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Un día distinto… 2   

Tres foramontanos en Valladolid 22 Dic 2023 - 07:24 CET
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Por Carlos de Bustamante

(En la finca Doña Ana en Portugal)

No sé por qué -o sí- se me ha venido a la cabeza aquello de que los hijos de las tinieblas (de este  mundo) son más astutos (sagaces) que los hijos de la luz. Así o parecido, que a los 90 años no es mi fuerte la memoria. ¡Pero es que hay que `roerse´ dar un curso de retiro espiritual con un título de la más pura tauromaquia! Y encima dado por un cura de origen alemán. ¿Será que allí, las corridas de toros son ahora su fiesta nacional?   No me extrañaría, porque aquí en España más de un `pelele´ (soy de Pucela) las aborrece y pide que se supriman, en tanto que casi todas nuestras plazas están a rebosar de turistas alemanes, ingleses, americanos y un sinfín de `guiris´ entusiasmados procedentes de muy diversas naciones.

Acostumbrado a la puntualidad, sea para el acontecimiento que sea, es menester alabar la corrección con la que Felipe Albarrán expresa el desagrado de verse solo en lugar probablemente desconocido y sin personal en él menos conocido aún. Echo, pues, `mi cuarto a espadas ‘en favor de la puntualidad que advierte el autor invitado al acto con el atractivo de nomenclatura torera.  Creedme, mis amigos y probables únicos lectores, que es desolador acudir invitado a un acto y verse como don Tancredo en medio de la plaza de toros sin saber cuándo saldrá el berrendo, zaíno, jabonero…

“Llegué a Doña Ana a la hora prevista, esto es, antes de que diera comienzo la jornada, que es cuando hay que llegar. La cortesía de los reyes es la puntualidad. Pues todos debemos sentirnos monarcas. Ahí lo dejo. Coincidí en la llegada con Nuno Morgado, de Caldas da Rainha. Al no ver a casi nadie me preguntó si yo también iba a la `jornada de espiritualidad en el toreo´. Le dije que sí, tras lo cual nos presentamos. Al momento Daniel Serrano me recibió. Me presentó a Luis Garzón, uno de los dueños de la finca y ganadería que allí pasta: Voltalegre, de alguna forma anfitrión de la casa. Y saludamos a Don Antonio Schlatter Navarro, sacerdote de la Prelatura. Es de Sevilla, a pesar del apellido paterno, de origen alemán, pero reside en Córdoba. No lo conocía, pero tardé menos que un suspiro en saber que tenemos amigos comunes, ¿verdad, Don José Luis León? Y si me empleo algo más le saco hasta la fe de bautismo. Con el tiempo fueron llegando los demás asistentes a la jornada. En total dieciocho personas, no hacen falta más. A algunos los conocía, a otros no, pero salí de allí, -al acabar la jornada, como si nos conociéramos todos de toda la vida. ¿Será la Luz? ¡Quién sabe! Cada uno con su forma de ser y de pensar, cada uno a su manera, con sus ocupaciones y sus preocupaciones, con sus desvelos y sus anhelos. Nos saludamos con un apretón de manos, o un abrazo si eran más conocidos. Nada de sobeteos en la espalda como si te estuvieran sacando del cuerpo el frío polar. Tan en boga hoy en día como molesto, ni besuqueos, ni mayores aspavientos. Saludos como Dios manda.

Todos, en nuestra vida, nos divertimos, nos vestimos, descansamos, trabajamos, gozamos… Damos culto al cuerpo, a lo físico, con lo material. Pues a veces viene bien trabajar lo espiritual. Lo vamos dejando, lo digo por propia experiencia, y es bueno entregarse a veces a las necesidades del alma, al, digamos, “toreo del alma”. Es bueno cambiar el traje de calle por el de vestido de luces de la espiritualidad. No en vano, dijo el Padre Schlatter, “el alma del cristiano tiene que ser un traje de luces en el mundo”, que brille, esto lo digo yo, desde los machos a las hombreras, desde las manoletinas a los alamares. No es fácil conseguirlo, no, quizá, al contrario. Vienen bien estos momentos para encontrarse, taurinamente hablando, con la faena que teníamos olvidada, que no es otra que aquella con la que entregarnos con temple y con esperanza a esa paz tan ansiada. Y ayer fue día de ello. Así lo dije a más a uno cuando, al regresar de Doña Ana, les iba contando mi experiencia.

Don Antonio Schlatter, en la coqueta capilla de Doña Ana, supo abrirse en el capote como Antonio Bienvenida, sometiendo en la muleta como el mismo Juan Belmonte. Fue bella meditación en jornada entretenida, y disfrutando del monte.

Nunca había yo acudido a reunión parecida. Y me alegro de haber ido. Regresé con alma henchida y corazón complacido. Supo el cura sevillano establecer un paralelismo entre las suertes del toreo, la profundidad de las mismas, la fe del torero en el éxito de su faena, digo que supo asimilarlo a la necesidad del hombre de hoy de vivir con el temple necesario en medio de la sociedad sin miedo a dar ejemplo o a ser faro por el que muchos puedan encontrar la Luz, la Puerta Grande de la Verdad y de la Vida. No es fácil hacerlo, no, pero menos lo es si no se intenta. Como decía Don Álvaro Domecq, “hay que poner a Cristo en la cumbre de la actualidad”. Me pregunto si estamos dispuestos a ello.

A veces pensaba qué sentiría cada uno de los asistentes en su interior… me gusta hacer esas preguntas al interior de mis adentros más sensibles. Hubiera sido bonito hacer una puesta en común de lo que cada cual ha sacado de este día. Siempre ayuda. Al final, yo lo dije. Dije que pedía, deseaba, que esa semilla que ayer cayó en cada uno de los que fuimos diese fruto para que supiésemos “parar, templar y mandar” en nuestra vida diaria siendo estandartes de nuestra fe. Y lo dije al despedirme de todos y cada uno de los asistentes, en una estampa que me recuerda a la despedida de las cuadrillas al terminar un festejo, que se saludan unos a otros, todos entre sí. Hasta en eso fue taurina la jornada. No hay que avergonzarse, al contrario. Vivimos en una época en la que estamos obligados a mostrarnos como somos. No creo que nos lapiden, como a los primeros cristianos. Pero podemos animar a más de uno que se encuentre agazapado por temor atenazado. Y di las gracias a Dios, por intercesión de María, en su advocación de la Anunciación, en precioso azulejo en la capilla, y de Santa Ángela de la Cruz, allí presente de testigo excepcional, por haber podido disfrutar de un día como el de ayer, ni mejor ni peor que otros: sencillamente, distinto. Un día de esos que siempre recordaré, porque en faena torera a meditar me entregué. Por supuesto, María, siempre presente…»

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