Por José María Arévalo
(León XIV saluda a los acólitos franceses)
Me ha parecido un buen titular este de que “El Papa llama al orden sobre la Misa”, porque creo hace mucha falta , pienso yo, más orden y seriedad, y majestad, a los curas cuando dicen la Santa Misa. Aunque es verdad que se trata de detalles a los que no deberíamos dar más relevancia, lo cierto es que muy pocos curas respetan las indicaciones que da el misal sobre la forma de decir la Santa Misa. Esta mañana, por no ir más lejos, el cura, en la Misa a la que he asistido, tras la oración de los fieles, lo primero que ha hecho es verter vino y agua sobre el cáliz, cuando las rúbricas dicen que primero se levanta el pan rezando en el Ofertorio, la oración “Bendito seas Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y…” , que por cierto es una belleza, tomada de la bendición de la mesa que hacían los judíos a diario. Y claro, tras mezclar el agua y el vino ha ofrecido a la vez el pan y el vino, con un texto que no recoge la liturgia, improvisando el cura: “Bendito seas Señor, Dios del Universo, por este pan y este vino, fruto de la tierra, de la vid y…”. En fin, no es que sea mucho problema, pero se está inventando los textos de la Misa sin necesidad, pienso que solo por ahorrar unos segundos y hacer la Misa más cortita. Lo curioso es que muchos curas que hacen esto, luego se enrollan con textos inventados, por ejemplo antes del Padre Nuestro o la comunión, y la Misa acaba saliendo más larga. O sea que inventan para ser originales, no para hacer la Misa más corta.
Y claro, el Papa se queja de falta de «orden y majestad» en la misa, y tiene toda la razón. Los curas más fieles sí respetan los textos y rúbricas del Misal, pero son más bien pocos. Así que está muy justificada esta llamada que ha hecho el Papa, que leemos en Religión en Libertad del pasado 26 de agosto. Veámos la noticia completa, no vayamos a estar exagerando.
“León XIV -titulaba- pide «orden y majestad» en la misa para que se capte «la grandeza sagrada del Misterio.
El Papa recibió este lunes en la Sala Clementina del Vaticano a la peregrinación nacional de los servidores de altar franceses. Les dirigió una bella admonición sobre el Misterio de la Misa al que sirven y realizó un indirecto homenaje a la declaración Dominus Iesus.
Veinticinco años de «Dominus Iesus»
El pasado 6 de agosto se celebró el vigesimoquinto aniversario de la declaración Dominus Iesus del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto era entonces el cardenal Joseph Ratzinger. Era el año del Gran Jubileo del año 2000, y en el bimilenario de Cristo la Santa Sede tuvo que recordarle a los católicos “la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia”: todo un síntoma la desorientación del pueblo cristiano y de muchos de sus pastores. De hecho, está considerado como el documento más controvertido del pontificado de Juan Pablo II.
León XIV no mencionó explícitamente la Dominus Iesus en sus palabras a los acólitos, pero sí afirmó tajantemente que, ante la pregunta “¿Quién vendrá a ayudarnos? ¿Quién se compadecerá de nosotros? ¿Quién vendrá a salvarnos?”, la respuesta “está perfectamente clara y resuena en la Historia desde hace dos mil años: solo Jesús viene a salvarnos, y nadie más, porque solo Él tiene el poder para ello (Él es Dios Todopoderoso en persona) y porque nos ama”.
De esto ha dado prueba, argumentó posteriormente, “dando su vida por nosotros ofreciéndola en la Cruz”. Es “lo más maravilloso” de nuestra fe católica, “lo que nadie habría podido imaginar ni esperar: Dios, el Creador del cielo y de la tierra, quiso sufrir y morir por las criaturas que somos. ¡Dios nos ha amado hasta morir! Para ello, descendió del Cielo, bajó hasta nosotros haciéndose hombres, y se ofreció en sacrificio en la Cruz, el acontecimiento más importante de la historia del mundo… ¿A qué esperamos para amarle correspondiéndole como merece?”
Belleza y majestad del Misterio de la Misa
Precisamente la Eucaristía a la que ayudan los acólitos y monaguillos es donde hoy “Jesús sigue dando su vida sobre el altar, sigue vertiendo su sangre por nosotros”. “Queridos servidores del altar”, exclamó el Papa Robert Prevost, “la celebración de la misa ¡es hoy lo que nos salva! ¡Salva al mundo, hoy! Es el acontecimiento más importante de la vida del cristiano y de la vida de la Iglesia”.
Por ello, aunque la misa es “un momento de fiesta y de alegría (¿cómo no se alegrará el corazón en presencia de Jesús?) es al mismo tiempo un momento serio, solemne, lleno de gravedad. Que vuestra actitud, vuestro silencio, la dignidad de vuestro servicio, la belleza de la liturgia, el orden y la majestad de los gestos, introduzcan a los fieles en la grandeza sagrada del Misterio”.
«Poned a Jesús en el centro de vuestra vida»
El pontífice aprovechó para recordar la sustancia de lo que es un Año Santo: “Un gran regalo del Cielo… una ocasión excepcional” que el Señor nos ofrece, al traspasar la Puerta Santa (de Roma o de los templos facultados para ello), para “convertirnos, es decir, para volvernos hacia Él, para crecer en la fe y en su amor, para ser mejores discípulos y que nuestra vida sea bella y buena a sus ojos, con vistas a la vida eterna”.
Por eso animó a quienes le escuchaban a “dedicar un tiempo para hablar a Jesús en el secreto del corazón y amarle cada vez más”: “Él no tiene otro deseo que formar parte de vuestra vida para iluminarla desde dentro, ser vuestro mejor y más fiel amigo. La vida es hermosa y feliz con Jesús. Pero Él espera vuestra respuesta, llama a la puerta y espera antes de entrar”.
San Pedro lo dice con firmeza, recordó León XIV: “Bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” (Hech 4, 12). Y añadió: “Jamás olvidéis estas palabras, queridos amigos, grabadlas en vuestro corazón y poned a Jesús en el centro de vuestra vida. Os deseo que partáis de Roma más cercanos a Él, más decididos que nunca a amarle y servirle, y mejor armados de esperanza para recorrer la vida que se abre ante vosotros. Esta esperanza será siempre -en los momentos difíciles de duda, de desazón y de tempestad- como un ancla sólida lanzada hacia el cielo que os permitirá continuar el camino”.
La «desgracia» de la falta de vocaciones
León XIV concluyó deseando que los acólitos estén atentos a la posible llamada de Jesús “a servirle más de cerca en el sacerdocio”: “¡La falta de sacerdotes en Francia, en el mundo, es una gran desdicha! Una desgracia para la Iglesia. Ojalá podáis, poco a poco, de domingo en domingo, descubrir la belleza, la felicidad y la necesidad de esa vocación”.
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