Por José María Arévalo
(Entrada a la cuarta planta)
En la cuarta planta el Reina Sofía ha armado ‘Colección. Arte Contemporáneo: 1975-Presente’ un multicolor caleidoscopio articulado en 21 salas que entrecruzan todo tipo de temas para poner a prueba al espectador. La capacidad transformadora del arte es el denominador común de un recorrido que se abre con el icónico cuadro de Juan Genovés ‘Documento n…º’. Esta es la primera remodelación de las cuatro plantas del histórico edificio de Sabatini. A mediados del año 27 se cerrará la reforma de la tercera, de los años 50 y 70. El proceso culminará en 2028 con la presentación de una segunda planta dedicada a las vanguardias.
El arte contemporáneo denuncia, protesta, combate, cuestiona y «transforma y cuenta su tiempo» según Manuel Segade, director del Museo Reina Sofía. Es política y compromiso, tiene ideología, construye democracias y diluye dictaduras, habla de sexo, sida, drogas, exclusión, racismo, activismo, feminismo y nuevas perspectivas de género. Se puede constatar en el museo público que vuelve a mudar de piel reordenando su colección de arte contemporáneo y exigiendo otra mirada del espectador.
«La obra de arte es el vehículo para contar su tiempo», plantea Segade que en su tercer año en la casa inicia un cambio radical en la pinacoteca, que va a cumplir 40 años.
La era Segade empieza contando el último medio siglo del arte de España mediante 403 obras de 224 artistas. Parte de los convulsos años 70, que ayudan a comprender el presente como una construcción colectiva: el espacio democrático fraguado desde el inicio de la Transición hasta la actualidad, con gigantes como Miró y Picasso protestando contra la censura y el acoso del tardofascismo.
Segade propone «una historia afectiva» y «una lectura emocional de estos 50 años» en tres itinerarios. Se trata de «una revisión de la cultura material del arte contemporáneo» y «de la historia del propio museo» en un recorrido por una superficie de más de 3.000 metros cuadrados que alterna obras muy conocidas de la colección con adquisiciones recientes de piezas muy actuales de jóvenes artistas.
«No queremos crear un relato único y unívoco, sino abrirlo y socializarlo», dice Segade, para quien «el relato es tan importante como la obra». Su ordenación «discute el canon construyendo múltiples relatos permanentemente revisables que abran la discusión que construirá el canon del futuro».
«El arte contemporáneo es político. Sería inocente no verlo. También lo era el arte de Velázquez o el de Goya, pero ahora debemos dar a cancha a muchas voces» reivindica su propuesta.
Itinerarios
El primer bloque explora las estructuras afectivas de la Transición: el desencanto, la violencia latente, la irrupción de subjetividades silenciadas. Junto a Genovés, la portada de Hermano Lobo firmada por Chumy Chúmez, los grabados de Picasso dañados en un atentado ultraderechista o la tela quemada de Miró evocan la fragilidad del momento. No se celebra la democracia como destino cerrado; se recuerda su conquista y su vulnerabilidad.
El primer itinerario, Una historia de los afectos, sitúa el cuerpo en el centro. Feminismos, prácticas queer, contraculturas urbanas y comunidades golpeadas por la heroína y el sida articulan un recorrido donde lo íntimo se vuelve político.
Obras de Judy Chicago, Esther Ferrer o Barbara Hammer dialogan con las imágenes de David Wojnarowicz o las instalaciones de Pepe Espaliú. El duelo atraviesa las salas: el del VIH, el del 11-S y el 11-M, el de la representación misma. Juan Muñoz convierte el espacio en una tierra baldía de signos mudos; Beatriz González inunda un muro con cuerpos cargados como memoria persistente de la violencia. El visitante no asiste a una lección académica, sino a una experiencia emocional y política.
Escultura, ficción y nuevos materialismos
El segundo itinerario rompe la frontera entre objeto y espectador. Desde el estructuralismo escultórico de los setenta hasta las generaciones más recientes, la escultura deja de ser pieza aislada para convertirse en campo gravitacional, en arquitectura transitable, en cuerpo expandido.
Juan Navarro Baldeweg, Susana Solano o Cristina Iglesias dialogan con Teresa Solar o June Crespo. La ficción ya no es evasión: es herramienta para pensar cómo habitamos el mundo y cómo nos relacionamos con los objetos. Las obras conviven físicamente con el público, eliminan distancias, reclaman presencia.
El museo se mira a sí mismo
El tercer itinerario incorpora por primera vez la genealogía del propio sistema artístico español. Galeristas, comisarias y exposiciones clave aparecen como parte del relato. El Reina Sofía se reconoce actor de esa historia y asume que la institución no es neutral.
Amanda de la Garza, subdirectora artística del Museo, destaca que el proyecto ha implicado a todos los departamentos. También introduce cambios estructurales: textos más didácticos, cartelas en papel en lugar de vinilo, iluminación LED, un diseño museográfico que abandona la neutralidad y coloca al visitante en el centro. De hecho, el recorrido cuenta con sillas portátiles, distribuidas por toda la planta, para facilitar una visita descansada.
Autores españoles y otros
Del total de artistas presentes, un 77% (173) son españoles y un 23% (51) de otra nacionalidad, con un 31% (16) latinoamericanos. Hay 26 colectivos con obras realizadas en colaboración. Del resto, 129 (65 %) son hombres y 69 (35 %) mujeres. «Es la proporción más elevada que ha mostrado Reina, cuyas colecciones –con 26.000 obras– cuentan con menos del 15 % de artistas mujeres», precisa Segade.
De las más de 400 obras expuestas, 258 (64 %) son inéditas. Hasta 70 se compraron entre 2024 y 2026 y más de la mitad de ellas, 36, son obras mujeres (51 %). Las cartelas son de papel y no de plástico, y la iluminación led en una clara apuesta por la sostenibilidad.
La propuesta Segade no «no es cronológica, ni lineal como no lo es la realidad». Arranca con la complejidad de la movida «que merece una nueva discusión» que da cabida a Pérez Villalta, Ceesepe, Las Costus, Montxo Algora, Alaska, Radio Futura o Aviador Dro.
Reaparece Miquel Barceló, ausente en la era Borja-Villel y que regresa con una veintena de retratos de Hervé Guibert, amigo del pintor mallorquín y víctima del sida. Sigue ausente Jaume Plensa –«no hay piezas que encajen en el relato» dice Segade–, y se queda fuera el 15 M a cuyo discurso prestó notable atención Borja-Villel.
Se aborda la Transición y terrorismo de ultraderecha, los dramas de la heroína y el sida -por extenso-, la contracultura y todos los aspectos de diversidad sexual. Se ocupa del boom de la escultura en los noventa con mujeres como Cristina Iglesias, Susana Solano, Carmen Calvo, Ángeles Marco o Paloma Navares.
Entre los pintores brillan Juan Uslé, Chema Cobo o Eva Lootz. Entre los fotógrafos, Ouka Leele, Cristina García Rodero, Chema Madoz y el grupo de Nueva Lente. El recorrido acaba con la explosión de la cultura afro, feminismos, cultura LGTBIQ+ y artistas de última hornada como Marina Vargas en fotografías, instalaciones, cuadros.
«La forma de mostrar es parte de la intención de un museo», reitera Segade, cuya propuesta, «no responde a mi gusto personal». Con ella pondrá a prueba al espectador que deberá afrontar un recorrido tan intenso como variado. «Queremos espectadores bien desayunado», ironizó Segase que le propone un camino «para que elija su propia aventura». Quiere que «cualquier persona ajena a lo que ha pasado en España en el último medio siglo y en el museo se lleve una idea de la aportación de nuestros artistas a la cultura».
El Reina se fija en sí mismo y dedica varias salas a recrear un trayecto que se inició en 1986. «El museo se mira el ombligo y explica lo que ha hecho en estas décadas», dice su director.
«No me preocupa que la política cambie lo que acabamos de hacer. He trabajado con gobiernos de derechas que han sido muy respetuosos con los discursos artísticos, como el Centro Arte Dos de Mayo de Móstoles o en el Centro Gallego de Arte Contemporáneo». No sigo directrices políticas, sino las que marca el arte contemporáneo», concluye.
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