Por Carlos de Bustamante
(El Aragón Subordán en la Selva de Oza)
Continuamos con la segunda parte del cuarto de los chascarrillos de Luis Esquiroz. Decíamos ayer… que el Capitán general fue a visitar el refugio de los cazadores de montaña en el pirineo aragonés. Allí tuvo la ineludible necesidad de atravesar con el Land Rover oficial de atravesar un puente improvisado por el teniente del refugio para acceder con mulos al suministro de Intendencia. El puente -recordad- no aguantó tanto peso y… ¡sálvese quien pueda!
Los de atrás salieron con facilidad, pero los de delante al abrir la portezuela se encontraron con el tiempo y el espacio, pero de algo donde poner el pie, nada. A diez metros por debajo pasaba el río. A partir de aquel momento y si no fuese por tener graves y razonadas dudas de cuál iba a ser el final de aquella aventura, el teniente se hubiera divertido, pues no es espectáculo que se vea todos los días un Capitán General metido en carnes pasando desde el asiento delantero por encima del respaldo y de la mesa plegable, y hasta la parte posterior, sobre todo teniendo un techo tan bajo por encima y un vehículo bailón sobre unos pinos crujientes y cimbreantes por abajo. Cuando el teniente al fin le ayudó a salir por la puerta posterior y llegar hasta el estribo del puente, no respiró a pleno pulmón, pero así que su Excelencia se vio con los pies en tierra firme, se resistió de toda su autoridad y arremetió contra el contrito Subalterno que ya no sabía ni qué hacer ni qué decir. Él no sabía qué decir, pero el Capitán General sí; y así lo hizo. Creo que en el diccionario no quedó adjetivo que no utilizara. El coche bloqueaba el puente, el mojarse los pies o lo que terciara no estaba en el programa, así que decidió pasear por la orilla maldiciendo al Teniente y consolado por su Cuartel General. Mientras tanto el Sargento acudió con la tropa y después de organizar juntamente con su oficial el salvamento del vehículo con cuerdas y a brazo, lo puso en práctica, mientras el teniente, reclamado a la presencia de su Excelencia, era intensa y ampliamente `repasado´. La recuperación del coche, aunque rápida fue laboriosa y ocupó media hora larga. Cuando el General se vio fuera del coche y a salvo, no quiso saber más del refugio ni de la tropa. Montándose en él y después de prometer las más horripilantes penas del infierno, arrancó y se fue.
El teniente después de una serie de días de terribles dudas, incertidumbres y angustiosa espera de las consecuencias de la visita, terminó el período de guarnición por lo demás felizmente y se reintegró a su Unidad sin más quebranto que el de la duda.
Pasaron los meses, y nadie hizo comentario ni alusión al incidente, mientras el oficial siguió las vicisitudes propias de su empleo y estando en el Campamento de reclutas, instruyendo la sección de destrucciones (aquella sección tan bonita que tenían las compañías Regimentales de los de Montaña), se anunció la visita de inspección del Capitán General, y para darle más esplendor decidió el comandante montar un número final a base de la citada sección. Al señor coronel le pareció bien el número, pero no el momento, decidiendo que era mejor iniciar el espectáculo con un tema, en que primero la Sección se luciera con apertura de brechas en alambradas, ataque a un nido de ametralladoras, con un espectacular asalto con muchas granadas de mano, para pasar a la ocupación de la posición por una Compañía de Cazadores que apoyaba la progresión de otra por la parte baja, etc., etc.
El ensayo general en vísperas de la visita fue magnífico en todo, ejecución, coordinación, cronometración, ¡estupendo! El Coronel estaba satisfechísimo, y para rizar el rizo, fabricó una tribunilla, desde la que sin recorrer grandes distancias desde la carretera, viera el tema como una película, pasándola por delante de derecha a izquierda a una prudencial distancia y luego sin moverse le desfilara todo el Batallón por delante. Y para darle un poquito de picante a la salsa; (éstas fueron sus palabras), un poquito más de ruido. Y así se hizo, colocando cargas y haciendo hornillos en la trinchera, alambrada y nido, para darle fuego al colocar las pértigas, y amarrando con alambre: latas de munici6n, cajones de madera, cartones y muchos cachivaches del almacén viejo, estuches y máscaras antigás, un mono viejo relleno de paja, con casco y todo. (Imaginación y fantasía no le faltó al Teniente.)
El Coronel se quedó a cenar en el Campamento y un buen rato después de los cafés y copichuela a que invitó él, se fue. La noche fue tranquila, pero de madrugada llovió un poquito, saliendo el sol a continuación, quedándose un día precioso. A las diez los motoristas, la intermitencia de las luces de unos coches y el revuelo de personal nos anunció la llegada y desde ese momento empezó el programa previsto, que terminó a la hora marcada, quedándose muy satisfecho de lo visto, por lo que reunió a los oficiales para felicitarles por su labor y pidió se la transmitieran así mismo a los Suboficiales. Destacando el asalto con muertos por los aires y todo, autorizó para que se retiraran y él con el Coronel, Generales de la Brigada y División, E.M., y toda la` corte celestial´, se fueron a la Casita del Imperio donde esperaban los célebres langostinos (que no podían faltar a lista), el güisqui Caballo Blanco y luego ya cervezas, croquetas, chorizo, almendras y todas esas cosas.
Como por causa de la lluvia se habían mojado algunas mechas, quedaron cargas sin explosionar y con peligro para el paso por la zona, por lo que se le autorizó al Teniente para que las volara mientras estaban en el comedor, y pensando el oficial que, lo que has de hacer, cuanto antes se haga es mejor, en pocos minutos adosó petardos y dio fuego. La explosión desde donde ellos estaban a 20 metros entre los pinos, les pareció normal. Se pasó revista y cuando se cercioró de que ya no quedaba nada peligroso, formó la sección e inició la bajada hacia la carretera, conforme se iba aproximando le fue pareciendo que el Capitán General y todos los acompañantes al borde de la carretera le estaban esperando y aún pensó: ¡qué detalle! Hoy sí que he ganado puntos. A diez metros de ellos mandó variación derecha, alto, izquierda y dijo muy fuerte y muy claro, lleno de satisfacción:
-A la orden de V.E., mi General, sin novedad en la sección de destrucciones, se han efectuado las voladuras sin novedad. El Capitán General rugió:
-¿Dice sin novedad? ¿A qué espera entonces para dar novedades? —mientras girando señalaba las cristaleras del Imperio-. ¡Horror! !!, no quedaba ni un solo cristal, e incluso la explosión había arrancado algunos palitroques de las ventanas. Dio dos pasos al frente como quien quiere cerciorarse, arrugó el entrecejo y se quedó mirando fijamente al Teniente. moviendo los labios sin decir nada hasta que explotó:
– ¡¡Pero Vd. no es el de la Mina!! El Teniente con gesto contrito y voz apagada contestó:
– Sí, mi General.
– ¡¡Pero es que quiere Vd. matarme!! Se dio la vuelta, se montó en el coche y se marchó. El Coronel, que era muy templado, quitándole importancia al incidente le dijo:
-“Si malo es que me rompa los cristales, peor es que los trozos los eche Vd. a los langostinos”.
(4) La residencia dista del lugar de la explosión más de 400 metros. Tal vez por los pinos del monte se produjo una onda reflejada.
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