Por José María Arévalo
(De izquierda a derecha, Conchita Moneo, mamá Filo, yo y Toñín en una excursión al norte)
El pasado 6 de noviembre falleció mamá Filo con 103 años nada menos, y no pude despedirme de ella -ya lo siento, de verdad- porque se fue retrasando el plan de irla a ver con su yerno Pedro Fontanillas, ya que mis hijos no me dejan conducir por la edad. Con el hijo de éste conduciendo, nos fuimos todos a Zamora a enterrarla al día siguiente. La última vez que hablé con ella creo fue en las Navidades pasadas, ya que su hijo Toñín Moneo y yo siempre hablamos en esas fechas, uno llama en Noche Buena y otro en Noche Vieja. Lo importante -pensé cuando me llegó la noticia- es que ya estará de tertulia con el Señor, Nuestra Madre, Conchita y mis padres, los suyos, mi hermano Fran y mi cuñado Javier, gracias -como es sabido- a la llamada gloria accidental. No me cabe duda, porque se habrá saltado el purgatorio a la torera -en frase de san Josemaría-, o lo ha cumplido, ya que en la otra vida no hay tiempo.
Lo de “mamá Filo” es una expresión que yo utilizaba bien entrados los años cincuenta, porque entre Toñín y yo había una verdadera relación de hermanos, sobre todo en aquellos años que vivimos en Zamora cuando teníamos entre los 10 u 11 (yo era casi un año mayor, pero sobre todo por ser de octubre iba un curso por delante de él) hasta que nos fuimos a la Universidad.
Antes de eso ya he contado como empezó nuestra relación, en el último artículo, que titulé “La pandilla y las Navidades”, de esta serie de Memoria familiar, que he dejado parada mucho tiempo porque mis hijos no apreciaban mucho las historias de aquellos primeros tiempos y me dijeron que por qué no escribía de cuando ellos nacieron. Pero mira por donde el fallecimiento de mamá Filo me lleva a reanudar la serie, justo donde la dejé.
Decía sobre la pandilla, que Zamora, a principio de los años cincuenta, era una delicia para los niños, que podíamos jugar por la calle a nuestras anchas, no pasaba un coche. “En la plaza de Zorrilla vivía mi amigo Toñín Moneo, y en un par de escalones de un portal junto al suyo, por los que se accedía a una puerta casi siempre cerrada –solo recuerdo una vez que salió alguien y nos echó con cajas destempladas-, nos sentábamos los de mi pandilla, todos en edades próximas a la de hacer la primera comunión, entonces a los siete años. Eran, además de Toñín, Antonio Claumarchirán, que vivía junto al Bazar J, dos portales más abajo del mío, y cuyo padre era un prestigioso abogado; Horacito Morán, un portal más arriba del mío, y padre abogado también; y Chusmi, hijo de Jesús García Casado, uno de los hermanos de los famosos almacenes que ocupaban desde la plaza de Zorrilla a la de Sagasta; y alguno más.”
“Después -concluía- la pandilla se redujo a los cinco antedichos. Y dejamos de salir juntos a los once o doce, por peleas personales, creo recordar. Hasta los quince salíamos Toñín y yo solos, fueron los guateques los que ampliaron nuestro círculo”. Pues bien, en esa época entre los diez u once años y los quince, además de salir solos Toñín y yo, salíamos las dos familias, la suya y la mía, juntos, muchos sábados o domingos, a algunos de los maravillosos ríos trucheros que tenía Zamora y sobre todo León, que Luis Moneo, el padre de Toñín conocía muy bien de ir a pescar truchas, y llevábamos la comida o hacíamos una paella con los muchos cangrejos que caían en los reteles que oportunamente colocábamos. Además, no hacían los Moneo un viaje -eran muy aficionados a recorrer el Norte de la península- sin que me llevaran. Así que al final, me convertí en uno más de su familia; no tanto, pero casi, también Toñín de la mía, ello quizá porque eran solo el matrimonio y dos hijos, y nosotros éramos cinco hermanos.
Y así empecé yo a llamar “mamá Filo” a la madre de Toñín. Pero también porque Filo era muy dulce, muy cariñosa con todos, y conmigo además muy materna. Yo la llamaba así también delante de mis padres, recuerdo que quedaba muy natural dada la relación tan estrecha que teníamos. También con el padre de Toñín, que ya contaré cómo me animó a pintar, regalándome varios bastidores -que preparó a mano en la droguería- y tubos de óleo, por lo que le debo a él mi afición a la pintura. Y desde luego nuestra afición, tanto de Toñín como mía, a la bicicleta; gracias a él pudimos realizar dos grandes escapadas en bici, primero Zamora-Zaragoza y Bilbao-Mieres, y al verano siguiente toda la Costa Brava y la Costa Azul, hasta Ventimiglia.
Pero nuestra relación más que paterno-filial era de mánager, mentor o impulsor. Completamente distinta a la que tenía con mamá Filo. En vacaciones pasaba mucho tiempo en su casa y no volvía a la mía sin un tarro de trucha escabechada u otro manjar para los que tanta mano tenía.
Mantuvimos la relación cuando nos fuimos Toñín y yo a estudiar juntos a Barcelona, él para arquitecto y yo para abogado, pero cuando continuamos la carrera él en Madrid y yo en Salamanca ya nos distanció la vida, hasta que recurrí a él para que fuera padrino de uno de mis trillizos, momento en que reanudamos la relación, pero ya a distancia.
Aproveché el viaje a Zamora para revivir nuestra catequesis de la primera comunión en nuestra parroquia de san Vicente, en la que fue el funeral de Filo, con la gran suerte de que delante del altar estaba, por alguna celebración de esos días, el famoso Yacente zamorano, antes atribuido a Gregorio Fernández y últimamente a su discípulo Francisco Fermín, como ocurre también con el yacente del vallisoletano convento de Santa Ana -pero que es tal la perfección de las tallas que da igual la atribución a uno u otro-. Y al final rezamos la salve ante Nuestra Madre de las Angustias, a la que tanta devoción tenía Filo.
También pude acercarme a la antigua casa de Toñín, y a la mía de San Torcuato 4, a esta con especial interés pues me había dicho una de mis hermanas que el edificio donde nacimos se había convertido en hotel, y quería ver si se mantenía el mirador del segundo piso, el nuestro, para intentar ocupar, en él o cerca, habitación cuando podamos, y recordar así nuestra infancia.
En cuanto a personas, me falla tanto la memoria que solo reconocí en el funeral, y porque me la presentaron, a Yoyi Morán, que fue amiga de mis hermanas y vivía en el edificio contiguo al nuestro, sobre el antiguo Arco Iris, tienda que ya ha desaparecido. Yoyi vive ahora en Madrid y sale -también su marido- con Toñín y Teté.
Al final no pudimos dar a Filo sepultura en la de Luis Moneo, por un problema informático sobre atribución de nichos, con lo que hubo de enterrarse provisionalmente en tumba nueva y tendremos que volver dentro de dos años, si se consigue aclarar el entuerto administrativo, a enterrarla con su marido. Será una ocasión para volver a Zamora y a estos recuerdos, no hay mal que por bien no venga.
Desde el cielo, sigue haciendo de madre con nosotros, mamá Filo.
Home