitaba a los atacantes la aproximación por ellos, aunque, cuando la fortificación era muy sólida, el fuego de flanco de los defensores podía dar al traste con el intento de los enemigos.
Una vez abierta la brecha por medio de la artillería o las minas, al defensor se le presentaban dos opciones: o rendir la plaza, dejando a salvo su honor, lo que ahorraba vidas y sufrimientos a la población civil, o intentar rechazar el asalto final, que, en caso de tener éxito, dejaba las manos libres al vencedor para pasar a cuchillo a la guarnición y saquear la ciudad.
GASTADORES Y TOPOS
Otro de los elementos principales de las técnicas de asedio era la construcción de trincheras. La tierra removida se almacenaba en cestos con los que se levantaban parapetos al ir avanzando los sitiadores. A eso se le llamaba «gastar el terreno», de donde proviene la palabra «gastadores», soldados que se dedicaban a cavar trincheras y abrir paso en las marchas provistos de palas, hachas y picos. Con frecuencia, este trabajo lo realizaban civiles de los contornos enrolados de buen grado o a la fuerza. Como se solía desconfiar de ellos, no iban armados, aunque estaban sometidos a disciplina militar y organizados en compañías dependientes de la jefatura artillera.
La excavación de trincheras, además de esencial, era una labor pesada y peligrosa, puesto que muchas veces debía realizarse bajo el fuego enemigo. «Una vez que se entraba en el alcance de la artillería y de los mosquetes —señala el especialista en temas militares Pablo Martín Gómez—, cada paso exigía riesgo y las bajas solían ser numerosas».
Un modo eficaz de emplear la artillería de sitio era aproximar los cañones al baluarte lo máximo posible, o también acercarlos poco a poco a la muralla, protegidos adecuadamente, a medida que la resistencia enemiga se debilitaba. El primer caso permitía realizar un fuego más demoledor, pero ponía en grave riesgo a las piezas. Como complemento muy valioso de la acción artillera se contaba con las minas, que eran túneles excavados hacia las murallas y rellenados con explosivos. Al detonar estos, la destrucción podía ser decisiva para permitir el asalto, lo que los defensores trataban de contrarrestar cavando sus propios túneles (contraminas) para detectar y destruir las minas enemigas. Un arriesgado trabajo de topos que, con frecuencia, producía centenares de muertos que quedaban sepultados para siempre en las entrañas de la tierra. La toma de una fortaleza abaluartada, además de exigir mucho tiempo, requería un ejército numeroso. Vauban, el ingeniero militar más importante del siglo XVII, consideraba esencial para el éxito de un asedio mantener la proporción de 10 sitiadores por defensor. Por otra parte, la acción sitiadora quedaba incompleta y expuesta al fracaso si no se tenía en cuenta la necesidad de defender el entorno del asedio contra un posible ataque enemigo, lo que exigía mantener guarniciones adecuadas y fuerzas de reserva en el campamento del bando atacante.
Home