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Chascarrillos militares. 4. El de la Mina (primera parte) 

Tres foramontanos en Valladolid 04 Feb 2024 - 07:22 CET
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Por Carlos de Bustamante

 

(El Aragón Subordán en la Selva de Oza)

Continuamos con el cuarto de los chascarrilloa de Luis Esquiroz. Al introductor no le cabe duda de que el teniente del refugio de la Mina protagonista de este chascarrillo, era un oficial subalterno de múltiples recursos. Cualidad   importante tanto en el Ejército como en la vida civil. Pues vamos con la primera parte de este chascarrillo de Luis Esquiroz:

‘En verdad, no hay montaña ni cerro que no evoque la grata memoria de nobles cosas´. (Arnold Dun).

“Sería por el año 1945 ó 46, cuando una vez retiradas las tropas de cobertura que guarnecían la frontera, aquellos sufridos batallones desdoblados, los cientos y pico, y ya transformadas las Agrupaciones de Cazadores de Montaña en Regimientos con tres batallones, dos en armas y el tercero en cuadro con una Plana Mayor reducida, encargada simplemente de entretener el armamento, material y ganado. Cuando los Regimientos transformados se encargaron de guarnecer los refugios del Pirineo como el de la Mina, Astos, etc. La cobertura se hacía por medio de destacamentos que solían durar un mes y constituidos normalmente por una Sección que seguía en solitario el Plan General de Instrucción, al mismo tiempo que entretenía las edificaciones y si era por el verano, cortaba la leña de los pinos que marcaban los forestales para este cometido. Algunas veces también caía alguno no marcado, lo que traía siempre problemas mayúsculos; como cuando a un Capitán se le fue la mano y mandó cortar unas hayas para fines poco confesables. Este trabajo tenía que hacerse concienzuda y religiosamente, pues de ello dependía el que la guarnición de los meses de invierno pudiera tener leña seca y apilada, con que poder cocinar y subsistir cuando llegasen las nevadas.

Cuando llegaba, el Oficial de turno se imaginaba que allí en la soledad de la Montaña viviría en un remanso de paz, pudiendo dedicarse a instruir su Sección a placer, con marchas, temas, tiro, etc., pero pronto la realidad le destrozaba el paraíso imaginario, pues el teléfono no paraba de incordiar con órdenes y encarguitos que le mataban las horas y los días. ‘Haga instrucción contra-carro´. ‘Mande urgentemente informe del comportamiento del carrillo Balcar´. ‘Necesidades para posible supervivencia´. ‘Consumo día del grupo electrógeno´. ‘Y, sobre todo, los estadillos y más estadillos´; pues bien, con esta ambientación, se pueden Vds. imaginar que el oficial cuando era veterano o repetía destacamento, lo primero que hacía nada más terminar el relevo y tomada posesión del Refugio, era telefonear dando las novedades e inmediatamente desembornar el teléfono.

Por ser la zona prohibitiva para carros, No conocíamos, ni siquiera habíamos visto el tal carrillo; pequeño carro de combate que lo tenían los de línea. El grupo electrógeno no sé si alguna vez funcionó.  No lo vi nunca.

De cuando en cuando alguno organizaba la asonada de tirar un poste o cortar el tendido. Era el pretexto para quedar incomunicado una temporadita y tener un respiro. Luego, muy serio, embornar nueva y rápidamente para- telefonear -a ser posible a las horas intempestivas, para que no habiendo nadie en los despachos, no le pudieran encajar “un muerto”-, dando novedades del accidente y su reparación. Si no se ‘pasaba´, y sabía explotar oportunamente las averías,esto solía dar buenos resultados.

Pues bien, en una de esas ficticias reparaciones, al telefonear el teniente, tropezó con un oficial de servicio complaciente que le dio la buena nueva de que al día siguiente el Capitán General, salía muy temprano para hacer una visita al refugio citado de la Mina.

Por aquel entonces la carretera de Hecho terminaba nada más pasar la `boca del Infierno´ y desde allí por un vado (el puente estaba volado) se cruzaba el río Aragón Subordán para adentrarse por una pista para llegar hasta el Cuartel de carabineros atravesando la Selva de Oza. Desde allí, la cosa se complicaba más y por los restos de una calzada romana, o camino de herradura se llegaba a un puentecito (que el ejército republicano al retirarse lo destruyó, se pasaba al acceso del camino del Puerto del Palo, vía de penetración ya empleada por el hombre primitivo para entrar en España desde Centro Europa. Pues bien, a pocas centenas de metros de este puente destruido, en la ladera del puerto y en una solana se encuentra el refugio.

Como el vadear el río todos los días era incómodo y el poner unas piedras gordas no solucionaban  mucho el problema; pues bien por el deshielo o por la lluvia, las cubría el agua; además el teniente del refugio  era de la teoría que es preferible mojarse los pies al pasar, que no el pompis al resbalar con las botas de suela de goma sobre las piedras mojadas;  por si esto fuera poco,  como el continuo `mojeteo´ destroza las botas, tomó la decisión de montar un puente de circunstancias con unos pinos apoyados en los estribos del puente, amarrarlos bien con el generoso alambre de pacas que todo lo arreglaba y`tepes de tasca´( hierba larga de tupidas raíces que se da en los pastos del Pirineo aragonés), de ese modo se salía con facilidad, para cortar la leña en el bosque de Guainza, se podían hacer marchas al Castillo de Acher, Ibón de Estanes, etc., Y sobre todo, los acemileros y los mulos no tenían problemas para ir a por el suministro.

En vista de los acontecimientos que se avecinaban, el teniente puso de dulce al refugio y sus huestes y a una hora prudencial dejó a un Sargento a cargo de la cocina y del refugio, y al otro con la tropa haciendo una instrucción que no les ensuciara mucho.

Todo estaba calculado y preparado, nada le podía sorprender (eso creía el), pues hasta tenía sus modestas tapitas y su vino peleón. No eran los langostinos por los que todos sabíamos que el General tenía una especial predilección, pero el imperio de dos Sargentos y un Teniente no da para mucho, y menos en aquellas fechas.  El oficial bajó la ladera, cruzó el puente y esperó tranquilo…

Al segundo cigarro y a los veinte minutos de espera apareció el Land Rover verde de techo plateado (en esa época privativo de los Capitanes Generales) dando tumbos por el camino. Se estiró la sahariana, se ajustó la gorra, se enderezó la pistola y cuando se disponía a abrir la portezuela para facilitar la salida del coche a su Excelencia, que tenía cierto parecido con el jefe del Estado, el coche sin detenerse, casi le arroyó y aunque mientras se quitaba de en medio gritaba advirtiendo que el puente no se podía pasar por carecer de garantías, nadie le escuchó, el coche enfiló el puente y a los pocos metros quebrantó con su peso todas las resistencias de los alambres. Éstos se rompieron, los pinos se separaron obligados por las ruedas y el coche se quedó como si estuviera sobre polines con las cuatro ruedas girando en el vacío. Fue lo menos que pudo ocurrir (por lo menos por el momento). En vista del incidente el conductor paró el motor, la puerta posterior se abrió y empezó a vomitar ayudantes y jefes de Estado Mayor con grandes prisas y pequeña elegancia que recordaba un barco que se hunde.

(Continuará en el próximo D.m.)

 

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