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Jon Fosse, el último Nobel de Literatura 

Tres foramontanos en Valladolid 04 Sep 2024 - 07:25 CET
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Por José María Arévalo

(Jon Fosse)

Nada más leer lo que la prensa ha dicho sobre el último Nobel de Literatura, el noruego Jon Fosse, ya he perdido interés en leer su obra, pues como ya habrán leído mis improbables lectores (en términos del foramontano Javier Pardo de Santallana, cuyos artículos tanto echo en falta, pero ya saben que está mayor y para pocos trotes) no me gusta nada el arte abstracto o conceptual, y eso de no poner puntos ni comas me suena a muy, muy conceptual. Pero el último artículo que he leído, de Marta Pereda y Jaime Nubiola en la web de la revista  “Omnes”, me ha animado a dedicarle este post, incluyendo lo que ellos dicen -sin esperar a leer algo del nuevo Nobel y poder criticarlo-. Vamos a ello.

“No es fácil adentrarse en los libros de Jon Fosse, pero su conversión al catolicismo y su estilo personal lo hacen un autor especialmente atractivo para quienes pensamos que la literatura puede acercar a Dios, porque en palabras de Timothy Radcliffe “abre nuestros ojos para mirar con amor”.

Parece ser que en Noruega hay una apuesta por la literatura y por la lectura: es uno de los países en los que más se lee y los escritores reciben becas y ayudas para poder vivir de la escritura. No podemos negar que eso siempre facilita las cosas. No obstante, es razonable pensar que el Premio Nobel de Literatura del año 2023, Jon Fosse, hubiera brillado también en un ambiente menos favorable. The Daily Telegraph describió a este autor como uno de los mejores 100 genios vivos del momento. También se le ha denominado el Samuel Beckett del siglo XXI.

Nacido el 29 de septiembre de 1959, está casado y tiene seis hijos. Él mismo define su vida como aburrida: se levanta pronto, se acuesta pronto, no va a fiestas… Considera que las mejores horas para escribir son entre las cinco y las nueve de la mañana. Sin embargo, en su vida aburrida encontramos que estuvo en España con 16 años. Cuenta como anécdota que un policía le apuntó con un arma porque estaba durmiendo en un banco de una estación y eso era ilegal. También se declara admirador de Lorca. Además, tiene un alojamiento en el Palacio Real noruego, cedido al parecer por la propia familia real.

Su primera novela es de 1983. Más adelante, en 1990, empezó a escribir teatro simplemente para ganar más dinero, ya que en esa época no tenía unos ingresos estables. Produjo varias piezas al año hasta 2010, cuando -como él mismo dice- se cansó de escribir teatro. En 1999 se estrenó en Francia su obra teatral Alguien vendrá y, a partir de ahí, se empezó a traducir y publicar en Francia y Alemania, difundiéndose luego por otros muchos países. Aunque se le conoce más por su faceta de novelista y dramaturgo, sobre todo porque su teatro es muy innovador, ha publicado también cuentos, ensayos, poesía y libros infantiles.

Sus cinco obras imprescindibles traducidas al español son: Septología, sobre la vida de un pintor que vive en un fiordo y rememora su vida, la que fue y la que pudo haber sido; Trilogía, en la que una pareja de campesinos adolescentes esperan un hijo en medio de muchas dificultades económicas y la mirada crítica de la sociedad que les rodea; La noche canta sus canciones y otras obras teatrales, que es una colección de obras de teatro que merecen la pena tanto por los temas que tratan como por la poesía que desprenden; Mañana y tarde, donde describe dos días en la vida de una persona: su nacimiento y su muerte; y, por último, Melancolía,que cuenta la historia del pintor noruego Lars Hertervig y sus tiempos como estudiante en Düsseldorf.

Escribe desde los 12 años como refugio de una adolescencia triste, que había estado precedida, sin embargo, por una infancia feliz. Su vida de adulto también ha tenido golpes duros. Dejó el alcohol por la religión: rezar e ir a Misa es su refugio, comentó en una entrevista. De hecho, ha sido luterano, ateo, cuáquero y, desde 2013, católico.

Una profunda espiritualidad

Al margen de su propia búsqueda, es una persona con una profunda espiritualidad, capaz de conectar con el corazón de quien le escucha. Habla del amor, el desamor, el sentimiento de culpa, la fe, la naturaleza, la muerte… Y obliga al lector a hablarse a sí mismo de esos temas. Por sus textos, podríamos decir que es una persona que está en paz. Relata situaciones duras, y sus personajes a veces tienen vidas un tanto solitarias. Sin embargo, tanto por el ritmo de su escritura, en una especie de espiral hipnótica, como por la forma en la que se expresan sus personajes, la actitud es de aceptación de la realidad y de las otras personas. Nada en su obra es estridente, y sin embargo en conjunto es llamativa, es un foco de luz débil al principio y luego intenso. Leyendo Mañana y tarde uno pierde el miedo a morirse.

Como escribe Luis Daniel González a propósito de Septología, “al modo en que rezan los salmistas, las frases del narrador son como las espirales de humo del incienso, semejantes pero desiguales, pronunciadas sin miedo a la reiteración, con una clara voluntad de insistir en lo mismo, algo que da intensidad y añade nuevos matices a los sentimientos o impulsos que se intentan expresar. […] Tal como explica el narrador hablando de su arte, y esto puede aplicarse a Septología, ‘la forma y el contenido tienen una unidad invisible en un buen cuadro, el espíritu está en el cuadro, por decirlo así, y eso pasa en todas las obras de arte, en un buen poema, en una buena pieza musical, y esa unidad es el espíritu de la obra”.

Jon Fosse cuenta su historia, cuenta lo que le pasa al personaje, pero, sobre todo, lo que el personaje piensa sobre lo que le pasa. Es una reflexión mental que, sin embargo, describe un estado emocional. Es una lectura que te hace estar alerta, en esa alerta que es concentración y paz. La alerta en la que estás cuando un trabajo hace que centres todas tus capacidades en lo que haces y que, a la vez, te libera de todo lo demás y te llena de energía. La ausencia de puntos en sus textos genera una musicalidad y un ritmo que te rodea y te inspira. Es una escritura exigente y generosa con el lector.

Fosse justifica la ausencia de puntos en muchos de sus textos con la necesidad de que la expresión sea correcta. Los puntos son un medio, la expresión es el fin. Es su forma de demostrar que el arte está sobre la técnica, la espiritualidad y la realidad sobre la norma. Es el agua que pasa a través de las rocas y forma el valle. Su lectura pasa a través de los sentidos y llega al corazón. No es fácil de leer a veces, pero el esfuerzo merece la pena.”

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