Por Carlos de Bustamante
(Sitio de Cartagena de Indias, por José Ferré Clauzel)
A las puertas. Este revés enardeció aún más al mando español, que estaba dispuesto a seguir resistiendo a toda costa. Eslava envió con urgencia fuerzas de refresco al castillo de Cruz Grande, en Boca Grande, y para impedir la penetración enemiga colocó los navíos Dragón y Conquistador en la bahía Interior, también llamada «de la Caldera», entre el citado castillo y los fuertes de Manzanillo y Pastelillo, este último en la isleta de Manga. Como los mencionados navíos estaban fondeados y solo podían hacer fuego por una de las bandas, la mitad de la artillería fue desembarcada para ser utilizada en tierra, y parte de las tripulaciones combatieron como unidades de infantería. Otros siete buques mercantes estaban preparados para taponar la entrada del puerto.
Los británicos, entretanto, invadieron con sus navíos la bahía Exterior y el almirante Vernon estableció su puesto de mando en Punta Perico, situada al sur de Tierra Bomba. Desde allí, rodeado de su Estado Mayor, el jefe británico distribuyó sus fuerzas para el asalto a Cartagena. Eligió como dirección de ataque la entrada en Tierra Firme por las islas de Manzanillo y Manga, con la intención de conquistar el Cerro de La Popa y el castillo de San Felipe de Barajas, defendido por 23 cañones. Si Vernon lo conseguía, la ciudad caería sin remedio.
El día 11, los ingleses atacaron el castillo de Cruz Grande, que los españoles abandonaron. Barrenados y medio incendiados los navíos Dragón y Conquistador, este último cayó en poder del enemigo, que consiguió virarlo para dejar paso libre a la bahía Interior a un navío de 60 cañones, tres fragatas, un paquebote y dos bombardas, lo que situó a los británicos a las puertas de la ciudad, que comenzó a ser duramente bombardeada.
Poco antes, los soldados del cuerpo de desembarco británico
habían puesto pie en las islas de Manzanillo y Manga, y ocupado el convento de Nuestra Señora de La Popa y la posición de La Quinta. Allí colocaron su artillería para batir el castillo de San Felipe. Pero perdieron un tiempo valioso mientras decidían si atacar inmediatamente o esperar a emplazar la artillería gruesa de los navíos. Esa demora les hizo perder varios días que los españoles emplearon en reforzar sus defensas, y en los que las enfermedades hicieron estragos en el atacante.
Así describe el mencionado diario de J. Roberts el desembarco el día 5 de abril y la toma de La Popa por los 1.500 soldados ingleses que mandaba el brigadier Blakeney. Los españoles, avisados, tenían orden de concentrar la resistencia en San Felipe y cedieron terreno, replegándose hacia la ciudad:
A los granaderos siguieron las otras tropas. Iban todas listas para cualquier encuentro con el enemigo, pero este encuentro no se produjo. Se retardó la marcha en esperar que se nos reunieran los 200 americanos y los negros [que debían preparar el terreno donde levantar el campamento], pero estos no llegaron. En consecuencia, el general [Wentworth] dio orden a los granaderos de entrar en el bosque y al brigadier Blakeney de que sostuviera con sus hombres aquel avance […]. Siguieron pues los granaderos su embestida con gran coraje; las pérdidas fueron relativamente pocas, a pesar de que el enemigo hizo dos descargas […]. Apenas se colocaron las tropas a cubierto, de la mejor manera que les fue posible, en casas y tendales de La Quinta, se envió una comisión que fuera a hacer un reconocimiento de La Popa, donde entraron sin dificultad, dejando una pequeña guarnición.
ATAQUE FATAL
A pesar de este aparente éxito, la situación del bando británico empeoraba por días debido a la falta de agua y a las epidemias.
«Parecía pues —dice J. Roberts— que había que escoger entre desistir de la empresa o lanzarse a un ataque desesperado a San Lázaro. Esto último no era cosa muy fácil». En un consejo de guerra celebrado el 8 de abril se decidió un ataque al fuerte de San Felipe, que se inició antes del amanecer del día siguiente, y en el que los ingleses sufrieron un mortífero fuego de fusilería. Roberts señala:
La subida era muy empinada y la tierra deleznable; la ascensión se hacía muy dificultosa. Algunos pequeños pelotones lograron llegar hasta la cima y se lanzaron sobre las trincheras españolas, pero aquel valor fue infructuoso, ya que no pudieron ser sostenidos por los que les seguían a causa de la gran dificultad de la subida […].. De estos primeros soldados que atacaron, casi todos murieron o quedaron gravemente heridos. El coronel Grant se lanzó con los suyos por el lado izquierdo de la colina; pero, de inmediato, recibió una herida mortal y el guía, que iba a su lado, también fue herido varías veces y quedó allí mismo muerto. El oficial sobre quien recayó el comando, al morir el coronel Grant, dio la orden para que se sostuvieran en aquel sitio, pero sin avanzar y allí permanecieron los soldados hasta que recibieron la orden de retirarse. Un consejo de jefes del ejército inglés, reunido el 11 de abril, consideró que el número de muertos era muy elevado, y calificó de «fatal» el resultado del último ataque. La resolución del consejo, comunicada al almirante Vernon, subrayaba el completo grado de extenuación de los atacantes y declaraba abiertamente que, si las tropas de tierra británicas no recibían el refuerzo de una buena cantidad de hombres de la Marina, sería totalmente imposible tomar la ciudad de Cartagena. Cuando estaba a punto de comenzar el asalto definitivo, los ingleses consiguieron desembarcar también en La Boquilla, defendida por unidades del regimiento de Aragón. Exultante al creer que tenía la batalla ganada, Vernon despachó a Inglaterra un paquebote con la noticia del señalado triunfo. En Londres se llegarían a acuñar monedas conmemorando una victoria inexistente.
Los españoles, sin embargo, en ningún momento dieron por perdido el combate y no cejaron en la resistencia. En un intento de detener el peligroso avance enemigo que, en caso de éxito, habría dejado a la ciudad entre dos fuegos, el virrey Eslava envió a la zona 200 hombres de refuerzo, y otros a los baluartes de Santa Clara, en la costa, y San Lucas, que comunicaba con la Ciénaga de Tesca, cuya orilla sur ya habían ocupado los ingleses. El regimiento Aragón contraatacó en La Boquilla y causó estragos en la fuerza atacante. Varios oficiales británicos de alta graduación fueron hechos prisioneros y la mayor parte de sus hombres murieron.
Toda la batalla ahora se centraba en la posesión del castillo de San Felipe, bajo el mando del mismo defensor de San Luis de Boca Chica, el coronel ingeniero Carlos Desnaux, que disponía de unos 500 hombres de los regimientos España y Aragón. Las bajas en la expedición británica por las fiebres superaban, con mucho, las previsiones de Vernon, y las dificultades de abastecimiento aumentaban por los ataques de las guerrillas de los irregulares nativos. En el bando inglés las deserciones eran cada vez más frecuentes. Para dificultar más las cosas al enemigo, Lezo envió a dos falsos desertores que informaron a los ingleses de que la parte más accesible del castillo era la del lado Este, precisamente la más empinada, lo que les hizo perder mucho tiempo y esfuerzos. Cuando los ocupantes llegaron por fin a las murallas del fuerte y colocaron las escalas, se dieron cuenta de que eran cortas, con lo que el asalto se hizo imposible.
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