Por Carlos de Bustamante
(Soldado. Acuarela de Padilla en todocoleccion.net)
Reza el Art 187, R.O.: “En los actos y relaciones de servicio, los componentes de las Fuerzas Armadas emplearán el castellano, idioma oficial del Estado. En actividades militares combinadas o por necesidades técnicas se podrán emplear otros idiomas”. Pues eso. A ello se refiere el siguiente “chascarrillo” de Luis Esquiroz Medina, que es ya el tercero que incluyo:
“Estando cierto Capitán destinado en un Regimiento de Provincias, en una Plaza de la Cuarta Región como Capitán Cajero, aconteció que, coincidiendo con el final del ejercicio económico, llegó destinado a Capitanía de Barcelona como Subinspector, un señor recién ascendido y procedente del Ejército del Sur, en cuyas unidades se había pasado toda su vida militar y casi completa al otro lado del charco, entre Intervenciones, Legión y Regulares. Y si bien el tal señor, ya de por sí era bastante escamón, después de la circular que acababa de llegar, advirtiendo que el Tribunal de Cuentas `no pensaba tragar la más mínima´, tomó la determinación de que a él no le pillaba el toro. Desde el día siguiente al que tomó posesión y casi sin haber puesto los pies en el suelo del despacho, se dedicó personalmente a mirar documentación por documentación, y más especialmente las Cuentas Anuales de todos los Regimientos de la Región, con el ánimo y sana intención de que nadie pudiera meterle gato por liebre. No se fiaba de nada ni de nadie y eso que había en la Subinspección dos o tres elementos que fueron destinados de Sargentos, y ya eran Capitanes antiguos sin haber salido del destino en todo el tiempo.
A resultas de este estudio exhaustivo de `la periódica´, devolvió las cuentas a todos los Regimientos acompañadas de unas largas notas de reparos con los clásicos bailes de epígrafe: Sacar de Talleres, meter en Entretenimiento de locales. Sacar de Entretenimiento de locales y meter en Cocina de Tropa por reparación, etc., etc., etc. Bueno, he dicho a todos los Regimientos, a todos menos al del dicho Capitán, al que le llegó en lugar de los documentos con la nota de reparos, una magnífica citación, y no precisamente honorífica, en la que le emplazaba para comparecer físicamente en Barcelona ante su autoridad al día siguiente.
No digo nada lo que pasó aquel día (y aquella noche) en el Regimiento, los chorreos iban por escalones jerárquicos y hasta que no se serenaron los ánimos, allí no se hizo más que remover papeles, tomando por fin el Coronel, a las cinco de la tarde, la sabia determinación de que como los causantes del estropicio tenían que haber sido `los tres claveros´, que a ellos les correspondía, y a nadie más, deshacer el entuerto, por lo que después de darse un paseíto por sus domicilios para cenar y poner al corriente a las mujeres de que no tenían hora para el regreso, y que cuando terminaran la faena lo harían, se concentró en Auxiliaría el equipo administrativo con sargentos y escribientes incluidos.
Entre cigarros y litros de café repasaron todas las cuentas, puntearon todo el Libro de Depósitos, se miraron todas las Salidas de Caja, las Ordenes de Ingreso, se aprendieron de memoria una serie de cifras, Relaciones Valoradas, Capital de Víveres, depósitos en la CAT. por carne congelada y aceite, las cantidades adelantadas a Intendencia para pagar pluses a otros Cuerpos, los Libramientos pendientes por luz y agua, en fin, todo lo que humanamente se podía retener o memorizar, parecía que al día siguiente fueran a unas oposiciones.
Cargaron unas maletas de ejecutivo con los oportunos libros, liquidaciones, salidas de caja y todo lo que consideraron podía hacerles falta, y una vez convencidos de que no tenían pecado alguno, por lo menos gordo, telefonearon al coronel dándole la novedad y se fueron a casa para adecentarse, desayunar y regresaron para emprender viaje.
La salida del acuartelamiento la hicieron como si fueran a las Cruzadas. Al llegar a Barcelona y entrar en el antedespacho del General Subinspector, el cajero se sintió como un torero al iniciar el paseíllo; se santiguó, se ajustó el cinturón y pensó `Que Dios reparta suerte´.
El recibimiento fue con Bandera, banda y música, escucharon de todo un poco:
— El que compuso esas cuentas no sé si es un caradura, un temerario o un insensato, pero el que las remitió, ése no cabe duda de que es un necio. ¿A quién se le ocurre hacer constar eso en las cuentas? ¡¡¡Ni en el Tercio figuraban las barraganas en las cuentas!!! ¡¡¡Y eso que están consentidas!!!
El Capitán cada vez sabía menos por dónde le soplaba el aire, y por la cara de circunstancias que tenían el Mayor y el Auxiliar les debía de pasar lo mismo. Cuando el Mayor en un arranque de valor quiso preguntar de qué se trataba, se le vino toda la artillería encima, con lo cual, permanecieron en silencio y perfectamente firmes hasta que se le terminaron las municiones, y como en aquel momento todo fue silencio, arremetió otra vez contra ellos por estar callados sin decir nada que justificara su conducta, en vista de lo cual y con un nuevo derroche de valor el Teniente Coronel Mayor preguntó qué era lo que no estaba bien, pues lo ignoraban.
iiAh!! ¿con que no lo sabe?
Contestó el General, continuando:
— iPues ahora lo verá!
Pulsó un timbre, apareció un ordenanza, se cuadró, preguntó si le había llamado, y recibió la orden:
— iQue venga el Capitán Fulano!
El Cajero pensó por sus adentros: por ahí no puede venir nada malo, pues precisamente el capitán Fulano era el que graciablemente les peinaba la documentación antes de mandarla oficialmente. Al presentarse el capitán, le ordenó:
— Traiga Vd. las cuentas del Regimiento Tal.
El capitán desapareció por la puerta para reaparecer nuevamente a los pocos minutos portando un legajo que era el del Regimiento; y saliendo de entre sus folios una tira de cartulina roja que sin duda señalaba el lugar de su pecado. Se le veía muy sereno y yo diría que, con cierta cara de guasa, lo que les dejó muy sorprendidos, pues no le creían capaz de guasearse de ellos y menos en aquella tesitura, al tratarse de todo un caballero, compañero cien por cien, y siempre dispuesto a echar una mano a cualquiera. El subinspector cogió el legajo, metió un dedo por la señal, abrió los folios y mientras señalaba unos renglones subrayados de rojo, leyó:
—Por adecentar, sanear, embellecer y desparasitar las `golfas´ (1) del Regimiento, 30.000 pts
. ¿Mayor, me quiere Vd. explicar esto? i Porque mal está que lo haga el Auxiliar, ¡pero PEOR el que Vd. se lo consienta!
El Mayor que además de catalán de nacimiento, se había pasado toda su vida destinado en Cataluña, y los otros dos que ya tenían unos cuantos años de permanencia en ella, respiraron. El TCOL. se contenía la risa muy disimuladamente, pero los otros dos no podían hacerlo, y cuando sus risas mal contenidas pareció que iban a ser el catalizador que desatara todas las penas del infierno, no fue así, se conoce que algo se figuró y pensándolo mejor se dijo para sus adentros, aquí pasa algo, instando solamente: iMayor!, ¡explíquese!
El Mayor se explicó, todos se rieron, incluido el Subinspector, por fuera, pero nunca se ha visto a un hombre con más sensación de ridículo por dentro: ¡problemas de plurilingüismo!
(l) En Cataluña reciben este nombre (golfas) las mansardas desvanes, bohardillas, tejavanas falsas, u otro cualquier tipo de local que se encuentre bajo el tejado.”
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