Por Carlos de Bustamante
(Un programa de Sanfest)
Cervantes murió sin dote…
y ¡a cuanto enfermo ha salvado
el humor regocijado,
de su inmortal Don Quijote!
Hace algunos años, estando un comandante destinado como Ayudante de un Regimiento en una guarnición que, aunque pequeña, contaba con General Gobernador, aconteció que llegó un nuevo general bastante conocido en su Arma y que al poco tiempo de estar en la guarnición, también lo era por los jefes y oficiales del resto de las Armas, y aunque ya de antaño tenía un mote poco original, en la guarnición le adjudicaron el de buenín por la reiterada costumbre que tenía de contar anécdotas del soldado ése que vive bien en la Compañía; diciendo: «pche, ese soldadico, el buenín el que es amigo del Furriel, el que siempre que hay turnos de permisos se marcha con el mejor, el que no pela guardias, el buenín», y todo esto lo decía bajando la voz y poniéndose una mano de revés junto a la boca. Era un hombre que mandaba y lo hacía bien, dejaba hacer sin atosigar y por su trato afable sin distanciar, se le apreciaba. Pues bien, debido a la forma peculiar de su apellido, similar a un nombre propio pero sin una consonante (por lo visto, durante toda su vida militar tuvo problemas por la adjudicación gratuita que todo el mundo le hacía de la dichosa consonante), y así aconteció, por no ser menos, cuando llegó destinado a la Plaza que nos ocupa, y al día siguiente al verse en la orden del Cuerpo en cuestión, plasmado con consonante y todo, personalmente y por teléfono, le dio un toquecito de atención al Comandante Ayudante, para que subsanara el error y en lo sucesivo lo tuviera en cuenta. Pasaron los días, y después de varios ejercicios y maniobras, el General congenió con dicho Comandante, que tenía muy clavado, el aunque jocoso y suave, toquecito de atención, y en una sobremesa de una inspección en el campo, donde parece que las distancias se reducen y la conversación toma un cariz festivo, surgió el incidente de la consonante en la orden, comentándolo en broma y con muy buen estilo, lo que le dio valor al Comandante, para contar al General una anécdota parecida, ocurrida al Coronel de un Regimiento que tenía por nombre de pila el de un Santo que resultaba conflictivo.
La anécdota fue ésta:
En cierta ocasión salió destinado a un Regimiento un Coronel llamado D. Festículo Fernández Franco, y si ya conocía nombres polémicos en el Ejército como Guadalupe, Rosario o Margarita, éste traía posibilidades más conflictivas, y unos días antes de tomar posesión del mando de la Unidad, se presentó en ella para hacer la salvedad y advertir al Comandante Ayudante de que lo tuviera muy en cuenta para que su nombre saliera en el artículo de la orden de la entrega del mando, sin ninguna deformación, aclarando que el tal San Festículo, con f eh, con f, era un centurión romano de la Legión Tebana, de aquellos que siendo cristianos y negándose a renegar de su religión no quisieron hacer tributos ni sacrificios a los dioses paganos, por lo que fueron condenados a muerte sumergiéndolos en un lago helado. Hecha esta aclaración el Coronel desapareció de escena hasta el día de la toma de posesión, y una vez terminado el acto y despedido el General de la Brigada que lo presidió, nuestro buen Coronel reunió en su despacho al Ayudante, Mayor y Jefes de los Batallones para que quedara bien claro y para ello se dieran las teóricas pertinentes que su nombre y apellidos eran los de Festículo Fernández Franco, con f eh, con f, y después de las palabras de ofrecimiento y de un pequeño bosquejo de cuál iba a ser su trayectoria, los despidió del despacho. Despacho que en toda la semana siguiente no abandonó, dedicándose a tomar tierra y a enterarse plenamente de las plantillas, organización, nombre y destinos de Jefes, Oficiales y Suboficiales, servicios de Plaza que hacía el Regimiento, Destacamentos que cubría y periodicidad de los mismos; en resumen, enterándose a conciencia de cómo funcionaba la Unidad y al mismo tiempo dando el ídem, para que se impartieran las teóricas ordenadas sobre su nombre y apellidos.
Transcurrido el tiempo oportuno, decidió salir del despacho y empezar a tomar contacto directo con el personal, y después de citar a los Jefes de Batallón, Mayor, Ayudante y Subayudante, con todos en corporación. decidió hacer el recorrido del cuartel, empezando, porque así lo creyó oportuno, por las cuadras. Y allí que se fueron.
`El puertas´ que los vio llegar dio la voz fuerte y clara para evitar dudas:
-¡Cuadra! ¡El Coronel !
El Cabo de cuadra después de mandar firmes salió a recibirle:
– ¡A la orden de V.S. mi Coronel, sin novedad en la cuadra. Se está efectuando la limpieza.
-El Sargento de semana ha ido con el vale de la cebada a Subayudantía! Mientras tanto, los mulos encadenados a las argollas del exterior, guardaban un respetuoso silencio mientras orientaban las orejas en busca de los sonidos y dilataban los ollares rítmicamente. Todas las cabezas estaban altas, la voz de firmes la conocían perfectamente, ninguno piafaba ni escarbaba con el casco, dando manotazos contra el empedrado, hasta las moscas parecía que estaban en firmes para recibir al nuevo Coronel.
-Muy bien, muchacho, manda descanso.
– ¡Descanso! ¡Continuar! El trajín de las escobas de brezo empezó de nuevo; las palas continuaron cargando las parihuelas con el estiércol, un acemilero con un gran saco de paja la repartía en los pesebres. La voz del Coronel se oyó de nuevo:
– ¡Cabo! ¿tú sabes quién soy yo?
—Sí, mi coronel.
-Bueno… si no, déjalo.
-A ver tú, muchacho, y señaló con el índice al clásico acemilero.
Sin duda buen muchacho, trabajador, pero con pocas luces, que en el fondo de la cuadra y lejos del tumulto con su escoba y su cigarro pegado en la comisura del labio, esperaba pasar desapercibido. Nuestro hombre al sentirse aludido se cuadró y si como del fusil se tratara, le saludó con la escoba. Las caras de los acompañantes del Coronel cambiaron de expresión en previsión de lo que pudiera venir.
– ¿Tú sabes quién soy yo?
—Sí, mi Coronel, el coronel del Regimiento.
— ¿Y tú sabes cómo me llamo?
— Sí, mi Coronel, sí. V.S. es…, con f, mi Coronel, con f, el Ilmo. Sr. D. `Fojones´ Fernández Franco.
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