Por José María Arévalo
(Típico palomar de Tierra de Campos, en Pedraza de Campos)
Los palomares son casi una institución en nuestra comunidad, que está repleta de ellos. El grupo de acuarelistas con el que salgo a pintar solemos ir a pintar palomares a Torremormojón, cerca de Ampudia, en las proximidades de la provincia palentina, que tiene más de quince o veinte, de todos los estilos -porque los palomares tienen diversos estilos, unos son redondos otros cuadrados, unos abiertos lateralmente otros cerrados, etc.- Y tenemos una acuarelista, Pilar, que se ha especializado en pintar palomares, los borda, la verdad. Además, tengo un amigo que colecciona pequeñas figuras de palomares de barro -tiene unos cincuenta repartidos entre las estanterías de su casa- que creo se fabrican en Arrabal de Portillo, donde hay varios hornos que trabajan esculturas de barro. En la calle Duque de Lerma, cerca de la Facultad de Derecho, hay una tienda donde se venden cientos de estas figuras de barro de palomares.
Así que me llamó la atención, ya hace tiempo, un artículo de El Mundo de Burgos sobre la “cultura” de los palomares, que guardé pensando en tratar el tema en este blog, como ha llegado ya el momento de hacer. Se refería a unas jornadas culturales, con música y danza, que celebraron las localidades de Villegas y Villamorón, en torno a la tradición y la historia de estas edificaciones de cría de aves.
Antaño los palomares eran propiedad de la nobleza y justo cuando dejaron de tener interés para ella empezaron a abandonarse en los pueblos. Ahora estos dos pueblos de la comarca del Brullés reivindican con música y danza la historia y el arte de estos inmuebles que desde hace siglos pueblan los páramos de Castilla entre el aleteo furibundo de unas aves y sus paredes recias de ladrillo y sillarejo: los palomares.
Contaba el artículo de El Mundo que, poco antes de la pandemia, el historiador e investigador Josemi Lorenzo -colaborador de Acción Cultural Española, AC/E- visitó las imponentes iglesias de estos dos pueblos. «Conoció la labor de nuestras dos pequeñas asociaciones y visitó la zona. Le llamó mucho la atención una construcción que hay en una finca frente a la portada sur de la iglesia de Villamorón: un palomar que es el único resto que queda del antiguo palacio de los Villegas. A raíz de esto, conoció los demás y propuso a Acción Cultural Española llevar a cabo este proyecto en Villegas y Villamorón. Lo cual nos alegra mucho porque es un patrimonio que ha pasado muy desapercibido», explicaba al periodista Pedro Moreno, presidente de la asociación Amigos de Villamorón. Las actividades se desarrollaban en estos pueblos de la provincia burgalesa formaban parte de “Xacobeo. Una ruta por los territorios de lo imaginario”, un proyecto que impulsó Acción Cultural Española en el marco del Xacobeo 21-22. En ella participan ocho comunidades autónomas y se define como «un proyecto colaborativo e interdisciplinar en torno al patrimonio cultural inmaterial y la creación artística contemporánea», señalan desde AC/E.
Particularmente, «el proyecto para Castilla y León abordó la huella del Camino de Santiago en el entorno de la comarca Odra-Pisuerga y facilitaba la reflexión y el diálogo intergeneracional alrededor del patrimonio material e inmaterial a través de los palomares».
Los distintos trayectos de la Ruta Jacobea en la provincia de Burgos están muy definidos en la actualidad. Pero desde el medievo los peregrinos y caminantes trazaron muchas desviaciones y senderos alternativos a los ‘oficiales’ para acceder a pueblos, cenobios o puntos de interés que no estaban al pie de la vía hacia Compostela. «Sabemos que Villegas y Villamorón están en una encrucijada. La iglesia de Villamorón está dedicada a Santiago Apóstol y en Villegas hay vestigios del Camino, como una campana dedicada al santo. Estos y otros datos hacen muy estrecha la relación de nuestros pueblos con el Camino que pasa a pocos kilómetros», señala Moreno.
Son varias las construcciones que llamaron la atención de Josemi Lorenzo, tan populares en otras zonas de la comunidad como la Tierra de Campos, en su visita al páramo burgalés. «En el entorno de Villegas y Villamorón no hay más de diez palomares. Cuatro siguen manteniendo su uso hoy en día hasta otros que están en estado de ruina», indica Pedro Moreno. «Y estamos seguros de que había muchos más. La cría de palomas y pichones tenía dos objetivos: complementar la dieta calórica de los lugareños en unos tiempos donde era difícil y caro acceder a la carne y ganar un dinero vendiendo estas aves en mercados cercanos como el de Villadiego».
Música y danza
Este proyecto trasversal, que une el patrimonio y el arte con otras disciplinas artísticas, resonó en Villegas y Villamorón gracias a Laboca, formación de hip-hop que «en los últimos tiempos han hecho varias visitas a la zona y han grabado mucho sonidos, desde las propias palomas hasta los vecinos y los sonidos cotidianos del día a día del pueblo», apunta Pedro Moreno. Con estos registros sonoros y su amplia experiencia artística, Laboca abordó «el reto de trasladar la experiencia de lo que supuso la ‘cultura del palomar’ expresada por la población local de ambos pueblos en una propuesta musical», indicaba desde Acción Cultural Española.
«El vuelo de las palomas, particularmente importante en una región de República Dominicana, simboliza también los desplazamientos y migraciones que animales y seres humanos hemos realizado desde el principio de los tiempos. Este hecho es especialmente perceptible en poblaciones como Villegas y Villamorón, desangradas por el llamado éxodo rural desde la década de 1970», explican desde A/CE.
Sobre los palomares de Tierra de Campos
La cría de palomas es una ancestral tradición de Tierra de Campos introducida por los romanos. Lo explica Prieto Gallego en artículo sobre los palentinos. Los palomares son un emblema del paisaje castellano más austero, tan de bandera como los hórreos en Asturias o Galicia o los caseríos del País Vasco. De hecho, aunque palomares hay en otras regiones de España y en otras comarcas de Castilla y León, los palomares terracampinos son una auténtica seña de identidad, un rasgo distintivo con personalidad y características propias que, por desgracia, resulta cada vez más raro.
Es creencia general que el uso del palomar en estas llanuras cerealistas procede de la colonización romana. Que a ella se debe la técnica para tener a mano a un pájaro silvestre de tendencia gregaria: la paloma. Y también sus formas constructivas, el uso de los materiales de la tierra y un diseño que, con ocho o nueve variantes, “no sólo decora y amuebla el paisaje: lo calienta”, tal como apuntó Miguel Delibes. Dicen que de ella se heredó ese perfil de casa señorial que algunos tienen, cuadrangular, cerrada al exterior pero abierta a un pequeño patio interior, como una diminuta mansión romana pero pensada para que la habitaran los muertos. Porque hay quien ve, también, un reflejo claro entre los columbarios romanos, los nichos en los que los romanos depositaban las urnas con las cenizas de sus muertos, y las horacas o nidales que pespuntean las paredes de los palomares.
Aunque hay varias razas, la bravía (columba livia) y la zurita (columba zurita) han sido siempre las más frecuentes en los palomares de Tierra de Campos. Y tenerlas a mano significó durante siglos la posibilidad de un aporte energético suplementario: la carne de pichón, un lujo al alcance de quienes tenían en su posesión un palomar. Su consumo, tras caer en desuso, volvió hace ya unos años para degustarse en los figones como un manjar exquisito. Como beneficio añadido, la cría en palomar aportaba la recogida de los excrementos, el guano o palomina, que molido y combinado con ceniza se convertía en un excelente abono para huertas y regadíos. Y muy en especial para el cultivo de los naranjos valencianos, hasta donde viajaba por toneladas.
Por otra parte, el uso y disfrute de un palomar, además de un rasgo distintivo del paisaje, también lo fue, tal como se recoge en ordenanzas de la Edad Media, un rasgo de distinción de las clases sociales más pudientes. Su tenencia y disfrute estaba regulada. Andando los siglos, sucedió que el propio mantenimiento de los palomares a lo largo del año era una carga que no todo el mundo podía soportar. El alimento habitual de estas aves es el grano de cereal y leguminosas, por eso cuando ya están recogidas las cosechas y se encara el largo invierno castellano hay que darlas de comer prácticamente a diario. Y hay palomares con muchos cientos de palomas.
Pero si el palomar encaja tan bien en el sobrio paisaje castellano de las planicies cerealistas es porque su materia prima más habitual es el mismo barro sobre el que descansa. Un barro frágil, tan moldeable como efímero, excelente aislante térmico y sonoro que convierte el interior de estas construcciones en penumbrosos refugios de aire conventual; en oasis de una oscuridad que la luz rompe a cañonazos al colarse por las troneras; en una cueva de cuevas que las palomas colonizan mientras encuentren a mano el alimento y el agua que necesitan para sacar adelante sus proles. Un barro que en su blandura y fragilidad lleva implícita la necesidad de un mantenimiento del que no requieren otros materiales constructivos. Un barro que, cuando se abandona, se deshace tan lentamente como una azucarillo. Y es entonces cuando, como soldados medio destripados en mitad de un campo de batalla, piden a gritos que alguien remate su agonía.
Y así están ya muchos de ellos. El cambio en los usos agrícolas durante la segunda mitad del siglo XX, los pesticidas, las desaparición de los grandes latifundios, el despoblamiento del mundo rural o la pérdida de valor de lo que daban ha propiciado el abandono de muchos de ellos. Y, por las mismas razones, cada vez sorprende más ver cómo algunos se han rehabilitado siguiendo las formas tradicionales y, casi siempre por razones de amor propio, continúan en uso.
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