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Chascarrillos militares. 8. El briefing

Tres foramontanos en Valladolid 22 Feb 2024 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

Continuamos con el octavo de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Pero antes, queridos amigos y compañeros,  me vais a permitir un abuso de antigüedad. Por ser de la X Promoción (1951 año de ingreso en la Academia General Militar) y ¡24 años entre teniente y capitán!, como instructor de reclutas, creo que me concede tener cierta autoridad para daros una elemental `teórica´. Ruego, pues, que nadie se dé por ofendido, porque lo escribo cuasi como chascarrillo.

Año tras año les explicaba a mis soldados en qué consistía el concepto de patria y el porqué del amor a ella.  Intentaré ser breve:

-A ver, tú muchacho (todavía no eran soldados, por no haber jurado bandera), ¿de qué pueblo eres? Extrañado por lo raro de la teórica, contestó, no obstante, con rapidez e indisimulada satisfacción: – ¡De Torrescárcela, mi teniente!

-Buen pueblo, ¿eh?  -¡Cuál!, el mejor de tó  Valladolid,  mi teniente! (murmullo y risas): ya estaba conseguido el ambiente, para continuar.

– ¿Y tienes casa propia en tu pueblo? -Quihacer, una superiorona que nos vié de los abuelos y a estos de los suyos. -Buena `tié´ que ser, le dije en su misma jerga.  Ambientazo…- ¡A ver!, contestó con la sonrisa de oreja a oreja, para añadir orgulloso: – ¡cuál, la mejor del pueblo!, que tié una gloria que nian las de la capital…, añadió.  (Conseguido el ambiente propicio, para amentarlo, le pedí el nombre). Eustaquio Cobos Fulgencio, mi teniente. Bien Eustaquio. ¿Y tú qué harías si alguno de Baabón, (pueblo vecino de Torrescárcela) quisiera echarte de casa y ocuparla él con los suyos? -entonces no se conocía lo de okupas-. Eustaquio no se entretuvo en dar respuesta: ¡a cachavazos los echaba

-`ó´ de ande vivo; que nian p´a respirar tendrían tiempo hasta llegar a su pueblo.  ¡No te jeringa…, de Baabón tenían que ser pa meterse en la casa d´éuno!  ¿Y si `tendrías´ la casa en la capital?, le dije.  Pos igual, a gorrazos les echaría `ó´, que no me quito la gorra nian pa dormir…, respondió Eustaquio contundente. Otra pregunta más, insistí, para llevarlo donde quería. ¿Y si ves que quieren entrar en la casa de un vecino? Igual, mi teniente; que como decía mi agüela (se   santigua) que sabía mu bien de letras: “lo que es de España es de los españoles”.  ¡A ver!, remató.

-Por último, Eustaquio, que estás respondiendo `divinamente. ´ Y si una banda de esos se quiere meter en alguna de las casas de vuestros vecinos de Baabón, ¿qué harías?  Eustaquio se queda pensativo mientras se rasca `una miaja´ la cabeza y… aguarde, mi teniente…, ¿una de forasteros de `quisió ande´? (de qué sé yo dónde).  Eso Eustaquio, le contesté `a escape´; de África por un decir, le aclaré. Se mesa `áhura´ lo cabellos y enseguida: ¡cuál, mi teniente!, ¿dejar que los moros, u lo que sean, entren en `cá´ los vecinos…? ¡¡ `Quítesustihombre´!!, y usted perdone mi teniente,  que  ni en mi pueblo, ni en la capital, ni  en Baabón,ni  en `toa´ la provincia tié  que entrar nadie diotro país, sin invitarle.

-Entonces, Eustaquio, ¿ya sabes cuál es el nuestro?  ¡quehacer, mi teniente, :  España y a  mucha honra. Que me páice (parece) que no lu`hay como el nuestro, mi teniente. ¡A ver!

-Por último, Eustaquio, ¿tú solo ibas a impedir que entren a manadas, como en las pateras, y un día ocupen por la fuerza todos los pueblos, capitales y casas de ellas o de los vecinos de otros términos de España?

¡Áhura sí que ha tirado usted, mi teniente palabras elegantes!  ¡Quítesustihomre! Y usted perdone mi teniente. ¿Pa qué entonces estamos nusotros aquí…? ¿Pa qué estamos cumpliendo la mili…?

El silencio con que se siguieron las palabras de uno y de otro, dejó bien a las claras los conceptos de Patria, Ejército y el aprecio -amor-hacia ellos.  Si bien, añadió lue    go el teniente que no todo era tan sencillo como la ocupación de tan solo unas casas.

Poco faltó para que Eustaquio  saliera a hombros de la `nave´.

Y ahora vamos ya con “El briefing” de Luis Esquiroz Medina, que empieza con una cita de Charmont: “Mandar bajo el impulso de los nervios, no es ejercer la autoridad, sino la tiranía”.

“Creo que fue con el Alta y Baja de enero del 59 cuando pasé destinado a la Cía. de Armas de apoyo en donde ya estaban destinados otros amigos míos, de los que recuerdo a «Jimi» y a «Chichel» de la promoción anterior a la mía, grandes compañeros y amigos desde hacía muchos años, con el segundo -Chichel- desde que éramos chavales en Pamplona y con «Jimi» desde la preparatoria para la Academia. Aunque su muerte fue ejemplar y toda una lección de moral patrística y cristiana. Fue una pena que se fuera tan pronto.

Me presenté a mi Capitán, que ya conocía de cuando yo estaba haciendo el Diploma y él debía estar por la Secretaría de Estudios o alguna oficina de Dirección, pues no se le veía mucho por Candanchü, y cuando lo hacía era acompañando al Coronel o alguno de los Tenientes Coroneles y siempre de una manera fugaz.

Su imagen y su postura siempre estudiada, eran la de un señor, su andar era lento y felino, de elásticos y largos pasos adelantando al compás los hombros, al mismo tiempo que se acariciaba alternativamente una mano con la otra, calzando las dos unos impolutos guantes de lana blanca (eran reglamentarios en la Unidad), pulcro e impecable en el vestir, una raya que cortaba, en los pantalones de esquiar, botones de cuero de medio balón, en la sahariana, con una flamante escarapela de «proto» (profesor) con pleno colorido, siempre parecía recién salida del almacén, cuando lo normal era tenerlas achicharradas por el sol y la nieve, impecable rombo de la escuela sin ningún deterioro en sus esmaltes, fino bigote entre rubio y canoso, cabello tordillo bien cuidado. Trataba de Vd. a los tenientes, y los dejaba pie a tierra, tanto en el Campamento de San Bernardo, como en el Hostal de Oroel (las dos paradas oficiales de la furgoneta de servicio de oficiales) con la mayor tranquilidad, diciendo «bueno, vámonos» en el momento   en que él se montaba; cierto es que solía ser puntual, pero eso era igual, para él era inconcebible esperar a sus subalternos.

Se acercaba «la marcha Grande», la que todos los años la Escuela hacía allá por el mes de julio como final del Curso de Escalada y que participaban tanto las Unidades de Instrucción como los alumnos de Cursos, de aquí que el Batallón hiciera marchas hasta de doble jornada y las compañías de jornada, así que teniendo que hacer nuestra Compañía una marcha al día siguiente, al alto de instrucción y cuando todos nos marchábamos, llegó el oficial de Semana diciendo que a las 14,45 estuviéramos todos en el despacho del Capitán, lo mismo que los Suboficiales, `para celebrar un Briefing´, entonces no se daba, y ninguno teníamos una idea muy clara de en qué consistía, pero a las tres menos cuarto en punto, sin faltar nadie, allí estábamos oficiales y suboficiales. Empezó el Capitán diciendo que nos pusiéramos cómodos, pero toda la comodidad consistía en estar de pie alrededor del despacho y el Capitán tras de su mesa también de pie. Nos habló de la marcha, de dos itinerarios y de dos unidades de marcha, columna A) personal y material, columna B) ganado solamente enmantado. Nadie entendimos aquella genialidad de los morteros a la espalda y el ganado descargado, ni tampoco el itinerario del ganado que tenía unos pasos difíciles con unas fajas de piedra en las que era muy fácil el corte en el menudillo o la cuartilla, pero nadie dijo nada, hasta que terminada la exposición por parte del Capitán y tal vez al vernos las caras, preguntó solemnemente: «Empezando por el más moderno de los reunidos, los que quieran decir algo pueden hacerlo, me interesan sus opiniones». Todos nos miramos para ver quién era el más moderno, que resultó ser el Sargento Mengano, sargento que en otra unidad sería el más antiguo; en Armas de Apoyo era el último. Ésta era una compañía de Veteranos, todos eran experimentados en la Montaña, por lo mismo Mengano hizo una exposición acertadísima y clara de lo que era el pensar general de los cuadros de mando; en un momento en que se hizo un silencio, se oyó la voz del Capitán «¿Ha terminado?», y sin darle tiempo a decir sí o no, le empujo oralmente hasta la pared; «Mire S-A-R-G-E-N-T-O. Vd. ejecute. Para discernir está el mando». «¿Algún otro de ustedes quiere hacer alguna manifestación?». Ante lo ocurrido nadie dijo nada. «Pueden Vds. retirarse». Un rosario de taconazos dio por terminado el Briefing. Si eso era un Briefing seguía sin saber en qué consistía, pero lo que sí estaba claro, que para discernir está el mando.»

 

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