Por Carlos de Bustamante
Continuamos con el décimo quinto de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Pero permitidme antes un comentario: Corrían los años cincuenta cuando los cadetes de la A.G.M. no teníamos que ir a la Universidad. Ignoro pues qué asignaturas se cursan en ella para obtener, como ahora, el título de ingenieros. De lo que sí doy fe, es que era tal el cúmulo de asignaturas, relacionadas o no con las que nos son propias, que superarlas todas sin ir de `mediano´ (suspenso), era tarea no digo que imposible, pero sí harto difícil; salvo para inteligencias superiores a lo normal. Como solían ser los llamados `galonistas´ (`primeracos´ en el argot académico de la General). Porque díganme mis amigos no compañeros en la carrera militar, con qué intensidad se podía estudiar tras los intensos ejercicios por los polvorientos -que ni el Sahara- campos de san Gregorio de los que se volvía, alegres, pero guarníos. O con qué ganas se ponía uno a desentrañar la temida asignatura de geometría descriptiva y del espacio. O si a los venidos, de capital, en fin, que jamás habían montado ni en burro, habían de resolver los intrincados problemas de tiro…, después de una caña descomunal con caballos resabiados en la clase de equitación. No, tampoco era nada fácil, la asignatura de topografía con exigencia máxima por ser de conocimiento tantas veces necesario en el futuro de nuestra profesión, tras el desarrollo de un tema táctico en el que se dejaba el resuello por los montes de san Gregorio en Zaragoza o en los Alijares de Toledo. Y vamos con el chascarrillo de Luis Esquiroz q.e.p.d. La cita que lo precede es de Francisco Guicciardíni:
“La experiencia siempre ha demostrado, y lo demuestra así mismo la razón, que nunca suceden bien las cosas que dependen de muchos.”
“Era una bonita tarde de primeros de un junio toledano, cuando por la puerta del transformador salían de la Academia pequeños grupos de Alféreces Cadetes, cargados de archiperres topográficos: jalones, miras, trípode y teodolito. Habían empezado las prácticas de Topografía, y era en esta fase, cuando se suponía, que según los trabajos entregados unos mejorarían nota y otros podrían levantar el `mediano´ que pesaba sobre sus espaldas (el suspenso) .
En el camino de los Alijares, el Bucyrus, gigantesca excavadora de vapor, descansaba su roñoso y viejo esqueleto en una explanada artificial que ella misma se había hecho sobre el Barranco de la Degollada antes de morir. Sólo su potente aguijón de acero brillaba al sol entre las piedras. Los trenes de vagonetas, diminutas a su lado, parecían hormigas que acudiesen a cebarse en su cadáver. Las esparcidas moles de roca granítica y el silencio completaban el paisaje recocido por el sol.
Pronto el silencio se vio roto con la llegada de la cadetada, y como siempre, al paso por aquel lugar, saltó al aire la sangrienta broma: —¡Hay a quién no lo levanta (el mediano) ni el Bucyrus! ¿Verdad, Pepito? Pepito le «rezó” al chistoso y siguieron hasta Cerro Cortado, punto de enganche y origen del levantamiento topográfico, que consistía en los itinerarios al Palacio de La Sisla y a la Ermita de la Guía. Allí se organizó el dislocamiento, se montaron las miras, se puso el aparato en estación y los jaloneros quitándose las camisas y poniéndoselas a modo de prenda de cabeza de un árabe saudí, jalón en mano se dispersaron por los riscos de la Ermita de la Guía a la caza y captura de lagartos, mientras dejaban abandonados a su suerte al aparatista y al cuadernista que para eso eran primeracos. Ante los hechos consumados y después de un duelo de interjecciones y calificativos cada vez en voz más alta por la distancia, optaron por tirar uno de mira y el otro de aparato.
A media tarde llegaron triunfales los cazadores, con dos hermosos lagartos pinchados en los jalones; con unos papeles de periódico y unos tornillos, rápidamente estaba organizada una fogata entre dos rocas, un artista peló y descuartizó los bichos, mientras un organizado sacó un paquetito de sal y unos panecillos, esto no era fruto de la improvisación. El asado olía francamente bien y cuando se disponían a la merienda alguien avisó: ¡El Capitán! A lo lejos se veía la inconfundible figura del «proto» a caballo. con el gorro plegado en la hombrera y la frente recibiendo el sol de la tarde.
Los del `restaurante´ se pusieron las camisas, ajustaron correajes, guardaron la pitanza y se colocaron con los jalones dispuestos para cualquier alineación. Mientras tanto los del aparato que en ese momento habían terminado un punto, pusieron los tapones al aparato y plegando el trípode se estaban preparando para ir a otro.
El Capitán que o bien los había visto o sospechó algo al ver los componentes del equipo, al llegar preguntó con su peculiar silabeo nasal:
– Caballeros ¿qué están Vds. haciendo? El Cabo galonista del equipo, que era el aparatista contestó:
– A sus órdenes, mi capitán, en este momento hemos terminado el octavo punto y marchábamos para el siguiente.
– Dele el aparato al Caballero Fulano, póngalo en estación (esta operación requería un rito especial, no se podía hacer de cualquier manera: dos patas una en cada mano, pincharlas en el suelo, la tercera impulsarla suavemente con el pie derecho).
– Mientras tanto, Caballero Mengano, coja Vd. la mira y póngase en el punto.
El nuevo aparatista lo tenía en estación, el nuevo portamira se esforzaba en poner la mira de pie y por más señas que se le hacían para que la pusiera de cabeza, se pensaba que andaban de guasa y no hacía caso. Al final el Capitán se lo mandó y todavía no muy convencido de si no se querría quedar con él, obedeció.
El proto pidió la libreta para ver los datos que obraban en ella y ordenó:
– ¿Qué ve Vd., Caballero Fulano? El Caballero Fulano no veía nada y después de un largo forcejeo oral, el Capitán echó pie a tierra para cerciorarse de que no funcionaba, puesto que en el cuaderno estaban los datos, y nada más llegar se volvió a la concurrencia.
– El Caballero Fulano, en su ignorancia, no sabe que la Pantómetra tiene tapones para proteger la óptica, y uniendo la acción a la palabra los quitó.
– Caballero, mire Vd. ahora a ver si tiene más suerte. El alumno se puso al aparato y mientras estaba mirando le preguntó el Capitán:
– ¿Qué ve Vd.? – Uno, contestó el alumno. El proto miró en el cuaderno:
– Sí, uno, uno, bien… uno, pero uno con qué.
– ¡Uno con gorro, mi Capitán!
El tiempo los hizo oficiales de Cazadores, unos de montaña donde dieron buen juego, y otros en cazadores paracaidistas, en donde uno cayó gloriosamente. (Ortiz de Zárate)
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