Por José María Arévallo
(Retratos de Maíllo en Mogarraz)
No me podía creer lo que leí en El Día de Valladolid el pasado 21 de mayo, que titulaba: “La exposición Retrata2 388, del artista Florencio Maíllo, cumple diez años convirtiendo el pueblo en un museo al aire libre gracias a los retratos de sus vecinos en las fachadas. Fue por casualidad, ya que suelo ver las páginas de cultura de los diarios, para tomar información para mis artículos.
Es Mogarraz, Conjunto Histórico Artístico Nacional, uno de los maravillosos pueblos de piedra de la salmantina Sierra de Francia, yo creo que el tercero más bonito después de La Alberca y Miranda del Castañar. Entre cuestas empedradas -recogía el artículo-, recovecos sinuosos y edificios medievales donde el bordado serrano decora los balcones, cientos de ojos guardan Mogarraz. Recorrer sus calles supone un viaje al pasado a través de sus gentes, una mirada hacia el arte más social de la Sierra de Francia. Los vecinos que han habitado las casas de este municipio salmantino durante décadas vigilan las calles haciendo de ellas un auténtico museo al aire libre que cautiva a todo aquel que se adentra a descubrir la obra del artista Florencio Maíllo en su localidad natal.
“La exposición Retrata2 388 -nos explicaban- cumple su décimo aniversario convirtiendo a Mogarraz en una obra de arte, con una concepción artística sin precedentes. De los negativos de un fotógrafo aficionado que retrató a los vecinos para que pudieran renovar sus carnés de identidad, comenzaron a brotar las pinturas sobre planchas de latón. Un proyecto artístico a gran escala que fue mucho más allá y ha supuesto la transformación íntegra del pueblo, en el que sus fachadas son el vivo retrato de quienes han habitado esas calles, casas y balcones, a quienes poder recordar y conocer a través de estas pinturas.
(Mogarraz antes de que se llenara de retratos)
«Un viaje inacabable», reconoce Maíllo
Emocionado, Florencio Maíllo recuerda diez años después, en el mismo lugar en el que se inauguró esta exposición, cómo ha buscado «repoblar» la infancia que vivió con cinco años y, en torno a sus gentes, «venerarlos, tenerlos presentes y no olvidarlos». De manera altruista, «porque lo auténtico tiene que ser sencillo, vivido y compartido sinceramente», como señala el artista, ha pintado 813 retratos en un proyecto que ha alargado su temporalidad y que, en la actualidad, continúa retroalimentando. «Un viaje inacabable», reconoce Maíllo, quien pensaba que cada retratado, a quienes cedió desde un primer momento los cuadros, iban a bajarlos rápidamente de la pared. Pero no fue así.
Porque sin los vecinos el sentido de la exposición cambiaría completamente. También, gracias a sus guardianes, las calles de Mogarraz han podido convertirse en un museo al aire libre. Museo con guías que de primera mano te transportan a esa villa de los años 60 y con quien aprender sobre la historia del pueblo y de sus gentes. Es el caso de Franco, quien cada día se sienta a la puerta de su casa, bajo su retrato, para observar a todos aquellos curiosos que se acercan hasta este recoveco en la Sierra de Francia del que han oído que hay cuadros en las paredes. También Catalina y Ambrosia, cuya faceta más joven, junto a las de sus familiares más cercanos, ya fallecidos, reposan en los muros estas casas casi de cuento.
(Maíllo y sus retratos en Mogarraz)
«Recuerdo a las personas que han sido como hermanas, y siempre que paso les tengo que mirar y decir algo», reconoce Ambrosia, con la emoción de rememorar y el privilegio de poder contar a todos los que se acercan un trocito de su historia. Sabiendo que «no hay pueblo como éste» y «orgullosísima de ser de Mogarraz», Catalina juega a que adivinemos dónde se encuentra su retrato. Aunque con ese lamento de quien cuenta con muchos años a sus espaldas intente convencer de que ya no queda nada de la persona que fue hace seis décadas, supone un engranaje clave de lo que representa esta muestra: recordar quiénes fueron aquellas mujeres y hombres que supieron hacer de su pueblo un modo de vida.
«Mogarraz es especial en sí mismo», reconoció el presidente de la Diputación de Salamanca, Javier Iglesias, en el acto de conmemoración del décimo aniversario de esta muestra. Además, se manifiesta orgulloso de la «pura singularidad de la arquitectura serrana, la gastronomía y de la forma de vivir de la provincia», que consigue atraer a visitantes en un pueblo «que es arte en sí mismo». Una idea en la que la antigua alcaldesa del municipio, Concha Hernández, incide para llevar un paso más allá. «Tú tienes que fijarte en cada uno de los cuadros, y ver una obra de arte, y cómo con el paso del tiempo han ido ganando», reconoce, mientras señala que «nosotros hemos envejecido y las obras cada vez están más vivas».
Una obra viva, en la que los cuadros evolucionan, colgados a la intemperie, como reconoce la primera edil de Ayuntamiento de la villa, Soledad Álvarez. «Vas viendo cómo se integran en la fachada, se potencian los colores, se atenúan unos, se suavizan otros… Es el mismo cuadro, pero tiene una pequeña diferencia siempre». Evolución constante, al igual que la de las personas, de las que Florencio Maíllo ha dejado una huella imborrable en el pueblo y al que ha lanzado a una repercusión internacional, atrayendo a visitantes de diferentes puntos del planeta a este recoveco único en la Sierra de Francia.
Porque Mogarraz impresiona. Y no deja indiferente con sus fachadas. No puede evitar reconocerlo una pareja de turistas, procedentes de Arenas de San Pedro, que visitan el pueblo durante este fin de semana. Casualmente, diez años después de su última visita al municipio. Embaucados por los retratos, reconocen que sus miradas atrapan. Cautivan y te siguen, sobre todo por la noche. La obra de Florencio Maíllo ha hecho de los muros de Mogarraz calles vivas, en las que intentar conocer a quienes antes las transitaban, y a quienes todavía las guardan. Guardianes de esta obra y de la historia que, desde hace diez años, hace de este pueblo un museo inigualable.”
Embaucados
Pues para mi gusto, como digo en el título de este artículo, este experimento no es más que una forma de estropear un bello pueblo con excusas artísticas. Y creo que quienes la alaban han sido verdaderamente embaucados por Maíllo y sus retratos. Porque Mojarraz fue siempre un bellísimo pueblo de casas de sierra, de piedra en nueva parte y de aleros curiosos y formas especiales de construcción, como lo son en esa Sierra de Francia LA Alberca y Miranda del Castañar. Pero ahora ha dejado de ser un pueblo de sierra para convertirse en pueblo de retratos. No digo que, para llamar la atención del turismo no fuera una buena idea esta de colgar retratos de sus habitantes en las fachadas de sus propias casas. Pero con una temporada me parece suficiente para la sorpresa. Sin embargo , recoge el artículo, Maíllo reconoce se trata de «Un viaje inacabable», vamos que cada vez habrá más retratos y así hasta que alguien diga ¡ basta ya de mamarrachada ¡. Por muy artista que sea Maíllo y muy valiosos los retratos.
¿Se imaginan ustedes que una ciudad de piedra dorada de Villamayor como es Salamanca, o de piedra gris como Santiago de Compostela, o de rincones maravillosos en cuesta como Toledo, se dedicaran a colgar los retratos de Maíllo en las fechadas de sus casas consiguiendo así, y para llamar la atención, una nueva decoración desacostumbrada de la mayor parte de las casas de la ciudad? Es decir, cambian la idiosincrasia de estas bellas ciudades, dorada o gris o en cuesta, para llamar la atención? Pues eso es lo que está pasando desgraciadamene en Mogarraz, un auténtico despropósito.
Hace años que en esta páginas les contaba de los encuentros de pintores que tuvimos en La Alberca, subvencionados por su Ayuntamiento y dirigidos por la cátedra de Arte de la Universidad de Salamanca, en los que nos dedicábamos a pintar este pueblo de la sierra y algún día nos acercábamos a pintar también a Mogarraz y a Miranda del Castañar, y a hablar de arte. Fue una pena que llegara un edil de izquierdas y considerara injustificada la subvención a estos encuentros, con lo que se dejaron de celebrar. Yo ahora pienso que si se hubieran seguido celebrando, hubiéramos criticado esta fechoría de Maíllo y con el apoyo de la Universidad hubiera cesado, tras importante debate, porque veo que Florencio Maíllo Cascón (Mogarraz, Salamanca, 1962) es profesor titular de esta Universidad, director del Máster en Arquitectura y Diseño de Interiores.
Como no pudo ser, sigue apareciendo transfigurado Mogarraz, y ya veremos por cuanto tiempo, porque no veo en la nube críticas sino solo alabanzas, como esta reciente de Hirania Luzardo: “Mogarraz no sólo es hoy Conjunto Histórico Artístico de España, sino que también es una de las pocas juderías conversas al cristianismo por lo que es frecuente ver en la fachada de las casas una cruz en señal de que sus moradores practicaban el catolicismo. Los rostros de 500 vecinos, recreados en la pupila artística de Maíllo, adornan a Mogarraz de una manera única, y especialmente enigmática para quienes visitan el lugar. Más de uno asegura que al mirar a las fachadas y detener la vista en los rostros de las pinturas hay una sensación de que el espíritu de quienes murieron sigue presente en el histórico pueblo.”
Yo creo que mientras se mantengan los retratos de Maíllo en Mogarraz debería retirarse a este pueblo el reconocimiento de Conjunto Histórico Artístico y cambiarlo por otro más adecuado, como el de museo de arte contemporáneo, o mejor museo Maillo.
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