Por Carlos de Bustamante
El chascarrillo decimo octavo de Luis Esquiroz Medina va precedido de esta cita: “Y el fruto de aquella lucha fue encontrar el buen rumbo de la nave de la Patria por el sacrificio de todos. Diciembre 1936 (del monumento a los defensores del pinar de Villarreal).
Pero permítanme una introducción, Me produjo cierta satisfacción incluir en el artículo pasado mi particular chascarrillo. En la seguridad de que mi amigo y compañero Luis Esquiroz, no se sentirá ofendido en su seguro Cielo, hoy, Jueves Santo, introduciré otro que le traerá similares recuerdos de nuestra juventud, que con `el espíritu jinete´ nos preparamos en la misma promoción y Academia para mayores empresas en servicio de la Patria. Como decía nuestro credo y juramento a Dios: derramar si fuera preciso en defensa de honor, independencia y unidad de España, hasta la última gota de nuestra sangre.
¿Te acuerdas, Luis? Los depósitos de agua que abastecían del preciado líquido a los Caballeros cadete, estaban a gran altura sobre una loma imponente. No era un descenso suave, sino que, `casualmente´, la ladera se quebraba en tajos siniestros.
El Caballero no era mal jinete. Y sobre todo poseía con nota el espíritu jinete, que formaba jóvenes intrépidos capaces luego de afrontar situaciones de gran riesgo y fatiga. Consistía esta tremenda clase de equitación en subirla por un camino carretero por la cara norte de los depósitos y bajar luego por la sur que, `casualmente´, repito, era intransitable. Malhadado el caballero que sin espuelas cabalga, porque resabiados los 40 o más caballos de la tanda, sólo a base de espuelas se acercaban al precipicio. El capitán desde abajo se desgañitaba con exabruptos tan gruesos, que hacían temblar hasta a los caballos. El Caballero inició la bajada; y, tras él y por querencia el resto. A base de dominio, sobre un buen caballo, bajó los primeros tramos del gigante resbalando el Rocinante sobre sus cuartos traseros. Experimentado el Caballero, sonreía cuando, como bólidos se le adelantaban otros en un revoltijo en el que resultaba dificultoso distinguir quién era caballo y quién caballero. Despacio, con tiento, el experimentado proseguía sonriente el descenso. Próximo a finalizar, se le interpuso un cortado tan temeroso en la ladera, que el Caballero sentía `rilarse´ al noble bruto bajo sus piernas más apretadas a la panza del caballo que la cincha de su montura. Próximo a la cortadura, miraba el capitán con sonrisa que se le antojó burlona. Herido en su amor propio, no se lo pensó dos veces. Dejó flojas las riendas, cargó el peso atrás y con un ligero roce de espuelas, el noble animal obedeció. ¡Santo cielo, qué desaguisado! Volando más que rodando caballo y Caballero, aterrizaron a los mismos pies del capitán.
– ¡Sin novedad mi capitán!, le dijo desde el suelo sin soltar aún las riendas.
La actitud del capitán (de caballería) cambió por completo; se le fue la sonrisa burlona y con dureza inusitada, le recriminó:
-¡¡Caballeroo!!!, ¡¡quién le ha mandado a usted bajarse del caballo…!!
En el primer tiempo del saludo, el Caballero Mengano volvió escopeteado a su montura.
– ¿Repito, mi capitán…?
-No, no. Atienda usted a los lesionados, concluyó.
Relatada mi batallita, os dejo, mis amigos, con el autor de los chascarrillos.
“Corría un mes cualquiera del otoño de uno de los cien últimos años. Nuestra Patria se hallaba inmersa en la más dura de las múltiples contiendas internas.
En una de las columnas del Ejército del Norte, un Comandante marchaba a caballo al frente de su Batallón atravesando el Puerto de Tama, un francotirador hace blanco en ellos y caballo y caballero se precipitan por unas rocas de la cortadura ‘». Cuando es recuperado, tiene entre otras cosas la cara maltrecha y por ello es tenido que evacuar al hospital de León.
Dada la época del año y en evitación de que por algún conducto pudieran llegarle noticias a su mujer de su hospitalización, el comandante que nos ocupa decidió enviarle una carta diciéndole, que, debido al mal tiempo, había cogido un fuerte catarro y que se encontraba hospitalizado. Parece mentira cómo hay veces que las mujeres se quieren dejar engañar ingenuamente; encontró tan natural que un comandante por un fuerte catarro se pudiera hospitalizar. Pues bien, a resultas de esta noticia y como era de esperar que por la época del año en que se encontraban el clima empeoraría, emprendió con todo cariño y el mayor de sus afanes la confección de un jersey y unos guantes de lana, para que por lo menos cuando saliera del hospital no tuviera que reingresar nuevamente por su falta de previsión.
¡Estos hombres en cuanto se les deja solos no se saben cuidar!
Mientras tanto la contienda continuaba su curso y una fuerte ofensiva en el frente de Álava, cortó las líneas propias produciendo una infiltración hasta cerca de Villa Real, con lo que quedó seriamente amenazada su capital, Vitoria.
Ante esta situación, el mando decidió organizar una unidad con que taponar el boquete, y entre los elementos de los que echó mano para su formación se encontraba este Comandante que, ya francamente avanzada la curación de sus lesiones, pidió el alta y con sus esparadrapos y sus gasas en la cara se incorporó y tomó el mando del Batallón recientemente creado y que recibió la denominación de «Burgos» n° el que fuera, pues muchos fueron los que con este nombre se batieron en la campaña.
La ocupación, al anochecer, de un terreno desconocido no debió de ser muy fácil, sobre todo entre los distintos pequeños brazos que tiene el pantano y el tupido bosque que puebla sus orillas, extendiéndose hasta los montes cercanos. Durante una semana las unidades de ambos bandos estuvieron mezcladas en el interior de aquel bosque, las emboscadas y los encuentros fortuitos se sucedían sin interrupción. Por fin el «Burgos» consiguió establecer una línea y obligó a los atacantes a replegarse en parte, tras duros y continuos combates por cada palmo del terreno.
Vuelta la tranquilidad y en espera de que se montura la ofensiva para recuperar la iniciativa y el terreno perdido, el Batallón entró en fase de reorganización, se repusieron bajas y se retiró personal que por su condición de casados y reservistas de quintas muy retrasadas partirían hacia la retaguardia. Uno de estos hombres, relacionado más directamente con el jefe, se le presentó para decirle que como pasaban por Pamplona si quería podía visitar a su familia y darles algún recado; agradeciéndole mucho esta atención sólo le encargó que se acercara hasta su casa y simplemente dijera a su mujer que se encontraba perfectamente.
Pues bien, Salvador Chico, que así se llamaba el soldado, cumplió fielmente su encargo y personándose en el domicilio del comandante saludó a la Sra. y tratando de contestar sin comprometerse, se defendió con evasivas sobre el frío, la lluvia, la belleza del paisaje, que el comandante estaba muy bien, que comían muy bien, etc. A cada contestación, la mujer le preguntaba si el comandante había recibido unos guantes, los guantes aquellos que ella misma con tanto cariño había confeccionado. El soldado ignoraba por completo qué había pasado con los dichosos guantes y se figuraba en su fuero interno que al comandante le ocurriría otro tanto y aún llegaba más lejos con sus conclusiones pensando que no habría nadie que pudiera saber de la vida llevada por los correos y los suministros durante aquellos días.
Ante una nueva insistencia por parte de la Sra. sobre la recepción de los guantes por el comandante, sintiéndose acorralado y no sabiendo por dónde salir, exclamó:
— ¡Mire Vd., señora…! ¡Pa guantes estaba aquello!
Desde esa ocasión, en esa familia cuando algo se pone difícil o complicado, siempre hay alguien que dice “pa guantes estaba aquello”.
(1) Los miembros de esta familia parecen estar predestinados a tener una especial predilección al despeñamiento. Su padre muchos años antes en la Acción del Miravalles de un tiro en la rodilla se despeñó. Su hijo años después en un accidente de escalada, también se despeñó.
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