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Chascarrillos militares. 9. La contraseña

Tres foramontanos en Valladolid 25 Feb 2024 - 07:22 CET
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Por Carlos de Bustamante

Continuamos con el octavo de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Durante años de posguerra un gran número de profesionales en las FF.AA. fuimos tenientes o capitanes instructores. Los que serían soldados de reemplazo (Quintos) nos llegaban a las unidades con dosis importantes de incultura. Aparte de las academias regimentales, donde se les enseñaba a leer, escribir y las cuatro reglas (no creo exagerar si les digo que hasta un 50% más o menos, llegaban analfabetos).

Finalizada la guerra civil, la mayoría de las unidades estaban al completo y al completo nos llegaban para instrucción a los campamentos o Unidades. Puedo asegurar y aseguro, que la labor fue impresionante. Tanto mayor cuanto mayor era la vocación de los oficiales instructores.

Si nuestros mayores dejaron constancia de su entrega a la Patria hasta el heroísmo, los oficiales, procedentes ahora de la Academia General Militar, dejaron su impronta en la formación militar -y civil- de los futuros soldados, que la guerra los impidió recibirla en las escuelas y familias. Y   como ya sabéis, amigos, ningún soldado se licenciaba sin haber recibido y asimilado el equivalente a graduado escolar más un sinfín de normas elementales de educación cívica y  militar.

Necesitaría un tiempo, del que no dispongo, para escribir alguno de los métodos empleados en la formación completa de los `quintos´ que nos llegaban.  Mas al narraros, mis amigos, los chascarrillos militares de nuestro compañero Luis Esquiroz Medina, he de seguir con ellos.

Vamos a la cita que suele introducir nuestro amigo al comienzo de cada chascarrillo, en esta ocasión de Benavente:

“Quien quiera ser feliz, no sea preguntón,

que hay cosas en el mundo, que ignorarlas es mejor.

Y ya el texto:

“Había mandado el General Director que, como complemento de la instrucción, se dieran unas teóricas sobre los toques de corneta, pues le parecía que algunos eran ignorados por la tropa, y para ello dispuso que se reunieran por compañías y en cada grupo de éstos, un corneta ejecutaría todos los toques.

Eran las tres de la tarde de un día agradable del mes de febrero, el Patio de Armas del Campamento de San Bernardo de la escuela Militar de Montaña, -cosa rara a esas horas-, estaba desierto. No obstante, de cada uno de los patinillos que tienen las compañías y desembocan en el general, salían agudos los toques de ordenanza.

Al fondo a la derecha, rayando con el comedor, estaba la Compañía de Armas de Apoyo. En su patinillo sentados en el suelo junto a la pared, en la solana y al socaire, estaban todos los soldados de la Compañía, los Oficiales y Suboficiales repartidos en el entorno.

Al frente y centrados con los oyentes, un teniente  y un corneta. El Capitán despachaba con el brigada de la oficina. Por el patio central deambulaba con largos y elásticos pasos un capitán (que no era el de Cuartel) que mientras alternativamente se acariciaba las manos calzadas en impolutos guantes blancos, miraba hacia el Cuerpo de Guardia, como si esperara a alguien.

El Teniente, siguiendo las normas del Capitán, explicaba el toque y les cantaba un estribillo de letra facilona y pegadiza, para que al interpretar el toque el corneta, fácilmente lo identificaran. Y así, de esta manera les decía: Escuadra: «Quin-to». – Compañía: «Ya está formada la compañía”. – A cubrirse: «A cubrir, a cubrir». Regimiento:” Ros, chaquetilla y pantalón». – Fagina: “Soldadito de España no tengas pena, que en tocando fagina barriga llena”. – General a: «Los caballos vienen ya, los caballos vienen ya, corramos, volemos, donde se halla el Capitán” (por aquello de nacer el toque ante el ataque de la caballería enemiga, y correr a formar el cuadro alrededor de la bandera que estaba junto al Capitán).

Toque por toque se repasaron todos, con música y con letra, menos dos por su conflictividad. La llamada a oficiales, y la contraseña de la Escuela. El primero, por aquello de: “Hijos de la G.P. venid, venid”. Y la segunda porque debido al pique que existía entre los soldados de los Batallones de Cazadores, “los de los Batallones”, y los pertenecientes a la Escuela, “los de las Escuelas” (deformación debida sin duda a que la Escuela estuvo ubicada en principio en un Grupo Escolar), la contraseña de dominio público no era precisamente: “Escaladores hasta morir”, que era la oficial.

Pues bien, estando en estas, apareció el General Director, sin duda por saber que en aquella compañía se estaba dando la teórica con letrillas. El teniente más antiguo mandó en pie y le dio novedades, el de semana fue a la oficina para avisar al Capitán. El General mandó seguir y como ya era una repetición. salió muy bien, pues todos sabían la musiquilla y la letrilla. Todo marchaba sin contratiempo, hasta que el capitán paseante del patio, que se había unido a la comitiva del General, que sin duda era lo que esperaba, y sobre todo sin darle nadie vela en el entierro. ¡Corneta toca la contraseña!

¡Tú muchacho! (y señaló a uno). ¿Qué dice? El muchacho se quedó en “of’. Y así uno, otro y otro, el capitán de la compañía estaba negro y a punto de saltar. El General, disfrutando como siempre que creía encontrar un gazapo. Cuando de repente surgió lo inesperado, ante la última pregunta inoportuna: ¿Es que en esta compañía nadie se sabe la contraseña? Un muchacho de la última fila, saltó como un resorte y poniéndose en perfecta posición de firmes, muy indignado contestó: «SOY DE LA ESCUELA CÁSCAMELA”. El visitante se quedó perplejo. El General se partía el pecho y sin hacer comentarios hizo mutis por el foro.

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