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Batalla de Pensacola (1781). 5

Tres foramontanos en Valladolid 21 Jun 2023 - 07:25 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George. Óleo  de H. Charles McBarron Jr.)

En mi opinión, `Juan sin miedo´ no existe. El valor por supuesto que sí. Aunque no se refiera a este caso tan singular, dice la RAE del valor: Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros, denotando osadía, y hasta desvergüenza. Y digo, mis amigos y probables únicos lectores, que, si el valor se demuestra venciendo el miedo, ¿cómo ser valerosos sin tenerlo? Y hasta desvergüenza: `La vida me la podréis quitar; pero lo que no me podéis quitar, es el miedo que tengo´.

Como al mariscal de campo Calvo que tuvo miedo de perder las naves, lo tuvo también Gálvez. El primero no lo venció y regreso a casa` rabo entre piernas´. Gálvez arriesgó, venció al enemigo y al miedo, y pasó a la memoria histórica como lo que fue: un auténtico héroe. Lo vemos una vez más de la mano de Fernando Martínez Laínez, que de forma impecable da un rotundo mentís a los factores de la leyenda negra. «YO SOLO» La tozudez de Calvo hizo comprender a Gálvez que no podía esperar nada de él.

Aunque el mariscal de campo tenía el mando militar de la fuerza terrestre, Calvo era el responsable de la seguridad de la escuadra y se negaba a arriesgarla, alegando que carecía de cartas náuticas de la zona y que no disponía de ningún práctico para entrar en la bahía. El tiempo iba pasando y Gálvez temía que el fuerte viento obligase a los buques a hacerse a la mar para no encallar, lo que dejaría al ejército abandonado en tierra. En la mañana del 18 de marzo, dispuesto a jugarse el todo por el todo y penetrar en la bahía con el único buque que estaba exclusivamente a sus órdenes —el bergantín Galveztown, que los norteamericanos habían capturado a los británicos y que se lo habían regalado—, Bernardo Gálvez izó su insignia en lo alto del mástil, largó la vela y saludó al enemigo con 15 salvas en muestra de desafío.

Antes, había enviado un mensaje al San Ramón, en el que informaba a la oficialidad del barco: Una bala de a treinta y dos recogidas en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galveztown para quitarles el  miedo. Calvo lo maldijo delante de la tripulación y lo acusó de impertinente, maleducado y, por si fuera poco, de traidor al rey y a la patria. Seguido de dos lanchas cañoneras y de la balandra Venezuela, el Galveztown cruzó la embocadura frente al fuego enemigo, que perforó algunas velas y jarcias, mientras el resto de la armada contemplaba inmóvil el arriesgado avance. Los vítores de los hombres de Gálvez certificaron la hazaña y esa misma noche el gobernador envió un mensaje al remiso jefe de la escuadra:

Si no sois lo suficientemente valiente para apoyarme, marchaos; así deshonraréis la marina de guerra española. Solo, con mis hombres, combatiré al enemigo hasta la muerte. La audaz maniobra no dejó indiferentes al resto de los marinos de la escuadra, que, un tanto humillados por el valor de Gálvez, pidieron apoyar al gobernador y se decidieron a entrar al día siguiente en la bahía. Todos, excepto el San Ramón de Calvo de Irazábal, que regresó a La Habana con más pena que gloria. Dicen que, desde el puente del navío, Calvo solo pudo mascullar con ira: «hideputa», al ver como quedaba patente el heroísmo de Gálvez y sus hombres.

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