Por Carlos de Bustamante
(Carmen de Bustamante)
El Puerto de Santa María esta embrujado; pero como `el amor brujo´ de Falla. Brujas-luces y sombras que en estas primeras noches de julio son una maravilla, embrujada.
Como tras el fallecimiento de la mi Carmen contraje nuevas nupcias, ahora vivo en Sevilla. Antes de entrar en materia la memoria me lleva a lo que, irrepetible, sin remedio, viví gozosamente durante más de medio siglo en mi tierra, tierra castellana.
Como la gallina acoge a los polluelos bajo sus alas, así la` mater familia´ -la mi Carmen- fue durante este tiempo el olivo que no por adulto, fuera viejo. Y como brotes de él, naturalmente compartidos, arropó una familia numerosa. Curtida en tierras africanas recibió -recibimos- con gozo los brotes del olivo en siete renuevos con un solo vástago varón y seis `polluelos-niñas´ preciosas.
Cuando el tiempo implacable los hizo `volanderos´, el matrimonio quedó solo. Felices, aunque con luces y sombras.
Aun no siendo muy dado a escribir intimidades, permitidme mis amigos y probables únicos lectores que por amistad haga una excepción con vosotros.
No nos abandonó el amor humano, porque estaba fundamentado en el Amor. Habíamos vivido los años núbiles, dorados, de ese amor fuerte de los tiempos juveniles. Apenas sin darnos cuenta, como la brisa ligera, suave, agradable pero constante, caminábamos por la senda empinada de la madurez y enseguida de la vejez. Y con la vejez, los alifafes. Cuarenta años de mutilado absoluto en acto de servicio, si no hundieron, sí quebrantaron a la esposa y madre curtida en cien batallas; y por ende al guerrero en otras cien.
Bien sé que cuanto sigue puede que no sea ejemplar, pero como sucedió así os lo hago llegar. Fue primero un infarto a la que fue mi esposa. Transcurrieron meses, tal vez años, y el infarto se repitió y éste fulminante. Murió en el acto. Desolación. El Amor vino a amortiguar el dolor inmenso. Pero antes…:
-Fíjate que suerte, fui ayer(viernes) a confesarme a las Angustias y estaba don Crescenciano, mi confesor. Por viejecito y quebrantado le había dicho el arzobispo que fuera la última vez que bajase de la residencia sacerdotal a impartir el Sacramento. Fui yo, me dijo, la última persona que confesó. Unidos en el Amor, comulgamos los dos al día siguiente en la parroquia (viernes). El sábado amaneció luminoso para ella en el Cielo. Una sombra inmensa se cernió sobre el que durante 63 años fue su marido. Sin embargo, como la luz vívida de un rayo que rompe la oscuridad durante el estrépito de la tormenta, vi, con la serenidad que da el fragor pasado, la luz verdadera de morir en gracia de Dios. Como la mi Carmen. Y sin sufrir. El dolor inmenso (quien lea entienda), sombra tenebrosa, sin desaparecer del todo, tuvo un cambio prodigioso. Luz que abrió un girón de nuevas luces entre las sombras en que estaba sumido: Fue la confesión y comunión recibidas pocas horas antes de su repentino fallecimiento. Comprender que había entrado en la eternidad `donde ni ojo vio ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman´.
Se extrañaban amigos, familiares, conocidos, incluso los que accidentalmente asistieron a la misa funeral, que no vieran lágrimas de dolor en el que, de la noche a la mañana, se había quedado viudo tras 63 años de matrimonio.
Pena inmensa, sí, que nada tiene que ver con el desgarro llamativo por la inesperada, tremenda pérdida. Sosegadamente luego en casa y en la soledad de mi habitación de trabajo, di rienda suelta a la manifestación de dolor inmenso. A solas.
Enseguida el consuelo de quien sabe y cree en un mundo mejor. El que recibió por una vida vivida con el sentido de la trascendencia sobrenatural de las obras con vistas a la eternidad.
Si en lo referente a la felicidad de la mi Carmen para siempre, tuve plena conformidad, incluso alegre, no sucedió lo mismo en lo puramente humano. La luz más luminosa, luchó contra la sombra que se cernió cruel sobre la soledad del enviudado.
Desde el inicio de nuestro matrimonio y aún antes, supo de un amor que tuve e adolescente con Nachy, mi prima, hija de tío Pepe, hermano de mi padre. Ignoro si fue premonición, reproche o posible remedio a mi particular dependencia. Sé sólo, que pocos días antes de morir, se expresó con rotundidad:
-Si fallezco antes que tú, que es lo más probable, `te irás con Nachy, claro. ´ Protesté lo indecible. Pero en la terrible soledad, pensando en una residencia para ancianos, se me vino lo dicho insistentemente a la cabeza. Más cuando en nombre de la muy numerosa familia andaluza recibí una llamada telefónica para darme el pésame en nombre de hermanos, primos, sobrinos… en cantidad tal que ni en la Montaña (hoy Cantabria), cuna de nuestros ancestros. Sentí un consuelo especial, repitiendo en mi subconsciente: `te irás con Nachy´. `Te irás con Nachy´.
Lo que sucedió después y más cosas referentes al lugar donde paso el verano, en el próximo si Dios es servido.
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