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Chascarrillos militares. 7. El semental

Tres foramontanos en Valladolid 18 Feb 2024 - 07:29 CET
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Por Carlos de Bustamante

Continuamos con el séptimo de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. “Era el refugio de la Mina, una de las varias, si no iguales, similares construcciones que albergaban a destacamentos de unidades de Montaña dentro de la línea «P» a lo largo de la frontera pirenaica. La vida en él, yo no digo que fuese dura, pero sí laboriosa y sobre todo una magnífica escuela de mandos en donde el subalterno se soltaba por fuerza. El amor a la responsabilidad (o la irresponsabilidad manifiesta), la audacia, la iniciativa, se acrecentaban en el joven oficial, que, al estar solo, tenía que sacar todo lo que llevaba dentro.

La cocina y la calefacción eran a base de leña, cortada y apilada en el verano por los destacamentos de esos meses. Para alumbrado tenía instalado un gran grupo electrógeno, que no sé si alguna vez funcionó, yo no lo vi nunca y creí que en las altas esferas también sabían que no funcionaba, pues el motor monstruosamente grande que tenía (los enterados decían era de un submarino alemán) funcionaba con gasolina o petróleo, no lo recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que fuera el combustible que fuera, lo seguíamos empleando para iluminación, pero en faroles belga y Petromax, lo que requería el conocimiento del arte de cambio de camisa de amianto, y digo que tenían que saber que no funcionaba, pues con la cantidad de combustible que te daban, de haber puesto el submarino en marcha, habrías tenido para dos días luz.

El destacamento casi siempre era de sección, y sólo esporádicamente y por alguna circunstancia lo cubría Compañía. Rotaban unidades de Jaca y de Zaragoza, por lo que en los relevos no podías dormirte, pues en caso de alguna pega, no es lo mismo arreglarlas entre compañías del mismo Regimiento, que de Regimiento a Regimiento.

La vida no era fácil, pues el haber era muy corto, y con treinta y tres plazas incluidos los mandos, poco se puede `jugar ‘en papeleta de rancho y si esto lo unimos a que los productos alimenticios no sólo estaban caros, sino que no los había, se puede uno imaginar el panorama de ese Teniente dejado solo a su suerte allá en medio del mundo, con el pueblo más cercano, Siresa, a 14 km. de carretera y una hora de marcha por camino. De aquí la gran importancia del ingenio y simpatía de Tenientes y Sargentos para ganarse a las gentes del valle. Pero como gracias a Dios se daba la circunstancia de que Intendencia no ponía mayores pegas para suministrarte: aceite, arroz, café y azúcar, con estos productos te defendías, pero eso sí, no pidieras otra cosa porque no la había, a lo sumo unas lentejas con bicho incluido que era mejor no retirarlas. El pan te lo daban en harina para que tú la transformaras. El refugio tenía una panadería con todo lo necesario para fabricar pan, menos panadero. Por el contrario, tenías cuatro mulos, pero no tenías cuadra, el sufrido lector se habrá dado cuenta de la solución que daba al problema el Teniente.

Y también había un cuarto altamente conflictivo, motivo y causa de muchos disgustos morales y económicos de los oficiales ingenuos que firmaban en barbecho; éste era el cuarto de los «ranchos de hierro», raciones de previsión, a base de latas del matadero municipal de Mérida con carne de buey (eran sabrosísimas), sardinas en aceite y un chocolate de tierra junto a otra pastilla comprimida de jalea de fruta. Las llaves de esta habitación no se podían dejar de la mano ni de día ni de noche, y el día de llegada al hacerte cargo, con un palo de camilla tirar la pila de latas para cerciorarte por el sonido de que no estaban vacías.

Antes de subir a Oza, y cuando paraba el Chevrolet en Hecho, que es hasta donde llegaban, era visita obligada al de la carnicería y al del café para tratar un trueque de mercancías y de ese modo conseguías carne, patatas, alubias y el pan en el horno a kilo de harina por kilo de pan, y en fin, solucionabas tu problema, que no era flaco, y para cuando empezaban las nevadas ya tenías montado un cordón de suministros, para Hecho en camión, Hecho Boca del Infierno con mulo, para lo que dejabas en la caseta de forestales dos acemileros con el ganado, y refugio caseta de los forestales un Sargento con porteadores con mochila y cuando era necesario con esquíes.

Pero todo esto no era nada, lo que más mataban eran los papeles, siendo muy peligroso el parte del relevo con el inventario firmado por el entrante y saliente, pues se contaba con poco tiempo para mirar y menos para puntear un inventario, ya que el saliente tenía prisa porque le firmaras, para emprender la marcha hacia Hecho en donde esperaban los camiones que tú habías traído, para con ellos regresar a Jaca, y en el invierno se te echaba la noche encima sin enterarte, de donde este firmar con prisas solía traer malas resultas, encontrándote con más de «un muerto» a cargo.

Y así le ocurrió a un buen amigo, Oficial cumplidor, exquisito en el trato, metódico y ordenado, delineaba que era una maravilla, el relevarle a él era un seguro de vida, no tenías ninguna pega y todo estaba señalado con rotulitos. Todo lo que tenía de ordenado, lo superaba como buena persona y así en una ocasión al recibir él, el refugio, relevando a un «zaragozano», para que pudiera llegar a Jaca para coger el tren, firmó por las buenas y después serenamente en el silencio de la noche al ir punteando auxiliado por uno de los sargentos, les faltaba a lista un «semental»; así como suena,

Lo más raro era, que estaba inventariado en la oficina. Telefoneó a los amigos, mandó notas al saliente, pero como siempre por no variar éste «se llamaba Andana» y como tenía su recibí que se las ventilara el otro. Consultó con varios compañeros y nadie se acordaba del tal semental, por fin un día que le llamó el Teniente Coronel Mayor para que retirara y se hiciera cargo de unos capotes , para el destacamento; bajó y miró y remiró en el archivo los partes de relevo y así descubrió que lo del semental era una delicadeza del teniente Mengánez, que no admitía las groserías y por su cuenta había transformado lo que con anterioridad figuraba en los partes «un burro con dos …» (atributos de su mayor intimidad y sexo). Al leer esto pensó en el que tiraba del carrito de la limpieza, «el perico», alguien lo había bajado sin quitarlo del inventario y siguió. Así, con esa denominación figuraba en infinidad de partes, hasta que en uno muy deteriorado por el agua (sin duda se había mojado con la lluvia o con la nieve) no se sabía bien lo que ponía, hasta que en el anterior es donde se encontraba la clave del misterio. Oficina del capitán: dos sillas, una estantería, «un buró con dos cajones».

Mengánez, que no admitía las groserías y por su cuenta había transformado lo que con anterioridad figuraba en los partes «un burro con dos …» (atributos de su mayor intimidad y sexo). Al leer esto pensó en el que tiraba del carrito de la limpieza, «el perico», alguien lo había bajado sin quitarlo del inventario y siguió. Así, con esa denominación figuraba en infinidad de partes, hasta que en uno muy deteriorado por el agua (sin duda se había mojado con la lluvia o con la nieve) no se sabía bien lo que ponía, hasta que en el anterior es donde se encontraba la clave del misterio. Oficina del capitán: dos sillas, una estantería, «un buró con dos cajones».

 

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