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Batalla de Nördlingen: la tumba sueca. (1634). 1

Tres foramontanos en Valladolid 22 Abr 2023 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Fernando de España y Fernando de Hungría tras su victoria en Nordlingen. Cornelius Schut, 1635.)

Durante la casi exacta transcripción en este blog  de hechos tan notables con que España dejó para la historia -al parecer ignorada por parte de renegados españoles (ignorancia que no se la creen ni ellos), Fernando Martínez Laínez nos ha dejado hasta el presente y en la brisa tras sus Vientos de Gloria, dos bandos incompatibles por sus creencias religiosas:  el Islam primero, y tras  el cisma provocado por Lutero con el llamado  protestantismo, una derivación de éste cual fue el anglicanismo, calvinismo…  con Enrique VIII de Inglaterra como principal responsable. La incompatibilidad se manifestó, según era costumbre en cada época: con violencia y uso de las armas disponibles. Más dañinas cuanto mayor era el progreso.

En cuanto a contendientes se refiere, hubo un denominador común: los que defendían el catolicismo y los que se oponían a él. No por casualidad el adalid de los católicos   y durante varios siglos o 30, 80, o cien años, fue siempre español. Sería una semi ofensa a la cultura del lector amigo si les recordase   a los Reyes Católicos y sus grandes capitanes o a Felipe II y sucesores (éstos de menor renombre y valía) que, defensores del catolicismo fueron protagonistas de las grandes líderes que componen los Vientos de Gloria que os he venido narrando como memoria histórica.  Dicho lo cual, continúo con NÖRDLINGEN:

«Ellos nos vieron avanzar a su encuentro, y de la misma forma avanzaron hacia nosotros, hasta que estuvimos tan cerca unos de otros que los dos batallones formaron uno solo». (JOHN FORBES, sargento mayor escocés del Ejército de Gustavo Adolfo de Suecia).

El 2 de septiembre de 1634, un ejército español al mando del cardenal-infante Fernando de Austria, hermano del rey Felipe IV de España y recién nombrado gobernador general de Flandes, llegó a las cercanías de la sitiada ciudad alemana de Nördlingen, defendida por unos 600 soldados protestantes. Allí, según lo convenido, se reunió con otro ejército católico dirigido por Fernando de Hungría, hijo del emperador Fernando II de la dinastía Habsburgo. Esta conjunción de fuerzas tenía como objetivo principal asestar un contundente golpe al bando protestante que combatía en la guerra de los Treinta Años contra España, el Imperio y los estados católicos de Alemania.

No puede decirse que la marcha del contingente español hasta Nördlingen fuera un paseo. La guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618 por la rivalidad religiosa, dinástica y política en el centro de Europa, estaba en su apogeo y se extendía como un vendaval de muerte y destrucción por toda Alemania. En su lucha contra el imperio Habsburgo, los príncipes protestantes pidieron ayuda, primero, al rey de Dinamarca, Christian IV, y luego al rey Gustavo Adolfo II de Suecia. A partir de 1630, la intervención del monarca sueco contaría con el apoyo decidido de la Francia del cardenal Richelieu, deseosa de destruir a la Casa de Austria, con lo que la contienda se transformó en un conflicto generalizado para dirimir la supremacía continental. Una guerra —como señalan diversos autores— que acabó superando sus iniciales motivaciones dinásticas y religiosas para acabar siendo una pugna por dominar el nuevo orden europeo. La razón de Estado, anunciada por Maquiavelo, se impuso como supremo argumento político en el choque entre las ideas de una cosmovisión basada en el orden cristiano del mundo (el ideal hispano) y la ideología derivada de la Reforma y el antropocentrismo. Como apunta el coronel Juan Batista en su obra España estratégica: «Dos concepciones del mundo, renacentistas ambas —Reforma y Contrarreforma—, chocaban por fin en un conflicto decisivo». Para el ejército de España, en la fecha de la batalla de Nördlingen, la ruta principal del «Camino Español», a través del Piamonte y el Franco Condado, resultaba impracticable. El ducado de Saboya se había aliado con Francia, Lorena estaba ocupada por los franceses, y el sur de Alemania, por los suecos. Esto obligó a Fernando de Austria a dar un largo rodeo y atravesar Austria y Alemania, cruzando los ríos Lech y Danubio, para abrirse camino hasta Flandes, que era el destino final de su marcha.

LA TÁCTICA SUECA

Al mando de su rey, Gustavo Adolfo, el ejército sueco, bien equipado y entrenado, había revolucionado la táctica bélica imperante con una serie de innovaciones técnicas basadas en aumentar la velocidad de recarga de sus mosqueteros para mantener una barrera de fuego constante, la eficaz utilización de la artillería de campaña y el empleo de la caballería para cargar «hasta el fondo con la espada, en vez de escaramucear con pistolas y carabinas», dice Geoffrey Parker. Las cargas de caballería sueca a la espada, rodilla contra rodilla, superaban en el choque a las de otras caballerías, como la alemana y la española, realizadas con pistola al trote y en filas, y en las que el jinete, después de disparar su arma, debía volver atrás para recargarla antes de regresar otra vez a la primera fila, una maniobra que recibía el nombre de «caracola».

El interés de Gustavo Adolfo por el «arte de la guerra» le llevó a aligerar el peso de las armas de fuego individuales y a hacer que los mosquetes pudieran manejarse sin horquilla de apoyo. También abrevió el lento proceso de carga mediante el uso de cartuchos de papel que contenían la pólvora y la bala. Cada mosquetero llevaba diez de estos cartuchos, que rompía con los dientes antes de cargar su mosquete. Dotado con esta clase de armas, el ejército sueco tenía una capacidad de disparo que triplicaba la de sus enemigos. Eso permitía un fuego casi continuo de sus mosqueteros que frenaba en seco a la infantería tradicional.

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