Por José María Arévalo
(San Bruno. Talla de Martínez Montañés de 1934. Museo Bellas Artesde Sevilla, procede de Cartuja Santa María de la Cueva)
Una maravilla la exposición que podemos ver en la catedral de Valladolid, hasta el 2 de marzo de 2025, “Gregorio Fernández y Martínez Montañés: el arte nuevo de hacer imágenes”, extraordinaria muestra con más de 70 esculturas, pinturas y documentos que atestiguan la dimensión artística de los dos grandes referentes del barroco español. Yo no recuerdo otra tan gran exposición, excepto aquella con que se inauguraron, también en nuestra catedral, Las Edades del Hombre. Por ello precisamente me han extrañado más varios molestos fallos que hacen incómoda la visita: en primer lugar la falta de itinerario señalado para verla, por lo que me he perdido varias veces y terminado con la sensación de que a lo mejor me he quedado sin ver alguna sala; en segundo lugar la absoluta falta de luz para ver bastantes de los letreros que indican lo que cada talla o cuadro es; y finalmente que algunos de estos letreros, más bien pequeños, están situados tan cerca del suelo que tuve que arrodillarme para verlos. Ya me lo había dicho un amigo que se me adelantó a verla, de modo que me fui con gafas de cerca y linterna, y aún así tuve dificultades.
(Santo Domingo de Guzmán en la gloria. Talla de Gregorio Fernández, hacia 1626. Convento de San Pablo y San Gregorio de Valladolid)
Este desorden con que vi la muestra me lleva a enjaretar estas líneas también un poco al azar: voy a recoger primero la información que han dado dos periódicos locales (tanto de fechas, horas y coste de la muestra como de las declaraciones de sus comisarios en la inauguración) y después incluiré un artículo de mi paisano zamorano Juan Manuel de Prada publicado en ABC con el título “Esplendor del Barroco”, del que veo se han hecho eco otros medios. De Prada da su impresión particular de la muestra -con lo que coincido- y hace una interesante incursión sobre el Barroco del que dice “es la identidad estética y espiritual más propiamente española”, y del que “circulan muchas mistificaciones que impiden su comprensión cabal”. Me gusta sobre todo esta afirmación suya: “Montañés y Fernández nos enseñan a través de su obra la esencia última del arte barroco, que es un anhelo de infinitud y trascendencia desde la conciencia de nuestra finitud y debilidad terrenales.”
Busca instruir, deleitar y emocionar
Es, según sus responsables, una exposición que busca «instruir, deleitar y emocionar». Una propuesta que sitúa al espectador en la España del 1600, azotada por la peste, una pandemia capaz de diezmar hasta la cuarta parte de la población de una ciudad como Valladolid. «Era un momento en el que había que desechar la imagen de un dios apocalíptico; había que cambiarlo por otro que recuperase la confianza de los hombres…», recordaban en la inauguración, en el interior de la seo vallisoletana, Jesús Palomero y René Payo, comisarios de la muestra.
(Gregorio Fernández. Talla de 1623. Yacente del monasterio de Santa Clara, Medina de Pomar, Burgos)
De la mano de la Fundación Las Edades del Hombre, la Archidiócesis de Valladolid y la Junta de Castilla y León, la muestra reúne en la Catedral más de 70 esculturas, pinturas y documentos que recuerdan el impacto de los dos grandes imagineros del barroco castellano y andaluz; dos genios que no llegaron a cruzarse en vida –más allá de que ambos optaran a realizar trabajos como el del gran retablo de la catedral de Plasencia, concurso que se llevó el vallisoletano– y que permitieron el salto del manierismo a un barroco naturalista.
«Ellos fueron los responsables de darle un nuevo rostro a Dios; un rostro que ha pervivido hasta nuestros días», apuntaron antes de la inauguración en declaraciones a los medios. Los comisarios recordaron a otra insigne figura del XVII, Lope de Vega, que en 1609 publicó “El arte nuevo de hacer comedias”. «Él enseñó que no había que mostrar lo que es, sino la realidad que el pueblo quería ver», subrayó Palomero. Así, ese nuevo rostro no sería uno que cualquier devoto pudiera encontrar en las calles y plazas. «Bajo su apariencia natural debía esconder una idealización del bien. Y esa bondad se representaba con imágenes esbeltas, armónicas y bellas para despertar la devoción, pues la belleza era sinónimo de divinidad», abundó Palomero.
(Virgen con el Niño (Del Buen Consejo).Talla de Martínez Montañés, de 1632-33. Real Monasterio de San Leandro, Sevilla)
Concebida en 2019, “Gregorio Fernández – Martínez Montañés. El arte nuevo de hacer imágenes” reúne obras procedentes de conventos, iglesias y museos de Valladolid, Sevilla, León, Ávila, Palencia, Cáceres, Jaén, Granada o Cádiz.
Su relato comienza rastreando los orígenes de Gregorio Fernández (Sarria, Lugo) y Martínez Montañés (Alcalá la Real, Jaén), quienes triunfarían con sus talleres en Valladolid y Sevilla, respectivamente. Del primero se exhibe su lápida sepulcral, su partida de defunción o su conocido retrato realizado por Diego Valentín Díaz; del segundo, la pila en la que fue bautizado, el retrato que le hiciera Francisco Varela o el examen que realizó ante el gremio de escultores y entalladores.
A lo largo de seis capítulos, perfectamente delimitados en distintas estancias, el espectador podrá descubrir ‘El origen de dos estilos’, con obras de Pompeo Leoni y de Francisco del Rincón, en el caso de Gregorio Fernández, o de Pablo de Rojas y Jerónimo Francisco García, en el de Martínez Montañés.
(San Juan Bautista. Talla de Martínez Montañés. Monasterio de S. Isidoro, Santiponce, Sevilla)
Con un Ecce Homo, del vallisoletano, y un San Cristóbal o un San Francisco de Asís, del sevillano, la muestra inicia el relato ‘Hacia la configuración del naturalismo’.
En ‘Fieles a Trento’ se enfrentan las obras de uno y otro de manera nítida, mostrando su manera de abordar aspectos de los textos sagrados como la ‘Historia de la Salvación’, ‘La grandeza de María’ o ‘Los modelos de Santidad’.
En ‘Escultura y pintura’ la muestra reivindica la figura de maestros como Diego Valentín Díaz o Francisco Pacheco, colaboradores de los dos imagineros –recurrían a ellos para policromar sus tallas– y, a su vez, responsables de una obra pictórica propia –una Lactancia de San Bernardo en el caso del primero, que descansa junto a una talla con el mismo motivo del escultor– con la que labraron una prestigiosa trayectoria.
(Crucificado de los Valderas. Talla de Gregorio Fernández, de 1631.Iglesia de san Marcelo León)
Para concluir, la muestra revisa ‘Unas estéticas en expansión’ reuniendo obras de discípulos como Andrés de Solanes, con su Paso de la Oración del Huerto; o Juan de Mesa, con su Cabeza degollada de San Juan Bautista. También se pueden contemplar sendos contratos por los que los maestros se encargaban de formar a los aprendices.
La muestra se cierra subrayando «la serenidad y la exquisitez de Martínez Montañés» y la «monumentalidad de Gregorio Fernández» con tallas como el San Jerónimo penitente del andaluz o el Cristo atado a la columna, el Cristo yacente o el Descendimiento de la cruz del castellano, composiciones que configuraron ‘Los grandes modelos’ aún hoy alabados.
Gregorio Fernández – Martínez Montañés. El arte nuevo de hacer imágenes permanecerá en la Catedral de Valladolid hasta el 2 de marzo de 2025. Con entradas a 5 euros, el horario de visita es de martes a viernes, de 10.00 a 13.30 y de 16.00 a 19.30 horas; de 10.00 a 20.00, los sábados; y de 11.15 a 20.00 los domingos y festivos.
(San José con el Niño. Talla de Martínez Montañés, hacia 1610-20. Real Iglesia de Santa maría Magdalena, Sevilla)
Dos colosos de la imaginería policromada
La Catedral de Valladolid -sintetizo la información de otro periódico- recrea el diálogo entre los «dos colosos» de la «imaginería policromada» que hacían «real lo sagrado», Gregorio Fernández y Martínez Montañés, a través de 70 imágenes distribuidas en seis capítulos con el objetivo de «instruir, deleitar y emocionar», y que convertirá a la seo vallisoletana «en el gran museo «de la imaginería policromada española».
Los dos comisarios de la misma, Jesús Miguel Palomero Páramo y René Jesús Payo Hernanz, han mostrado su satisfacción al culminar hoy un proyecto que surgió en 2019. «Desde 2019 venimos trabajando sobre la posibilidad de hacer una muestra en donde se compaginara la creación que se estaba haciendo a los inicios del barroco en Castilla, en Valladolid, fundamentalmente, el gran centro productor artístico en aquellos momentos, y la Sevilla, de comienzos del siglo XVII. Cuando en 2020 tuvo lugar la gran exposición de Martínez Montañés en el Museo de Sevilla, ya nos quedó totalmente claro que había que intentar contraponer la figura de Montañés y la figura de Martínez», ha detallado Payo Hernanz.
(Virgen del Rosario. Talla de Gregorio Fernández 1621. Iglesia de la Asunción de Tudela de Duero)
«Y emoción» por el paralelismo entre lo que sucedió en Valladolid y Sevilla en la época en la que convivieron estos maestros, con la «gran peste de 1600» y la catástrofe provocada por la DANA en Valencia. «Aquí nos surgen unos artistas que ante este momento necesitan a la población, porque esa peste, en un momento determinado, se dice que es producida por los vicios sociales. Entonces el Dios que existe en ese momento, con una cara y con un rostro absolutamente apocalíptico, hay que desecharle porque se necesita un tipo de imagen que recupere la confianza de los hombres. Y aquí nos surge Gregorio Fernández y aquí nos surge Martínez Montañés, haciéndonos un nuevo tipo de rostro de Dios», ha explicado el comisario de la exposición.
Un tipo de rostro, ha ahondado Palomero Páramo, que se sigue manteniendo en los «momentos actuales, hasta el punto de que el sevillano o el vallisoletano no saben rezar a otra cara que no sea la que estos hombres y la fisonomía que estos llevan a cabo».
(San Pablo. Talla de Martínez Montañés, de 1633. Iglesia de S. Miguel de Jerez de la Frontera)
«Es un rostro que, bajo la apariencia del natural, esconde una idealización del bien. Es el bien lo que tratan de representar. ¿Y cómo es ese el bien? Son, en principio, imágenes altas de estatura y esbeltas de cuerpo, porque tienen que seguir una proporción armónica, que son las nueve cabezas. En segundo lugar, son hombres bellos, porque la belleza es sinónimo de la divinidad. Y Cristo nos dice en las Escrituras que era el más hermoso de todos los hombres. Y, finalmente, porque deben de provocar la devoción. Provocar la devoción, que es la gran diferencia que hay entre un escultor y un imaginero», ha argumentado.
Hacer real lo sagrado
Por su parte, Payo Hernanz ha incidido en que la exposición contrapone «estos dos grandes personajes, los dos más importantes escultores del siglo XVII español, en sus semejanzas, pero también en sus diferencias». «Tienen muchas concomitancias, pero también tienen una manera distinta de plantearse y de acercarse a ese intento de hacer que lo sagrado se haga real», ha apostillado.
(Inmaculada Concepción. Talla de Gregorio Fernández, de 1625. Catedral de Astorga)
Y eso se consigue a través de esas 70 piezas, «entre esculturas, pinturas, obras documentales», donde también se evidencia el «rastro dejaron las obras de estos «maestros». «Es una exposición sencillamente estilística, en donde hablamos en primer lugar de cuál es el origen estético de estos profesionales, el origen estético de estos maestros, después cómo ambos de manera diferente van contribuyendo a la creación de ese estilo naturalista, después cuáles son sus grandes tipos, los grandes tipos que han desarrollado, y cuáles son los grandes sucesores», ha descrito.
En este punto, ha incidido en que el estilo de Martínez Montañés y el de Gregorio Fernández «no se extingue con ellos, sino que se mantiene». «En Sevilla está bien entrada la segunda mitad del siglo XVII, y en Valladolid incluso podemos ver algunas piezas que remedan el arte de Fernández a comienzos del siglo XVIII. Tal fue la huella y la importancia que tuvieron estos dos grandes titanes, que no llegaron a cruzarse en vida, pero que sin duda alguna ellos se conocían de oídas, y que estuvieron también insertos en algún pleito, en algún concurso como el concurso del Gran Retablo de la Catedral de Plasencia, que se llevó Gregorio Fernández», ha concluido.
(Inmaculada. Talla de Martínez Montañés hacia 1625. Iglesia de San Julián de Sevilla)
Capítulos
Son seis los capítulos en los que están divididos la muestra que se exhibe desde hoy en la Catedral de Valladolid. La pila bautismal donde se bautizó Montañés y la Lápida Sepulcral de Gregorio Fernánez, así como legajos indicativos de partida de nacimiento y defunciones, reciben al visitante que se adentra a través de un laberinto de imágenes policromadas y documentales en el mundo de estos dos maestros.
El capítulo uno recoge obras de Pompeo Leoni, Francisco Rincón o Pablo de Rojas que van moldeando lo que será el estilo de ambos. El segundo de los capítulos refleja la vida en Valladolid y Sevilla de los escultores y como estas dos ciudades suponen una oportunidad para emprender su carrera y para poder conocer a otros maestros, estilos y técnicas y donde sobresalen el San Cristóbal de Montañés o el Ecce Homo de Gregorio Fernández.
(San Miguel. Talla de Gregorio Fernández, hacia 1634. Iglesia de San Miguel, Alfaro, la Rioja)
El tercer capítulo muestra como el Concilio de Trento influye en su obra. Aquí se confrontan creaciones como San José con el Niño Jesús; San Juan Bautista y San Juan Evangelista o San Pedro y San Pablo que permiten al visitante analizar estilos.
El capítulo cuarto permite comprender y valorar el gran papel de los policromadores de las tallas de los escultores protagonistas. Cada maestro tiene al suyo, Gregorio Fernández a Diego Valentín Díaz y Martínez Montañés a Francisco Pacheco.
El penúltimo de los episodios refleja obras de Juan de Mesa, Andrés de Solares o Manuel Rincón, escultores en cuyas obras se ve la huella que dejaron los dos grandes maestros tras pasar por sus talleres.
(San Francisco de Asís. Talla de Martínez Montañés en 1625-30. Iglesia de Santo Domingo de Silos, Arévalo, Ávila)
La exposición se cierra «a lo grande» con la serenidad y exquisitez de Martínez Montañés y la solemnidad y monumentalidad de Fernández con obras como el Cristo atado a la Columna o el Descendimiento de la Cruz de Gregorio Fernández o la Cabeza degollada de San Juan Bautista sostenida por los ángeles y Niño Jesús Salvador del Mundo, entre otras, de Martínez Montañés.
Artículo de Juan Manuel de Prada
“Esplendor del Barroco” titulaba su artículo Juan Manuel de Prada en ABC a poco de la inauguración. Escribía:
“El equilibro barroco no es la falsa armonía renacentista, idealizadora de los placeres mundanos, sino equilibrio que subordina la vida a su fin último, que es la salvación del alma.
Visitamos en la catedral de Valladolid la exposición recién inaugurada que junta (que confronta, para ilustrar su íntima unidad) una selección de las obras de los imagineros Gregorio Fernández y Juan Martínez Montañés, cúspides respectivas de las escuelas castellana y sevillana. Se trata de una exposición de una belleza abrasadora, que conmueve y a la vez sobrecoge; y que vuelve a demostrarnos que la nota distintiva del carácter español es la gravedad, una ‘gravitas’ sedienta de luz, victoriosa de las tinieblas, que adquiere su expresión más cuajada en el arte barroco.
( Lactación de San Bernardo. Talla de Gregorio Fernández, h 1615. En Santa María de Valbuena)
Así queda nítidamente reflejado en esta exposición prodigiosa de Fernández y Montañés, que nos permite entender las diferencias notorias y la íntima unidad de dos artistas de estilos diversos que se complementan y enriquecen mutuamente. Fernández y Montañés tal vez nunca llegaran a conocerse; pero participan de unas influencias similares y, sobre todo, de una visión espiritual común que eleva sus creaciones y en cierto modo las hace converger, sin que pierdan ni un ápice de su autonomía. Esa visión espiritual común les permite hacer imágenes en las que lo sagrado se hace carnal y viceversa, deshaciéndose –como de una cáscara vieja– de los artificios manieristas, para desembocar ambos –cada uno con su personalidad distintiva, más expresionista y dramática la de Fernández, más contenida y delicada la de Montañés– en el Barroco.
(Ecce Homo. Talla de Gregorio Fernández hacia 1620. Museo Catedral Valladolid, procede de San Nicolás)
Sobre el Barroco –que es la identidad estética y espiritual más propiamente española– circulan muchas mistificaciones que impiden su comprensión cabal. El Barroco no es una mera reacción al clasicismo, ni tampoco una superación o degeneración o agotamiento del mismo, sino la plasmación artística de una determinada concepción del hombre y de su lugar en el mundo. El Barroco, en sus creaciones más señeras –y desde luego las tallas de Fernández y Montañés lo son–, plasma la tensión dramática entre el destino sobrenatural –glorioso– del hombre y su concreta circunstancia terrenal; y todo ello a través de formas expresivas a la vez apasionadas y místicas que cristalizan en una gravedad que puede ser más dulce o severa, más tremendista o idealizada; pero unida en su diversidad, como están unidos, conservando su distinción, los átomos y los ángeles, para formar coros y moléculas.
(Cristo crucificado. Talla de Jerónimo Fernández García y ¿José Risueño?, hacia 1623. Sacristía de la Catedral de Granada)
En esta exposición de Fernández y Montañés, bajo las altas bóvedas de la catedral vallisoletana, anidando entre los pilares que se disparan como surtidores de agua bautismal para florecer en lo alto, el visitante puede «escuchar con los ojos» el latido del Barroco español, que no es un mero culto a las formas, sino expresión de un drama teológico en el que se juntan la tristeza de la caída y el alborozo del vuelo, las simas de la muerte donde la carne de adorna de verdugones y las cumbres de la gloria donde el alma se adelgaza hasta tornarse luz. Por eso en las creaciones de Fernández y Montañés hallamos a un tiempo formas que se elevan –santos en un éxtasis místico o en un rompimiento de gloria, Vírgenes con la luna a sus pies y la antigua serpiente acogotada– y formas que se duelen: Cristos flagelados por los que se desangra el mundo, Cristos yacentes que detienen la órbita de los planetas, santos penitentes que se golpean el pecho con un guijarro, como si golpeasen con una aldaba su propio sepulcro. Y en esta mezcla de formas que se elevan y se duelen se halla el equilibro barroco, que no es la falsa armonía renacentista, idealizadora de los placeres mundanos, sino equilibrio que subordina la vida a su fin último, que es la salvación del alma.
(Cabeza degollada de san Juan Bautista. Talla de Juan de Mesa en 1625. Museo de la Catedral de Sevilla, procedente del monasterio de Santa Clara de Sevilla)
Montañés y Fernández nos enseñan a través de su obra la esencia última del arte barroco, que es un anhelo de infinitud y trascendencia desde la conciencia de nuestra finitud y debilidad terrenales; una contradicción aparente que a veces se resuelve de forma tortuosa y desaforada y otras con una serenidad dulcísima. Esa tensión interior nunca el arte había sido capaz de plasmarla antes; y sospecho que nunca ha sido capaz de plasmarla después (pues a medida que el arte se ‘desbarroquiza’ pierde noción del misterio de nuestra fragilidad anhelante de grandeza). Frente a los arquetipos idealizados del Renacimiento, el arte barroco fija su atención en cada figura humana, en cada acción humana, en cada gesto humano, con exagerada y abnegada minucia: la mano que se crispa, recorrida de venas como ríos de lava; la boca que gime como si cantase un himno de gracias; la carne sublimada por el ascetismo o dilacerada por el martirio. Fernández y Montañés, catequistas sublimes de Trento, sabían que en el libre albedrío de cada hombre se dirime su destino; sabían que en las más tristes y mortificantes realidades mundanas anida la Redención; sabían que en la vida que se extingue está prefigurada la Resurrección.
( San Cristobal. Talla de Martínez Montañés 1597-1598. Iglesia del Divino Salvador, Sevilla)
De todo esto nos habla esta exposición grandiosa que muy encarecidamente recomiendo. Afirmaba Leonardo Castellani que «la nación que pierde el sentido de lo sacro está perdida»; y añadía que «el sentido de lo sacro no es la religión sino algo anterior a ella; en el cual ella se encarna y a la vez lo estructura, en relación de materia y forma». La pérdida de este sentido de lo sacro dificulta sobremanera –o más bien torna imposible– el entendimiento de las realidades naturales, que despojadas de su entraña e inspiración sagradas se vuelven antinaturales, según la divulgada sentencia chestertoniana. Y así, cuando uno abandona la catedral de Valladolid, entiende perfectamente por qué el arte de nuestra época es un arte antinatural y fiambre.
(Calvario del Retablo Mayor del Convento de San Diego. Tallas de Pompeo Leoni y taller, de 1606-07. Museo Nacional de Escultura)
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