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Sitio de Breda (1624-1625). 4 

Tres foramontanos en Valladolid 05 Abr 2023 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(La rendición de Breda, óleo de Diego Velázquez, 1635)

En 1621 expiró la tregua de los Doce Años, firmada en Amberes el 14 de abril de 1609, que reconocía de facto la independencia de las Provincias Unidas (Países Bajos) de la Corona española. En esa fecha, el grueso del ejército español de Flandes se encontraba en Alemania, al mando de Ambrosio de Spínola, marqués de los Balbases, luchando en la terrible guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618, que devastó el centro de Europa.

España intervino en la contienda para ayudar a la monarquía imperial austriaca por razones dinásticas, pero, sobre todo, porque en Madrid se pensaba que la derrota del imperio en su lucha contra los protestantes causaría un grave perjuicio al poder hispano y cortaría las rutas del «Camino Español» entre Milán y Bruselas, necesario para hacer llegar desde España soldados y dinero a los campos de batalla de Flandes. Aunque en el gobierno español existían partidarios de renovar la tregua, el hecho de que en los Países Bajos predominara el sector belicista, partidario de reanudar la lucha, y los repetidos ataques de la flota y los corsarios holandeses a las posesiones hispano-portuguesas en América y Asia, empujaron de nuevo a la guerra. Abiertas las hostilidades, ambos bandos se mostraron cautelosos en tierra, aunque la guerra naval se intensificó. Lentamente, España comenzó a trasladar tropas desde la península Ibérica, Italia y Alemania al pudridero de los Países Bajos, donde, a costa de mucho heroísmo, se obtenían victorias parciales en una guerra imposible de ganar por completo, y que terminó dejándonos prácticamente solos contra el resto de Europa. Algo que no parecía afectar demasiado al poderío de la Corona hispana en esos tiempos. «Todos contra nos y nos contra todos», como rezaba la orgullosa consigna del momento político.

HACIA BREDA

Spínola tomó la iniciativa al conquistar en 1622 la plaza fuerte de Jülich (Juliers), en poder de los protestantes, situada en la frontera entre Alemania y los Países Bajos. Mauricio de Nassau, el jefe de los rebeldes holandeses, no pudo socorrerla y, la ciudad, pese a la desesperada resistencia de los defensores, se rindió por hambre. Un triunfo por el que el rey español Felipe IV otorgó a Spínola el título de marqués de los Balbases.

Una vez tomada Jülich, Spínola marchó contra Bergen-op-Zoom, una ciudad costera de Bramante muy bien fortificada. El cerco se convirtió en un infierno para los atacantes, que en solo tres meses perdieron más de la mitad de los 18.000 hombres que habían iniciado el asedio. Las enormes bajas y las noticias del avance de dos ejércitos enemigos en socorro de la ciudad obligaron a Spínola a levantar el sitio, lo que algunos en la corte de Madrid le criticaron mucho.

En 1623 la guerra en los Países Bajos prosiguió con relativo éxito para las armas españolas, pero sin operaciones de envergadura. La táctica de Mauricio de Nassau consistió en construir una tupida red de fortalezas abaluartadas y plazas fuertes sostenida por los elementos naturales: ríos, estuarios y mar del Norte, y protegida por los barcos de las Provincias Unidas. El conjunto jugaba con una serie de elementos capaces de inmovilizar importantes ejércitos sin recurrir al combate en campo abierto. Romper esta complicada barrera defensiva exigía disponer de gran superioridad numérica, abundante artillería y dinero, mucho dinero.

El desmesurado gasto necesario para mantener lo que ya se había convertido en una tremenda guerra de desgaste para España—unos 300.000 ducados mensuales— hacía necesario un golpe rotundo de prestigio, que en términos prácticos se traducía en apoderarse de una ciudad importante. Breda terminó siendo el objetivo elegido. En la decisión intervino no solo el propio Spínola, que contaba con el visto bueno del gobierno español, dominado ya por el conde-duque de Olivares, sino también de la archiduquesa Isabel Clara Eugenia, gobernadora general de los Países Bajos.

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