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¿Tanto molestan? 

Tres foramontanos en Valladolid 03 Ago 2023 - 07:27 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Retablo de la Virgen de Torreciudad esculpido en alabastro por Joan Mayné)

Recibo con verdadera satisfacción el artículo que sigue, de Felipe Benicio Albarrán Vargas-Zúñiga, mi nuevo amigo virtual, pero amigo, escrito sin falsos respetos humanos.  Sin entrar en profundidades ni discusiones bizantinas que ni proceden ni me corresponden, divulgo encantado su pormenorizada exposición en la que, lejos del encono de los debates de moda, expone con afecto su punto de vista con el mayor respeto e independencia  de criterios ya sean o no favorables a cuanto escribe, con inusual corrección, dicho sea de paso.  Gracias, querido Felipe.

“Pues sí, dedico esta reflexión a cuantos miembros del Opus Dei, ordenados o laicos, viven no sin cierta desazón la que se ha formado entre el Obispado de Barbastro y la Prelatura a cuenta del control del Santuario de Torreciudad. ¿Que no es santuario, que es oratorio? Me da igual para pensar lo que pienso, para decirlo. Me da igual Juana que la prima de Juana. En el fondo de mi forma de entender todo esto algo me dice que no es, a la hora de la verdad, la cuestión básica el carácter del lugar. Sea el que sea, allí, a lo que se va, porque yo he ido una vez, y no tengo inconveniente en volver, es a orar, a santificarse de alguna forma. Y, digo yo, si se va a orar es oratorio; y si va uno a santificarse es santuario, porque de lugar santo se trata y asiste uno con las ganas y la fe de que algo se le pegue. ¡Qué más da!

Quiero aclarar que no dispongo de más datos que los que leo en la prensa, que aún no he “contaminado” mis ideas con la conversación con alguien “incardinado” -permítaseme que, aunque puede que inadecuado, use este término- en el Opus Dei. Lo que voy a decir, de exclusiva autoría de quien abajo firma, no es más que producto de lo que he vivido y visto a lo largo de mis años, que no sé bien si son muchos o pocos, o algo medio, pues depende de con quien me compare, con independencia de que el paso del tiempo siempre es relativo.

Y confieso que es un tema, este de la “lucha” por el control de Torreciudad, que tengo metido en la cabeza, y en el corazón, desde que hace pocas fechas ha saltado a la luz. ¿De verdad es el dinero de cierto canon de arriendo o uso de una pequeña ermita lo que ha provocado todo esto? No me lo creo. En absoluto. Cierto es que las cosas hay que arreglarlas con el tiempo, y que, si hay un contrato de arriendo o cesión de uso, o como se le quiera tildar, de un recinto, sea el que sea, se actualice con el tiempo. No cabe duda. Máxime si se paga, hoy día, una cantidad tal que tiene por costo de pago casi más que el principal a abonar. Pero tampoco hay que pasarse. No afirmo sea cierta o no la cantidad que en el ABC, que es lo que leo, se expone; porque ya dice la propia noticia que una de las partes guarda silencio. Y el silencio, aunque muchas veces otorga, puede ser, en otras ocasiones es arma defensiva que evidencia deseos de no entrar en conflicto.

Pero no me lo creo, no. No creo que sea el dinero la diferencia en juego. Si así fuera, visto desde el balcón de la distancia, y desde la atalaya de la ignorancia, bastaría con crear una comisión entre las partes y tratar de estudiar y llegar a un acuerdo, para lo que debe haber voluntad de ello.

Comisión es contrario a imposición.

Digan lo que digan algunos, el Opus Dei mueve a gente. Lo he visto. Cuando, y hablo de mi diócesis, Mérida-Badajoz, la Obra convoca a sus fieles a alguna celebración los templos se llenan hasta no caber de pie un alfiler. Nadie puede negar lo que digo. Sin embargo, en celebraciones diocesanas de no poca trascendencia sobran sitios por doquier. Por algo será. Yo no sé el porqué, porque no soy analista de masas y devociones, sentimientos y emociones. Pero el hecho está ahí. ¿No lo creen? No quiero poner algún ejemplo concreto, que luego vienen los arrebatos contestatarios; pero ejemplos hay. Sin embargo, cualquier celebración de la Obra reúne a la casi totalidad del aforo de la Seo, cuando no pone en duda la elasticidad de sus muros. Es como lo digo, porque lo he vivido, tanto como laico del montón como cuando fui Jefe de Protocolo de la Archidiócesis.

Para mí, y por una parte me da pena decirlo, porque evidencia las luchas intestinas de la Iglesia, que las hay, ojo, que nadie se engañe, la situación tiene otra razón. Aparte del control del dinero (por cierto, se dice que las cuentas del santuario son deficitarias, que puede ser, que la gente es un poco agarrada a la hora de soltar donativos para el mantenimiento de unas instalaciones que queremos limpias, sólidas, atractivas, cómodas, accesibles y en uso permanente), digo que, a parte del control del dinero, la lucha viene por otra cosa. Tampoco creo que el motivo sea la imagen y ermita milenarias que se encuentran en el complejo. Hay quien piensa que el Opus Dei se ha adueñado de ellas. Nada de eso. Yo he podido verlas, sin cortapisas de tipo alguno. Fue en el 2008, para ser concretos. Visité, junto a Nines, mi mujer, con motivo de una estancia en un hotel con encanto aislado en la sierra de Boltaña, cerca de Aínsa. Un día decidimos ir a misa a Torreciudad y conocer el santuario. Y no vi nada que pudiera llamar la atención, si exceptúo la devoción con la que los peregrinos al lugar se comportaban en los lugares sacros, y el respeto y consideración mostrados en todo el recinto. No me importaría volver. Está en un lugar privilegiado, sí, junto a un pantano.

Pero quienes lo hacen privilegiado son quienes allí acuden buscando paz espiritual, consuelo para aquello que les aflige, comunicación en la oración con Dios o sosiego interior que emana de los ojos de la morena imagen de la Virgen de Torreciudad. Y privilegiado fui al contemplar todo ello. De nada sirve levantar el más grandioso centro de peregrinación, sea el que sea, si no acuden a él los peregrinos a mostrar que el lugar, o la representación de la imagen que preside el lugar, dicen algo al corazón de quienes se sienten atraídos por acudir allá. No son los sitios los que se hacen a sí mismos, no. Son quienes sienten que en el mismo se respira aire de santidad del que intentar contagiarse los que hacen al sitio.

Llevo pensado en todo este lío desde que saltó a la prensa. Y machaca mi convencimiento que no puede ser cosa de dinero. Si es eso, si hubiera sido eso, tengo la plena seguridad de que se podría haber arreglado hace tiempo, con el diálogo y la buena voluntad de las partes, o con la de un buen y justo mediador. Como en el extinto Servicio Militar, dicha voluntad se les supone a las dos partes enfrentadas en el litigio, inmersas en la controversia. Supongo que, como en todo, habrá causas ocultas que no conozcan más que los responsables directos de buscar el punto de encuentro. Pero quiero pensar que hay algo más que el dinero.

Ya he apuntado antes a la respuesta de los fieles del Opus Dei a la llamada de sus dirigentes. Es masiva. Lo he comprobado no hace mucho en Sevilla. De hecho, plasmé la experiencia en mi artículo Gente corriente. Atravesamos unos tiempos en los que la Iglesia no concita la atención de muchos de quienes dicen ser católicos. Habrá que mirar el motivo. Lo hay, lo habrá. Estoy seguro. Sólo algunos movimientos que viven su comunión con la Iglesia, conforme a su carisma, que puede ser diferente pero siempre confluyente, mueven a masas. Los templos se vacían, las generaciones de hoy no se sienten atraídas, casos excepcionales aparte, por el mensaje que se pregona desde ciertas instituciones eclesiales. Hay que preguntarse el porqué. Nos encontramos en estas fechas en los prolegómenos de la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa. ¿Todos los que van sienten lo que de verdad supone participar en ella? ¿O somos ciegos y no queremos ver que muchos irán por abrir la espita de la cotidianeidad de cada día y abrirse a nuevas experiencias, sin querer contagiarse de lo que de verdad mueve a otros a venir convencidos desde lugares muy distantes? Claro que los habrá de todo tipo, nadie lo niega. Pero lo cierto es que la media de edad de quienes seguimos yendo a las celebraciones litúrgicas no es la más esperanzadora.

Habla el Papa Francisco de “una Iglesia en salida”. Sí, es cierto, es preciso que la Iglesia salga a la búsqueda de quienes se están despegando de ella, de quienes a ella quieran acudir y aún no se hayan decidido, pero… una vez que han entrado en ella, ¿se hace algo por retener a todos? Más valía que nos preguntásemos esto de cuando en cuando. Y más valía que todos, yo el primero, nos mirásemos, y meditemos si con nuestro ejemplo de cristianos y católicos somos imanes que atraigan la atención de los demás.

Sin embargo, “vuelta la burra al trigo”, hay movimientos que siguen manteniendo la fidelidad de sus miembros. Y uno de ellos es el Opus Dei. Guste o no, que sé que a muchos no les gusta. Me da el tufo de que se quieren controlar esos movimientos. Y me parece mal, porque no hacen daño a nadie, ni tampoco a la Iglesia Universal como institución, ni espiritual ni temporal. Más harían los Prelados españoles, no sé si atreverme a ampliar las fronteras fuera de España, en preocuparse de la desidia espiritual de los españoles, del porqué de la misma, de las soluciones que habrían de poner, que de tratar de controlar los lugares a los que los fieles de ciertos movimientos acuden a sentirse arte y parte de la Iglesia, a sentirse unidos a ella, a pedir por las necesidades de toda ella. ¿Qué tienen un especial carisma? También lo tienen los jesuitas, los salesianos, los franciscanos, los dominicos, los neocatecumenales, los focolares, los… ¡Todos somos Iglesia! ¿Controlan también algunas hermandades y cofradías que generan fondos sin control? ¡También son Iglesia!, aunque algunas no lo crean. Sé lo que digo.

Me da que esto de Torreciudad no es sólo cuestión de dinero, no. Ni de historia de una imagen o de una ermita, no. Me da que esto va de otra cosa. Ya empezó el tema modificándose en Roma el status jurídico-canónico (perdonen si no es el término adecuado) de la Prelatura. ¿Tan mal estaba diseñado? No soy experto en ello, pero me atrevo a decir que no me lo parecía. ¿Por qué no se dejan en paz las cosas que funcionaban bien, o no lo hacían mal?

En fin, he dedicado mi reflexión preelectoral a divagar un poco. He llegado a una conclusión. Y es una pregunta, que no soy capaz de responderme:  ¿Tanto molestan? He dicho”.

 

Tres foramontanos en Valladolid

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