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El barroco europeo de Guido Reni, en El Prado

Tres foramontanos en Valladolid 02 Jun 2023 - 07:21 CET
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Por José María Arévalo

(Hipómenes y Atalanta, Óleo sobre lienzo, 206 x 279 cm, de Guido Reni, h. 1618-19

Madrid, Museo Nacional del Prado)

Del 28 de marzo al 9 de julio de 2023 el Museo Nacional del Prado dedica, en las salas A y B del Edificio Jerónimos, una gran exposición a Guido Reni (Bolonia, 1575 – 1642) que reúne 96 obras -de las que 73 son del pintor-, procedentes de 40 entidades culturales de todo el mundo, para poner en valor la decisiva contribución de este maestro en la configuración del universo estético del barroco europeo. Obras procedentes de museos, instituciones y colecciones públicas y privadas en Europa y América para ofrecer una completa visión de la trayectoria de este gran artista boloñés del siglo XVII.

Su comisario y jefe del Departamento de Pintura Italiana y Francesa hasta 1800 en el Prado, David García Cueto, propone una revisión íntegra de la contribución de Reni al arte de su tiempo, desde las más recientes aportaciones historiográficas y prestando especial atención a su vínculo con España, que se manifestó en el coleccionismo de sus obras por parte de la corona y la más alta aristocracia, y en la influencia de sus exitosos modelos iconográficos en algunos artistas fundamentales del Siglo de Oro.

Los visitantes también tienen la oportunidad de contemplar importantes realizaciones poco vistas fuera de sus localizaciones habituales, como el imponente Triunfo de Job, procedente de la catedral de Nôtre-Dame de París, junto a otras más renombradas, como la Inmaculada Concepción del Metropolitan Museum of Art de Nueva York; la Cleopatra de The Royal Collection de Londres, Dibujo y color del Musée du Louvre; o Salomé con la cabeza de San Juan Bautista y Magdalena penitente de las las Gallerie Nazionale d’Arte Antica di Roma (Palacios Barberini y Corsini).

(La Inmaculada Concepción, Óleo sobre lienzo, 268 x 185,4 cm, de Guido Reni, 1627,

Nueva York, The Metropolitan Museum of Art)

Los 11 ámbitos de la muestra se muestran con un lenguaje sencillo pero monumental y en ellos se puede admirar, en palabras del comisario, «el mayor núcleo de obras de este creador nunca expuesto en un contexto de exposición temporal», quien también destaca que «se inserta en una cadena de exposiciones dedicadas al artista que pretenden reivindicar la valía de su legado y presentar el visitante del siglo XXI a un creador cuya estética sigue siendo objeto de deleite».

Así se puede contemplar por primera vez la obra Hipómenes y Atalanta conservada en el Prado junto a la versión de Capodimonte; San Sebastián, tal y como lo concibió el artista, despojado del gran repinte que ampliaba el paño de pureza que cubría su cuerpo; La predicación de San Juan Bautista, perteneciente a las Madres Agustinas de Salamanca, recién incorporada al catálogo del artista, o la inédita Baco y Ariadna, de una colección particular suiza.

Influencias principales que el maestro recibió

Esta amplia representación de la obra de Reni se expone en estrecho diálogo con una selección de pinturas y esculturas de otros autores que pretende poner de manifiesto las influencias principales que el maestro recibió en la forja de su personalidad y las que ejerció en otros creadores de su tiempo. Asimismo, una notable selección de dibujos de Reni permite valorar la riqueza y belleza de su proceso creativo.

Reni realizó su primer aprendizaje del arte de la pintura con Denys Calvaert (h. 1540-1619), maestro flamenco asentado en Bolonia que practicaba una elegante versión con resonancias nórdicas del manierismo tardío. Calvaert le sometió a una dura disciplina y sacó un gran provecho del talento de su discípulo. Tras adquirir un pulcro dibujo y un colorido llamativo y sensual, Reni hará suya la visión comercial del maestro, especialmente hábil en introducir en el mercado artístico pequeñas pinturas al óleo sobre cobre. Insatisfecho con su situación, en 1594 proseguirá sus estudios con los Carracci, Ludovico, Annibale y Agostino, quienes habían creado hacia 1582 una academia destinada a la formación práctica y teórica de los jóvenes artistas, la llamada Accademia degli Incamminati. Además de adentrarse en el dibujo del natural, Reni aprendió las técnicas del grabado y del modelado en terracota. En aquel contexto, comenzó a producir sus primeras obras del todo autónomas, en ocasiones como parte del equipo de Ludovico y en otras de forma por completo independiente, trabajando para clientes particulares, el clero o atendiendo encargos oficiales de la ciudad de Bolonia.

(La unión del Dibujo y el Color, Óleo sobre lienzo, 120,5 x 120,5 cm, de Guido Reni, h. 1624-25, París, Musée du Louvre)

Tras el año jubilar de 1600, y tal vez a causa de algunas desavenencias con su maestro Ludovico Carracci, Guido Reni viajó por primera vez a la ciudad de Roma, por entonces la indiscutible capital artística de Europa. Su biografía quedará unida desde entonces a la Urbe, en la que descubrirá el gran legado de la Antigüedad, al tiempo que conocerá las obras de su admirado Rafael de Urbino. Pero el episodio más singular de aquellos años fue su empeño por emular el arte de Caravaggio, el artista más radical y rompedor activo en Roma. Guido, tras conocer su pintura, modificó su propio estilo, intentando superar a Caravaggio mediante la imitación de su quehacer.

Tal actitud le convirtió por un tiempo en una especie de «anti-Caravaggio». En aquel interés coincidió con quien llegaría a ser otro de los grandes protagonistas de la escena artística del siglo, el español José de Ribera. Pero tal experimentación no fue más que una fase transitoria en su arte, un peldaño más en la forja de su propia identidad, como demuestra el excepcional lienzo de altar de la Matanza de los inocentes.

La belleza del cuerpo divino

La capacidad de Guido para acercar al espectador a la divinidad fue un valor unánimemente reconocido a su arte ya en su época. Su biógrafo, Carlo Cesare Malvasia, le comparó por ello con un «águila generosa» que tras su «vuelo a las esferas» traía a la tierra las «ideas celestiales». El escritor Francesco Scannelli consideró que su pintura fue «más allá de lo humano» para conducir a lo divino. El mismo Malvasia aludía a sus personajes sagrados como «divinidad humanizada», refiriéndose con ello a la fuerza de alguna de sus obras para hacer partícipe al espectador de lo trascendente. Es por ello que Reni fue un extraordinario intérprete de la vida y Pasión de Jesús, al presentar a Cristo como poseedor de una gran belleza física, capaz de albergar un alma divina. Al mismo tiempo, ciertos temas evangélicos, como los protagonizados por la joven figura del Bautista, le permitieron experimentar sobre un momento esencial de la condición humana, el de la transición del cuerpo adolescente al adulto.

(David decapitando a Goliat, Óleo sobre lienzo, 174,5 x 133 cm, de Guido Reni, h. 1606-7, Remagen, Arp Museum Bahnhof Rolandseck)

Esta iniciativa expositiva también pone de manifiesto la renovada vivacidad de los estudios sobre este gran pintor del siglo XVII, cuya fama e influencia se extendió no solo por la Italia de aquel siglo sino también por diversas zonas de Europa –incluida la Península Ibérica–, ofreciendo sus creaciones un canon estético que fascinó a varias generaciones sucesivas de artistas. Las recientes aportaciones historiográficas han permitido arrojar nueva luz sobre Reni: un mejor conocimiento de su biografía para abordar la relectura científica de su personalidad a través de los diversos contextos en los que transcurrió su vida.

Congreso internacional Guido Reni

Además -informa la web Hoyesarte- , los días 15 y 16 de junio se celebrará el congreso internacional Guido Reni: nuevas investigaciones, dedicado a la memoria del profesor Charles Dempsey (1937-2022), autor de estudios fundamentales sobre la escuela boloñesa de pintura, que permitirá a los especialistas en este autor y a los jóvenes investigadores de su figura a presentar las últimas novedades y descubrimientos realizados sobre el gran maestro boloñés.

En su día, Reni fue uno de los pintores más exitosos de Europa, codiciado por los patrocinadores más importantes. Apenas apreciado en el siglo XIX y luego relegado a un segundo plano por el interés despertado por su rival temporal Caravaggio, ya no ocupa el lugar que merece en el conocimiento público. Recibió el epíteto «Il divino», referido a su fama como artista estrella consciente de sus habilidades. Pero también remite a sus temas: es el pintor de lo divino por excelencia. Tuvo un profundo efecto en la iconografía religiosa del arte europeo y, como nadie antes o después, dio forma visual a la belleza de lo divino, ya sea el reino cristiano de los cielos o el mundo de los dioses antiguos. El enorme impacto de su arte se refleja en las innumerables variaciones de sus representaciones de las cabezas de Cristo y María, con sus rostros vueltos hacia arriba y la mirada hacia el cielo, cuyas reproducciones todavía circulan ampliamente hoy en día como extractos de imágenes en los libros de oración católicos.

(La caída de los gigantes, Óleo sobre lienzo, 208,5 x 189 cm, de Guido Reni, 1637–40, Pésaro, Palazzo Mosca.

 Musei Civici)

De hecho, esta historia de recepción imitativa sin paralelo solo sirvió para empañar la imagen de Reni, oscureciendo las cualidades reales y otros aspectos fascinantes de su arte.

Encargos en España

A finales de la década de 1620, Reni recibió dos importantes encargos destinados a la Corona española. El primero de ellos fue una representación del Rapto de Helena, concebida para el principal espacio del Alcázar de Madrid, el por entonces llamado Salón Nuevo. Por varias desavenencias, la pintura —que fue muy celebrada en su tiempo— nunca llegó a venir a España.

El segundo fue una Inmaculada, destinada a doña María de Austria, hermana de Felipe IV, y sucesivamente donada a la catedral de Sevilla, donde permaneció hasta la invasión napoleónica e inspiró a Murillo en sus creaciones. En esa obra, Reni hubo de enfrentarse a la controvertida cuestión de la Concepción Inmaculada de María, defendida fervientemente por la Monarquía Hispánica al tiempo que condenada por la orden dominica. Su sensibilidad como intérprete de ese tema se muestra en todas las demás obras marianas a él debidas, reflejo de toda una vida de ferviente devoción a la Virgen. Con sus pinceles, María se acerca al espectador en su condición divina desde la más bella idealización humana.

Cambio radical en sus últimos años

En los últimos años de su vida, el arte de Reni experimentó un cambio tan radical que hasta sus más fervientes admiradores tuvieron dificultades para entenderlo. Desde una marcada búsqueda del esencialismo en el lenguaje pictórico, sus formas se deshicieron, casi desapareciendo el dibujo y difuminándose los contornos. Al mismo tiempo, su brillante y variado colorido se apagó y redujo drásticamente, adaptándose a un concepto cercano a la grisalla. Buena parte de aquel proceso de simplificación estuvo relacionado con el hecho de dejar conscientemente numerosas obras inacabadas, bien por falta de tiempo o energía, bien por la intención de mantenerlas en ese estado en su taller hasta encontrar un potencial comprador para el que concluirlas. Surgió así el «non finito» de Guido Reni, una etapa en la que el cansancio propio de la vejez se mezclaba con el agravio de los problemas económicos derivados de su ludopatía, que le hacían producir rápidamente para poder así afrontar sus deudas de juego. Pero más allá de ser consecuencia de su necesidad, estas obras traducen una búsqueda autocomplaciente de la belleza de lo inacabado, dando cierta idea de espiritualización del arte que coincide con el propio fin del creador. Reni fallecería en Bolonia el 18 de agosto de 1642, siendo despedido con gran y sincera emoción por sus conciudadanos.

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