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Chascarrillos militares. 5. La esparceta 

Tres foramontanos en Valladolid 11 Feb 2024 - 07:27 CET
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Por Carlos de Bustamante

(En la cabeza le dio un palo Juan a Ginés. ¿Y rompiósela? Al revés, el palo se le rompió. Ginés era aragonés)

Continuamos con el quinto de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Cuando el Servicio Militar era obligatorio y el oficial estaba destinado en unidades de montaña (y éste es el caso) o bien en las que su armamento   era preciso transportarlo a lomos de caballerías, se necesitaban soldados con experiencia en ganados, normalmente mulos. Tampoco los mandos debían ignorar las dificultades del transporte con tales medios.   Y no crean mis amigos y probables únicos lectores que eran elegidos los más torpes, no; sino soldados con la nada fácil habilidad de dominar a mulos resabiados y `con más mili que Cascorro´. Soldados que, procedentes de la hoy España vaciada, y raramente de capital, sin saber las triquiñuelas de oficina servían a su Patria como acemileros con tanta o más sabiduría que los de asfalto en papeles o máquinas de escribir.

En fin, aquí va el quinto de los Chascarrillos militares, denominado éste “La esparceta”, aclarando que la esparceta es una planta herbácea que se cultiva como forraje para el ganado.

“Aquella primavera salían las unidades a instrucción por los alrededores de Jaca, pero debido a la expansión incipiente de la ciudad y de algunas factorías de distintas industrias cada vez se separaban más del Campamento de San Bernardo, de aquí que el mando decidiera marcar a las distintas compañías unas zonas, a las que marchaban por la mañana y regresaban por la tarde después de hacer la primera comida en el campo.

En una jornada de éstas, el ganado de la compañía de Armas de Apoyo, deterioró o se comió alguna cosa de una finca, en vista de lo cual su Capitán visitó al propietario para que valorara los daños para indemnizarle, como así se hizo. Esto corrió como la pólvora y desde ese momento y hora, todo era llegar a la Escuela gente con reclamaciones estúpidas o menos estúpidas, pero se proliferaron las reclamaciones. Por lo que se dieron órdenes muy rígidas sobre deterioros en las propiedades particulares. Pues bien, mandando un Teniente una sección de la Plana Mayor del Batallón que podía ser una cualquiera, tenía en ella a un Sargento que era la disciplina personificada, no había terminado de dar una orden cuando ya se estaba cumpliendo, sus taconazos y los golpes de la mano al saludar eran de todos conocidos, lo mismo que con muy buena fe y en su afán de cumplir, hacía las cosas sin pensar. ¡Y así salían algunas!

Aquella mañana estando en las cercanías de Guassa, y por tocarle al Teniente Servicio de Semana juntamente con este Sargento, antes de marcharse con el Capitán a la zona de Ulle y Navasa para buscar un observatorio, un asentamiento de un Puesto de Mando y alguna cosa más, le advirtió:

– Cuando llegue el camión de la comida, si no estoy yo aquí, reúne y forma a la Compañía en columna en el camino, y sobre todo ten mucho cuidado de que no pisen los campos. Yo, en cuanto vea el polvo del camión por el camino vendré a galope. ¿Comprendido?

– Sí mi Teniente. Contestó el sargento cuadrándose y saludando. Con la reciedumbre acostumbrada.

Se fueron, reconocieron la zona y encontraron lo que buscaban, estando concretando el último punto y desde un altozano, el Teniente, vio el polvo del camión sobre el camino, , se despidió del Capitán y salió a galope; cuando llegó, el camión ya había parado, la compañía ya estaba formada demostrando la eficacia del Sargento;, pero no en el camino, sino perpendicularmente a él, sobre un campo de esparceta. Desde lo alto del caballo sin haber terminado de llegar le gritó:

– ¡¡  Sargentooo… !! Pero no te he dicho que sobre el camino y  ¡¡Que no formaras en los campos!!!

El Sargento, militar y subordinado hasta la médula, no escuchaba, seguía con el reglamento, y para presentar la Compañía en Línea mandó:

-¡Izquierda! ¡Mar!

Y siguiendo sin escuchar lo que le decía el superior. se adelantó al frente se cuadró perfectamente y con la mano en el primer tiempo del saludo, le encajó todas las novedades. El Teniente, que se había tirado del caballo `un poco quemado´ por lo que estaba pasando, con no muy buenos modales, le dijo que muy bien, ¡pero que inmediatamente sacara la compañía del campo! El sargento al final lo comprendió, y saludando nuevamente, pero sobre sus tacones para dar frente a la formación, gritó:

-¡Atención la Compañía!

El Teniente, ya muy nervioso, le increpó:

-¡Menos atenciones´ y saca la compañía del campooo…coño! El Sargento, girando la cabeza, le contestó muy correcto:

-Sí, mi Teniente, ahora mismo.

-¡Variación derecha! ¡Mar!

La Compañía, como un abanico, recorrió el campo en un cuadrante de un círculo de radio igual al frente de la unidad en línea. ¡No quedó planta de pie! El teniente comprendió plenamente lo del caballo de Atila. Pero esto con mulos y los correspondientes acemileros.»

 

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