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Obras maestras del Musée Marmottan Monet, en Madrid 

Tres foramontanos en Valladolid 16 Nov 2023 - 07:26 CET
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Por José María Arévalo

(Claude Monet -1840-1926-, Nenúfares, hacia 1916-1919. Óleo sobre lienzo, 130×152 cm París, Musée Marmottan Monet, legado Michel Monet,)

Hasta el 25 de febrero del año próximo se puede ver una gran exposición dedicada al padre del impresionismo, Claude Monet en la sala de exposiciones madrileña de CentroCentro ,  con más de 50 obras maestras del Musée Marmottan Monet de París, y recorrer así toda la carrera artística del maestro a través de las obras a las que el propio pintor estaba más apegado, obras que consideraba «suyas y solo suyas» y que guardó amorosamente en su casa de Giverny hasta su muerte, obras de las que nunca quiso separarse, incluyendo sus famosos e icónicos nenúfares. Para no perdérsela.

El Musée Marmottan Monet alberga la mayor y más importante colección de obras del artista francés, gracias a una donación hecha por su hijo Michel en 1966. El museo ha prestado a la exposición en Madrid obras tan destacadas como «Retrato de Michel Monet con sombrero con un pompon» (1880), «El tren en la nieve. La locomotora» (1875) o «Londres. Parlamento. Reflexiones sobre el Támesis» (1905), por no hablar de pinturas de gran formato como sus cautivadoras «Nenúfares» (1917-1920) o su evanescente «Wisteria» (1919-1920).

Fundador del impresionismo

Organizada por CentroCentro y Arthemisia en colaboración con el Musée Marmottan Monet de París, la exposición ha sido comisariada por Sylvie Carlier y cocomisariada por las historiadoras del arte Marianne Mathieu y Aurélie Gavoille, ambas responsables de los textos que acompañan la selección de obras que componen la exposición.

Claude-Oscar Monet (París, 14 de noviembre de 1840 – Giverny, 5 de diciembre de 1926) es considerado uno de los padres fundadores del impresionismo francés, tanto que el propio nombre del movimiento artístico está ligado al de una de sus obras, Impresión, amanecer (1872). Es sin duda el exponente más consistente y prolífico del movimiento. La filosofía subyacente en el corazón de la pintura de Monet, que se puede apreciar en su famosa serie, es que la naturaleza debe ser retratada tal como es, siempre cambiante; Por lo tanto, aunque volvió una y otra vez al mismo tema, esto no significa que reprodujera la misma imagen. El viento y las sombras revelan a los ojos del artista un tema siempre cambiante.

(‘El tren en la nieve. La locomotora’, 1875. Óleo sobre lienzo, 59×78 cm. París, Musée Marmottan Monet, donación Eugène y Victorine Donop de Monchy, 1940)

Retrato de Michel Monet con gorro de pompón (1880), El tren en la nieve. La locomotora (1875) o Londres. El Parlamento. Reflejos en el Támesis (1905) son algunas de las piezas, generosamente donadas por su hijo Michel en 1966 al El Musée Marmottan Monet, que podremos admirar en CentroCentro. También cuadros de gran formato, como sus cautivadores Nenúfares (1917-1920) y sus evanescentes Glicinas (1919-1920), dado que la muestra, titulada Monet, recorre toda la trayectoria artística del maestro impresionista.

Son Les Nymphéas el objeto de deseo más apreciado del pintor. Recordemos que esta serie de 250 pinturas al óleo a gran escala no son sino el reflejo impresionista de aquello que el artista más apreciaba y le servía de musa cada día: “Mi jardín es mi obra maestra más hermosa”, llegó a decir sobre los jardines de inspiración oriental que construyó en su casa de Normandía.

El recorrido se centra – recogemos, ampliando nuestra información, de Hoyesarte- en las distintas etapas de las investigaciones de Monet, desde sus inicios en las costas normandas hasta su última obra, los Nenúfares, pintados en su propiedad de Giverny, pasando por sus viajes a Holanda, Noruega o Inglaterra.

En 1932, Paul Marmottan (1856 – 1932) legó su palacete del siglo XVI arrondissement de París y sus colecciones a la Académie des Beaux-Arts, que en 1934 convirtió el edificio en un museo. El mobiliario imperial y los cuadros neoclásicos ilustran la pasión de Marmottan por el arte de la Europa napoleónica y constituyen el primer fondo de la institución parisina, que en 1999 adoptó el nombre de Musée Marmottan Monet.

La incorporación del apellido del gran pintor refleja el enriquecimiento de la propia institución. Este excepcional conjunto nació en 1940 gracias a la donación de Victorine Donop de Monchy, de quien se expone en la muestra un retrato, así como dos de las obras maestras que donó al museo, La primavera a través de las ramas y El tren en la nieve. La locomotora, ambas de Monet.

En 1966, el Museo pasó a ser depositario del mayor fondo de obras del pintor impresionista gracias al legado de su hijo pequeño, Michel Monet que, aparte del busto de Monet por Paulin, añadió a las colecciones de la institución un centenar de cuadros de su padre desde sus inicios como pintor hasta su última etapa. Cuarenta de ellas forman el núcleo de esta muestra.

La luz impresionista

Con su decisión de salir del estudio y pintar la naturaleza, los impresionistas rompen con la jerarquía de los géneros. Lo que prima ya no es tanto el tema en sí como la sensación provocada por un paisaje o por las escenas de la vida moderna. Convertido en maestro de la pintura al aire libre, Monet dedicó toda su vida a captar las variaciones luminosas y las impresiones de colores de los lugares que miraba. Más que en el motivo, su interés se centraba en la transfiguración de este último por obra de la luz. Para aprehender esta luz cambiante, el pintor trabajaba deprisa y no dudaba en aventurarse por lugares expuestos a cambios meteorológicos bruscos. La costa de Normandía, y sus puestas de sol, o los paisajes de Holanda, le permitieron abordar las intensidades lumínicas de una naturaleza aún salvaje.

(Campo de tulipanes en Holanda, 1886. Óleo sobre lienzo, 54×81 cm. París, Musée Marmottan Monet, legado Michel Monet, 1966.)

Plein air

En el siglo XIX, el advenimiento del ferrocarril y la invención de la pintura en tubo (1841) dieron más libertad de movimiento a los pintores, junto con la posibilidad de pintar al aire libre, práctica que sin embargo tenía sus limitaciones. Obligados a desplazarse con su material, los artistas elegían lienzos de pequeño formato fáciles de transportar. También tenían que pintar deprisa, a fin de plasmar lo que veían al instante. Fueron Johan Barthold Jongkind (1819 – 1891) y Eugène Boudin (1824 – 1898) quienes iniciaron a Monet en esta práctica. El pintor recorría Francia con asiduidad e hizo varios viajes por el extranjero con el objetivo de pintar marinas, paisajes o escenas de la vida familiar, como el retrato abocetado de su esposa Camille (1870). En algunas de sus sesiones a plein air, Monet recurría a los servicios de un porteador, como Poly, a quien conoció en Belle-Île en 1886 y de quien pintó un retrato.

El jardín en Giverny

En 1883 el pintor se instaló en Giverny. En 1890 se hizo dueño de la propiedad y desde entonces ya no se alejó del valle del Sena. Al mejorar su situación económica pudo dedicarse durante veinte años a acondicionar la casa, y sobre todo a diseñar el jardín. Esta nueva estabilidad le permitió explorar el entorno y afinar su vista y su estudio de la naturaleza pintando todos los aspectos de las plantas y flores que lo rodeaban. La figura humana fue desapareciendo progresivamente de su obra, cuyo único asunto acabaron siendo los iris, los hemerocallis, los agapantos y sobre todo los nenúfares, al tiempo que adoptaba como tema predilecto su jardín acuático. Al final de su vida, Monet vivía rodeado por sus creaciones, a caballo entre su estudio y su jardín. Las obras aquí expuestas proceden de su domicilio y constituyen, por su excepcionalidad y sus dimensiones, un conjunto único en el mundo.

Las grandes decoraciones

Desde 1914 hasta su muerte, en 1926, Monet representó su jardín acuático de Giverny en 125 paneles de gran formato de los que regaló una selección al Estado Francés (lo que se conoce actualmente como los Nenúfares de la Orangerie). Estas pinturas monumentales, pintadas directamente en el estudio, llevan a su paroxismo las investigaciones iniciadas ya con los Nenúfares de 1903 y 1907. Al representar un fragmento de su estanque en formatos muy grandes, Monet no solo prescinde de cualquier perspectiva y referencia espacial, sino que también propone sumergir al espectador en una extensión de agua convertida en espejo: nubes y ramas de sauces se reflejan en la superficie del estanque en la que ya no se distingue entre arriba y abajo. Estos paisajes sin principio ni final invitan a una experiencia contemplativa en la que basta con representar una flor, un detalle de la naturaleza, para sugerir su inmensidad.

La abstracción en cuestión

En 1908, Monet empezó a sufrir de cataratas, dolencia que le impedía ver con claridad y alteraba su percepción de los colores. Durante la lucha del pintor contra esta pérdida de visión progresiva, su paleta se redujo, quedando dominada por los marrones, los rojos y los amarillos, como dejan patente en esa época los ciclos de El sendero de los rosales, los Puentes japoneses y los Sauces llorones. Su pintura también se volvió más gestual. Desde entonces, en sus cuadros se hizo visible la mano que sujetaba el pincel. La forma se diluye frente al movimiento y el color y en su tránsito desde la representación hasta el esbozo acaba siendo casi indescifrable. Estos cuadros de caballete sin parangón en la trayectoria de Monet dejaron una huella muy profunda en los pintores abstractos de la segunda mitad del siglo XX.

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