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Batalla de Pensacola (1781). 6

Tres foramontanos en Valladolid 24 Jun 2023 - 07:25 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George. Óleo  de H. Charles McBarron Jr.)

Sin que nadie me haya dado `vela en este entierro´, me atrevo a opinar que, si como a Gálvez al que considero un genio militar, le añadimos un grado de valor difícilmente igualable, tendremos definido al héroe.  Héroe que no solo hubo de luchar contra los elementos, tantas veces adverso, como le es propio de esos mares, sino contra la opinión adversa a la suya de iguales o mandos compartidos. Pese a unos y otros triunfó en sus empresas. Siempre contó con la inestimable ayuda de tener el personal a sus órdenes totalmente a su favor, con obediencia ciega incluso en situaciones de mayor riesgo.  Y es, que si son importantes las armas, quien normalmente decide el combate, es el soldado que cumple aún en las situaciones de mayor peligro, porque confía en la idoneidad del mando. Éste fue el caso, como veremos, o ya hemos visto, del almirante Gálvez con los suyos.

EL ATAQUE FINAL

`Una vez que llegaron las esperadas tropas de Mobila y Nueva Orleans, todo el ejército español se trasladó a tierra firme. Los bergantines británicos Mentor y Port Royal, que custodian la boca de la bahía, se retiraron hasta las proximidades del puerto, y otro bergantín enemigo, el Childers, consiguió esquivar el bloqueo y dirigirse a Jamaica en busca de ayuda. El general Campbell dispuso que dos de los regimientos acuartelados en Pensacola salieran de la ciudad y tomaran posiciones en los reductos que la defendían. Los ingleses disponían de 1.800 hombres de tropa reglada, voluntarios «legitimistas» (colonos partidarios de la metrópoli) y una multitud de indios feroces que, según relata un cronista, se escondían en los bosques cercanos y se dedicaban a arrancar las cabelleras de los españoles que caían en sus manos. Estos indios, aunque no hacían muchas bajas, retrasaban los trabajos de montaje de la artillería y atrincheramiento.

Cuando las tropas españolas terminaron de desembarcar, se replegaron a la fortaleza Rey George, la principal de las que protegían la ciudad. El día 12 de marzo, cuando Gálvez dirigía una avanzadilla para reconocer el terreno, una bala le atravesó un dedo de la mano izquierda y le hirió gravemente en el vientre. La herida llenó de consternación a la tropa española y se temió por su vida, aunque finalmente consiguió recuperarse antes de lo previsto. Unos días antes de que el gobernador cayera herido, se habían recibidos refuerzos de Nueva Orleans: 1.600 hombres a las órdenes del mariscal Juan Manuel Cagigal, con una escuadra de 20 barcos que traía pertrechos, cañones y munición, y que consiguió entrar con poco daño en la bahía. El cerco de Pensacola, siempre bajo la dirección de Gálvez, a pesar de sus heridas, se fue estrechando con estas tropas curtidas en el combate, que ya habían participado en Manchac, Baton Rouge y Mobila. Además, el 19 de abril llegó de La Habana una escuadra que mandaba José Solano. Desembarcaron casi 3.000 hombres, entre soldados y marineros de los navíos. Y a esto se unió una flotilla de cuatro fragatas francesas con 754 soldados, embarcados en Haití y Santo Domingo, que mandaba el almirante Chevalier de Monteil. En total, 16 buques de guerra y decenas de embarcaciones menores que bloqueaban la entrada a la bahía y el puerto, impidiendo cualquier ayuda del exterior.

Con el refuerzo de otros 1.400 soldados en abril, llegados desde Luisiana, el efectivo total desembarcado rondaba los 7.500 hombres, que Gálvez organizó en cuatro brigadas de españoles, más la agrupación francesa a las órdenes del señor de Boiderut. Una tropa veterana y fogueada que componía el mejor ejército que España poseía en Norteamérica y en esta ocasión se enfrentaba a 1.600 soldados regulares británicos y a unos 1.000 indios, civiles armados y marinos de los bergantines Mentor y Port Royal. El 22 de abril, Gálvez pasó revista a la tropa que se disponía a lanzar el asalto final sobre Pensacola, compuesta en su mayor parte por soldados procedentes de España: los batallones Fijos de Luisiana y La Habana; los regimientos del Rey, la Corona, Príncipe, España, Soria, Navarra, Guadalajara, Mallorca y Aragón; artilleros del Real Cuerpo; los voluntarios de Cataluña y Toledo; la brigada irlandesa y un pequeño grupo de milicianos angloamericanos.

Además de Gálvez, la plana mayor del ejército incluía al mariscal Cagigal como segundo comandante; al coronel José de Ezpeleta; al teniente coronel Francisco de la Nava; al teniente coronel Vicente Risel, jefe de la artillería; y al teniente coronel José de Urraca, que mandaba a los Ingenieros. Entre finales de abril y principios de mayo, las posiciones artilleras españolas se afianzaron con trincheras y túneles que se iban acercando a la ciudad. Los sitiadores instalaron morteros que  causaron muchas bajas a los ingleses, aunque estos realizaban frecuentes contraataques. En uno de ellos consiguieron desmontar una batería de seis cañones que los españoles habían instalado en lo alto de una colina. A partir de los primeros días de mayo, arreció el fuego de la artillería contra el fort Crescent (Media Luna), y contra el fuerte Saint George.

Un impacto de mortero hizo estallar el polvorín y causó la muerte de 105 defensores británicos que lo custodiaban. En palabras del propio Gálvez: Finalmente, el 8 de mayo, a las seis de la mañana, comenzó de nuevo el fuego de la Media Luna [fort Crescent], al que correspondió el «Reducto» con los dos obuses que tenía, con tanta fortuna que habiendo una de nuestras granadas incendiado el almacén de pólvora voló por consiguiente la Media Luna con 105 hombres que la guarnecían….

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