Por José María Arévalo
(Fernando Gallego, Salamanca, 1468, 1507. Parcial de Cristo bendiciendo. 1494 – 1496. Técnica mixta sobre tabla, 169 x 132 cm.)
Una de las grandes exposiciones de la temporada -así la considera hoyesarte.com- es la inaugurada el pasado 10 de octubre -que se extenderá hasta el 14 de enero de 2024- en el Museo Nacional del Prado bajo el título “El espejo perdido. Judíos y Conversos en la España Medieval”, una especie de «espejo medieval» con el retrato de los judíos y los conversos concebido por los cristianos entre 1285 y 1492. El espejo perdido, ilustra cómo las imágenes estimularon los intercambios entre cristianos y judíos, pero también cómo contribuyeron decisivamente a difundir el creciente antijudaísmo, y más tarde el antisemitismo, que anidaba en la sociedad.
Comisariada por Joan Molina Figueras, jefe de Departamento de Pintura Gótica Española del Prado, y realizada en colaboración con el Museu Nacional d’Art de Catalunya, entre las 69 obras de esta fascinante muestra –pintura, escultura, miniatura, orfebrería, grabado, dibujo…– están, por ejemplo, los frontales de Vallbona de les Monges, la Fuente de la Vida del taller de van Eyck o los retablos que realizó Pedro Berruguete para santo Tomás de Ávila, que se unen a préstamos extraordinarios como las Cantigas de Alfonso X el Sabio (Patrimonio Nacional), la Golden Haggadah (British Library) o el Fortalitium Fidei (Bibliothèque nationale de France), además de una relevante selección de obras procedentes de una treintena de iglesias, museos, bibliotecas, archivos y colecciones particulares nacionales e internacionales.
Construir la alteridad
El eje vertebrador de la exposición es la percepción que los cristianos tuvieron de los judíos y, a partir de 1391, de los conversos descendientes de judíos. La definición de una alteridad visual de estos dos colectivos estuvo determinada por razones religiosas, sociales, políticas y, al final, incluso raciales. En definitiva, por las creencias, miedos y ansiedades de los cristianos. Como destaca Joan Molina, «las imágenes de la muestra recuerdan que, si bien la diferencia existe, la alteridad se construye».
«El espejo es el retrato de los judíos y conversos realizado por los cristianos a finales de la Edad Media», explica el comisario. «Unos retratos nada asépticos, porque, como dice John Berger, siempre miramos en relación a nosotros mismos; toda imagen incorpora una forma de ver… nuestra forma de ver. Y aquí se trataba de ver y de analizar esta forma de mirar cristiana al mundo judío. Se trata, por tanto, de una exposición que no tiene nada que ver con Sefarad, sino con otra cosa, con las particularidades que afectan a esta mirada al judío y, sobre todo, también a la mirada al converso. Y aquí estamos hablando de una cuestión propiamente hispana, porque el `problema converso’ a finales de la Edad Media se dio en la península, en los reinos de Castilla y Aragón, pero no en otros sitios de Europa».
(La Virgen de los Reyes Católicos. Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos.1491 – 1493.Técnica mixta sobre tabla. Museo Nacional del Prado)
Mentalidad y actitud
Toda imagen creada es un espejo que refleja unos modos de ver. Miramos el mundo y a los otros en relación con nosotros mismos, a través de nuestra mentalidad y actitud. Mediante una amplia selección de obras, esta exposición recupera un espejo medieval: el retrato de los judíos y los conversos concebido por los cristianos en España entre 1285 y 1492. Durante esa época, las imágenes desempeñaron un papel fundamental en la compleja relación entre estos tres colectivos.
Aunque numerosas obras destacan por su componente estético –entre sus autores hay maestros del gótico como Pedro Berruguete, Bartolomé Bermejo, Fernando Gallego o Bernat Martorell–, la muestra también presenta un conjunto de piezas realizadas más allá de los cánones de la historia de los estilos –como caricaturas, sambenitos, grabados o bizarras esculturas. De hecho, el objetivo ha sido ofrecer una visión lo más completa y rigurosa posible de un tema que sólo se puede abordar desde una perspectiva que supere las fronteras tradicionales de la historia del arte: «Esta no es una exposición de historia del arte, y tampoco de historia, es una exposición que narra una historia de las imágenes. Y en esta historia de las imágenes caben muchos tipos distintos».
Entre 1285 y 1492, las imágenes desempeñaron un papel fundamental en la compleja relación entre judíos, conversos y cristianos. Si, por un lado, fueron un importante medio de transferencia de ritos y modelos artísticos, al tiempo que propiciaron un espacio de colaboración entre artistas de ambas comunidades; por otro, contribuyeron a difundir el antijudaísmo. En este terreno, su estigmatización fue un fiel reflejo del espejo cristiano y, con ello, un poderoso instrumento de afirmación identitaria.
(Parcial de «Cristo entre los doctores». Pintor catalán, posiblemente seguidor de Bernat Martorell. Temple y pan de oro sobre tabla 111,8 x 76,2 cm h. 1420-40 . Nueva York, The Metropolitan Museum, The Friedsam Collection, Bequest of Michael Friedsam, 1931, inv. 32.100.123)
Afirmación identitaria
Tras la masiva conversión como consecuencia de los pogromos de 1391, las imágenes de culto se situaron en el centro de la polémica, convirtiéndose en la prueba para afirmar la sinceridad de los nuevos cristianos o, por el contrario, para acusarlos de judaizar. La extensión de estas sospechas de herejía judaizante se encuentra en la base de la fundación de la Inquisición en 1478. Consciente del poder de las imágenes, la nueva institución hizo un uso intensivo de las mismas, ya fuese para diseñar poderosas escenografías o para definir fórmulas de identificación visual de los conversos.
De hecho, una de las particularidades de esta exposición es la presentación de un conjunto de obras y programas absolutamente únicos en toda Europa, puesto que responden a las especiales circunstancias que determinaron las relaciones interreligiosas en los reinos peninsulares entre los siglos XIII y XV. Se trata de aquellas imágenes relacionadas con la polémica que afectó a los conversos, y que fueron concebidas para estimular su conversión, o para justificar la sincera decisión de los nuevos cristianos. Igualmente originales resultan los ciclos e imágenes creadas en los primeros tiempos de la Inquisición, tanto escenografías para las iglesias como obras de carácter propagandístico.
“El espejo perdido. Judíos y conversos en la España Medieval” ofrece, en suma, una sugestiva panorámica sobre el papel que tuvieron las imágenes en las relaciones entre judíos y cristianos en la España medieval. Además, su catálogo es una extraordinaria pieza de conocimiento, un texto fundamental que se incorpora ahora a la historiografía española.
Como concluye su comisario, «esta exposición nos habla de fronteras, de segregación, de intolerancia… nos habla de convivencia también. Invita a mirar nuestro pasado sin prejuicios, a mirar nuestro espejo, y no intenta rehuir la idea de que estas imágenes sirvieron para construir identidades y alteridades, unas imágenes que hablan de nosotros y de los otros, pero en el siglo XIII, XIV y XV, aunque es verdad lo que dijo Benedetto Croce, no hay historia, solo hay historia contemporánea».
(Parcial de «La fuente de la Gracia». Taller de Jan van Eyck. Óleo sobre tabla, 181 x 119 cm, h. 1430-40 <.Madrid, Museo Nacional del Prado, P-1511)
Transferencias e intercambios
Cristianos y judíos -explica la web del Museo- habitaban en un espacio compartido con unas fronteras religiosas permeables. A pesar de las diferencias entre ambas comunidades, artistas judíos fueron autores de obras para cristianos y viceversa, maestros cristianos realizaron obras para judíos (ilustra este apartado con “La fuente de la Gracia”, del taller de Jan van Eyck). Con frecuencia las transferencias e intercambios fueron estimulados por los propios clientes. En una muestra de aculturación, la élite judía encargó manuscritos iluminados, entre los que destacan las hagadás, con un formato y tipología parecidos a los de los códices cristianos. Por su parte, algunos pintores y comitentes cristianos se sirvieron de su conocimiento íntimo de las costumbres y la vida ritual de los judíos para concebir retratos de diverso signo: desde positivas estampas de ambientes y prácticas tradicionales hasta escenas diseñadas a partir de un prisma claramente polémico. Las imágenes ponen de relieve que para los cristianos ningún adversario religioso era más familiar, y por ello mismo más difícil de ignorar, que los judíos.
De precursores a ciegos
En el concepto cristiano de la Historia de la Salvación, los denominados Antiguo y Nuevo Testamento están indisociablemente unidos. De ahí que destacados monarcas y profetas judíos fueran materia habitual de la iconografía cristiana, donde se representaron como prefiguraciones de la Nueva Ley. Frente a esta visión positiva, desde el siglo XIII los teólogos cristianos desarrollaron una actitud claramente beligerante al incidir negativamente en la incapacidad de los judíos para aceptar la naturaleza divina de Jesús. Las imágenes, como los textos, se hicieron eco de esta polémica mediante la explícita metáfora de la ceguera de los judíos, un tema que conoció una gran difusión y que fue reproducido en todo tipo de obras y soportes. Pese a que un buen número de autoridades siguieron defendiendo que la conversión al cristianismo de los judíos era posible, la recreación figurativa de esta ceguera abrió paso a la construcción de su alteridad. Con su negación del Mesías, el judío empezó a convertirse en el Otro.
Antijudaísmo e imágenes mediáticas
(Pedro Berruguete, Retablo de santo Domingo. Santo Domingo y los albigenses.. h. 1491-99.Óleo sobre tabla, 122 × 83 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado)
A partir de finales del siglo XIII, en el contexto de una violencia sistémica contra los judíos, se desarrolló una variada iconografía antijudía -ilustra este apartado con el “Santo Domingo y los albigenses” de Pedro Berruguete-. En ella encontramos desde retratos concebidos a partir de caricaturizaciones y signos denotativos (indumentarias y rodelas) hasta escenas que presentan a los judíos como enemigos de la fe cristiana. Como en el resto del Occidente europeo, además de expresar intolerancia y prejuicios, a menudo la promoción de estas imágenes infamantes obedece a estrategias de afirmación de la identidad cristiana. Solo hay que fijarse en las escenas con actos de profanación de imágenes de culto y de la hostia o en los ciclos de la Pasión. Desde un punto de vista cristiano, muchas de estas representaciones fueron consideradas un eficaz medio para ratificar creencias que habían despertado una viva controversia en el seno de la Iglesia, como el culto a las imágenes y a la Eucaristía, o para difundir devociones de carácter cristocéntrico. La deformada imagen del judío como profanador y deicida fue un reflejo del espejo cristiano; una manifestación de las creencias, miedos y ansiedades de los fieles de la Iglesia romana.
Imágenes para conversos, imágenes de conversos
Tras los pogromos que en 1391 asolaron buena parte de las aljamas peninsulares, un gran número de judíos se vio obligado a abrazar el cristianismo. Lejos de acabar con las tensiones, el proceso de conversión masiva aumentó el temor de que el cristianismo estuviera ahora amenazado por el judaísmo desde su propio seno. A través de la acusación de judaizar, los miedos y ansiedades se redirigieron hacia los cristianos nuevos, es decir, hacia los conversos y sus descendientes (se ilustra este apartado con la tabla “Auto de fe presidido por Santo Domingo de Guzmán”, de Pedro Berruguete).
(Pedro Berruguete, Auto de fe presidido por Santo Domingo de Guzmán. Óleo sobre tabla, 154 x 92 cm. h. 1491-99 . Madrid, Museo Nacional del Prado, P-618 )
En esta situación, única en toda Europa, las imágenes fueron un medio activo y poderoso para expresar deseos e inquietudes de muy diversa índole. Por un lado, los cristianos favorables a la evangelización las utilizaron para transmitir la necesidad de la conversión a todos aquellos que permanecían fieles a la Ley de Moisés. Por el otro, el creciente clima de desconfianza impulsó a muchos conversos a encargar imágenes religiosas para despejar las sospechas de judaizar. En un caso u otro, las imágenes estuvieron en el centro de la polémica.
Escenografías de la Inquisición
Durante el siglo XV, el clima de animadversión hacia los conversos fue en aumento y acabó desembocando en el establecimiento de la Inquisición (1478), una institución particular de los reinos hispanos fundada para perseguir a los nuevos cristianos sospechosos de judaizar. A los recelos de índole religiosa se había añadido desde 1449, fecha de la promulgación de los primeros estatutos de limpieza de sangre en Toledo, un prejuicio racial: la idea de que los conversos eran corruptos por tener sangre impura. En este ambiente de persecución y sospechas, las imágenes religiosas volvieron a desempeñar un destacado papel. Las acusaciones de su profanación se convirtieron en uno de los argumentos más utilizados contra los procesados por herejía judaizante. Las imágenes fueron también el medio para diseñar retóricos programas que justificaban y enaltecían el proyecto represivo desplegado por la Inquisición. Por último, cabe destacar la creación de una iconografía estigmatizadora de los conversos judaizantes, punto de partida de una nueva e infamante alteridad visual. Un intenso proceso de creación figurativa que alcanzó uno de sus momentos más álgidos en torno a 1492, cuando se decretó la expulsión de los judíos.
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