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La Vendée, el primer genocidio de la era moderna

Tres foramontanos en Valladolid 25 Mar 2026 - 07:29 CET
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Por José María Arévalo Riera

(«La guerra de la Vendée. Una cruzada en la revolución» del historiador Alberto Bárcena. Ediciones San Román)

Me desayuno a diario oyendo a Jiménez Losantos por Esradio, aunque como me acabo de levantar no pongo mucha atención, y efectivamente hace unos días algo le entendí de la polémica que él ha levantado recientemente sobre La Vendée. La verdad es que no tenía yo mucha idea sobre este episodio de la Revolución francesa, que con la “Cristiada” mejicana -de la que sí hemos escrito en este blog  en varias ocasiones- y la Cruzada española del 36, me entero ahora se cuentan los tres genocidios contra católicos, de la era moderna.

También me entero ahora de que la novela más desconocida de Julio Verne es precisamente una obra que ensalza la epopeya católica de La Vendée, “El conde de Chanteleine” (Libros Libres), y de que en 2023 se estrenó ‘Vencer o morir’, producida por Puy du Fou, que cuenta la historia del caudillo vandeano Charette.

Me he encontrado todo ello muy bien explicado estos días en un artículo de José María Carrera Hurtado en Religión en Libertad, titulado “Lo espiritual, ¿cada vez «más patente» en Losantos? El padre Delgado aborda la polémica de La Vendée”, y subtitulado “El sacerdote y fundador de «La Sacristía de La Vendée» profundiza en el debate surgido en torno al podcast del periodista de esRadio, Federico Jiménez Losantos”. Vamos a verlo, y al final damos un recorte de otro artículo al que este se remite sobre qué fue La Vendée.

No todos los días -comienza el artículo- se escucha en prime time que la Revolución Francesa fraguó el molde y medida de todos los genocidios anticatólicos. Y menos a uno de los locutores con mayor audiencia en España. Es precisamente lo que sucedió el pasado 14 de febrero, durante el estreno por Federico Jiménez Losantos de su podcast Pensar la Vendée. El presentador de esRadio desató la polémica entre seguidores y detractores y no todos aplaudieron su planteamiento. Pero más allá del relato, entre los más de 110.000 usuarios que ya han visto el podcast, resonaba la celebración de poner en valor un episodio crucial y, hasta no hace mucho, silenciado.

Francisco José Delgado, sacerdote y fundador de la conocida tertulia La sacristía de La Vendée, fue una de las voces que más remarcó que “más allá de las interpretaciones”, recordar esa historia siempre será algo bueno. Como dijo en sus redes, “es tan luminosa que fácilmente se transparenta la verdad”. Y, en su opinión, la gesta histórica también habría llevado a Losantos a ir “acercándose progresivamente a la verdad”.

En conversación con Religión en Libertad, el sacerdote profundiza en su interpretación del significado e implicaciones del podcast, aborda la polémica y responde, entre otras, a una pregunta: ¿Hay alguna explicación espiritual tras el estreno del programa?

-Mencionaba su alegría de que Federico Jiménez Losantos hable de la Vendée. ¿Por qué diría que es una buena noticia?

-El alzamiento contrarrevolucionario vandeano es frecuentemente ignorado porque se ha establecido la narrativa de que la Revolución Francesa fue algo bueno, así que algo contra la Revolución no debería serlo. Que una figura de la talla de Jiménez Losantos hable abiertamente de ello es muy bueno, porque ayuda a dar a conocer la historia real de los vandeanos a muchas personas que, de otro modo, no lo harían.

-¿Cree que el caso de Losantos demuestra que es posible comprender lo sucedido en la Vendée aunque no se tenga fe? ¿Es, en cierta forma, comparable al fenómeno del llamado `catolicismo ateo´ de pensadores que parten de premisas sociales cristianas, aún sin serlo?

-Jiménez Losantos ha recorrido un camino muy personal para llegar a La Vendée. Del comunismo militante pasó al anticomunismo, dándose cuenta de que lo primero siempre lleva unido el Gulag. Esto le llevó a entender que la Cruzada Nacional fue un movimiento anticomunista en el que la fe católica jugó un papel fundamental. La saña con la que los marxistas y anarquistas persiguieron a los católicos era señal de un odio que iba más allá de una postura ideológica concreta. Entonces es cuando, según cuenta Federico, entiende que el origen de todo es anterior, y ve en la Revolución la cristalización de todo lo que se venía fraguando desde la Ilustración y el racionalismo. El odio hacia los católicos, hacia la fe, se convierte en un odio hacia la libertad que se opone a un estado que pretende abarcarlo todo.

»Esto, ciertamente, se puede ver desde fuera de la fe, pero en el caso de Federico hay siempre una postura ambigua. Más que un ateísmo, es un agnosticismo práctico de alguien que se resiste a abrazar la fe en sentido pleno. Muchos «ateos católicos» ven lo católico como algo histórico, cultural, identitario. En el caso de Jiménez Losantos, por todo lo que ha expresado en estos meses en los que ha hablado de La Vendée, y especialmente en el primer capítulo del pódcast, se ve algo más profundo, que habla de una batalla espiritual y de la necesidad de Dios.

-¿Podría la popularización de la Vendée abrir un debate más amplio sobre la persecución anticatólica en la historia moderna y el presente?

-Eso es fundamental. Se cumplen cien años del comienzo de la Cristiada, que tiene una conexión directa con La Vendée. No es sólo la persecución, sino la persecución que nace de una resistencia, de que los católicos se planten frente al poder despótico y mundano de la Ilustración y la masonería y, por lo tanto, sufran la violencia que es su única respuesta. El mundo quiere a una Iglesia sumisa y obediente a sus dictados. Esto lo consiguió en la Revolución protestante, cuando los que se proclamaron «reformadores» no dudaron en poner lo espiritual al servicio del interés político de los gobernantes del momento. Desde entonces la Iglesia lucha por su libertad. Federico lo entiende como libertad individual. También lo es, aunque para nosotros es algo más grande.

-¿Por qué cuesta tanto llamar “genocidio” a la Vendée? ¿Cree que tanto el podcast de Pensar la Vendée como las obras ya “clásicas” al respecto, pueden marcar, o han marcado, un punto de inflexión?

-La historia de La Vendée fue sepultada, como se ha hecho otras veces en ocasiones semejantes. Todos los que se acercan al estudio de las fuentes —incluidos los documentos de los mismos encargados del exterminio de los «bandidos»— hablan claramente de genocidio. El problema es que el orden político moderno quiere fundamentarse en la versión idealizada de la Revolución Francesa, como superación de un Ancien Régime que supondría un estado de opresión terrible del que el hombre se habría liberado después de una lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero si resulta que esa liberación se dio sobre la sangre de cientos de miles de campesinos católicos, entonces las cosas se empiezan a poner en cuestión.

La recuperación de la historia real de La Vendée viene de lejos. En Francia se cita siempre a Reynald Secher como quien reabrió la cuestión. Y después viene la obra divulgativa de Philippe de Villiers y su emblemático Puy du Fou. En España el Prof. Alberto Bárcena ya publicó hace una década su libro La guerra de la Vendée. Una cruzada en la Revolución que ayudó a popularizar algo que era más o menos conocido en algunos círculos católicos. El pódcast de Federico Jiménez Losantos se encuadra en este movimiento, por más que él haya llegado al tema siguiendo, como decía, su propio camino. Y espero que cada vez se conozca más.

-¿Puede el episodio de la Vendée ser un punto de encuentro entre católicos de distintas sensibilidades?

-Sí y no. Será un punto de encuentro de aquellos católicos que entiendan que no se puede servir al mundo ni pretender tener una coexistencia pacífica con las fuerzas que lo dominan. Sin embargo, no faltarán católicos que juzguen que resistir, o incluso tomar las armas en defensa de la fe, es algo desproporcionado o imprudente. Los católicos, tanto en La Vendée, como en el México cristero y en la España de la Segunda República, fueron extremadamente pacientes. Pero nunca cedieron ni renunciaron a su misión de evangelizar y transformar la sociedad a imagen de Cristo. Siempre con la Palabra, la caridad y el martirio como fuerza principal, pero cuando la justicia lo exige y no hay otra manera, usando también la fuerza necesaria para defender los derechos de la Iglesia. Por tanto, La Vendée puede ser un punto de encuentro, pero también piedra de escándalo.

-¿Cree que esta materia y podcast tratado por Losantos apunta hacia una cosmovisión más religiosa y espiritual o, por el momento, solo parece intelectual?

-No puedo dejar de ver, como he comentado, un aspecto espiritual y religioso que cada vez se hace más patente. Unos días antes del lanzamiento del primer capítulo del pódcast, Federico comentaba en su programa de radio: «Estamos en un combate. Lo que llaman los católicos las dos ciudades de San Agustín: la ciudad de Dios que es Roma y la ciudad del diablo, Lucifer, que es la Ilustración, el racionalismo y el odio a todo lo católico y a una Verdad Revelada. ¿Por qué? Porque eso significa que hay algo por encima del hombre y del poder político que es Dios. Y para el hombre que quiere ser Dios, pues naturalmente eso es intolerable». Esto, creo yo, si se dice desde una postura meramente intelectual, pierde toda su fuerza.

-¿Qué debería aprender hoy un joven católico sobre la Vendée?

-Además de la historia, que es testimonio de la fe y la entrega de los mártires y soldados de Cristo, un joven católico debe aprender que la fe tiene necesariamente una vocación militante, un aspecto de lucha. En un ambiente cultural woke, blandengue y sentimentalista, entender que la fe es algo tan grande que es necesario estar dispuesto a dar la vida por defenderla es un signo evangelizador hoy muy necesario. Esta infantilización de la fe es algo claramente buscado por las mismas fuerzas que llevan siglos intentando amordazar a los católicos. Que los jóvenes católicos tengan a los vandeanos, a los cristeros o a los católicos que lucharon en nuestra Cruzada Nacional como ejemplo es algo temible para el mundo, pero que supondría un bien inmenso para la Iglesia.

-¿Es la persecución anticristiana de la Vendée un episodio del pasado o un paradigma más permanente o actual de lo que podría parecer?

-Hoy la persecución, de momento, es diferente. Las fuerzas enemigas de Cristo y de su Iglesia han desarrollado el método de lisonjear a los católicos que contemporizan con el mundo, que reducen la religión a la esfera de lo privado —uno de los errores del liberalismo— o que se ufanan de defender opiniones contrarias a la Verdad proclamada por la Iglesia. A la vez, buscan silenciar —hoy se dice «cancelar»— a los que quieren vivir su fe públicamente y de forma incluso descarada. Lo más lamentable es que esta estrategia se ve reforzada también dentro de la Iglesia, algo que también sucedió en la Revolución.

»El episodio paradigmático, de hecho, fue el de la imposición de la Constitución Civil del Clero, una normativa para los sacerdotes que debía acatarse bajo juramento y que suponía la sumisión a la voluntad del estado revolucionario. Entonces, el que no acataba esta Constitución era sometido al encarcelamiento o la muerte. Hoy parece haber una cierta Constitución Civil del Clero, no escrita en este caso, que se impone a los católicos. Puedes ser católico si te limitas a los temas política y eclesiásticamente «correctos», pero no puedes, bajo ningún concepto, tocar aquellos temas que para el progresismo se consideran «sagrados».

»No me cabe duda de que, si los católicos fuéramos más fieles a la hora de defender el Reinado de Cristo, con la palabra y el ejemplo, las fuerzas revolucionarias estarían encantadas de aplicarnos la misma fiereza que en su día usaron con los vandeanos.

-¿Qué deberíamos aprender de la forma en que los vandeanos enfrentaron dicha persecución?

-Que hay algo más grande que la fama, el bienestar, e incluso la propia vida: Jesucristo y el amor a Dios. No se puede ser católico si no se pone a Dios por encima de todo. No se puede servir a dos señores y, por Cristo, hay que estar dispuesto a dar la vida. Ése es el mensaje central de La Vendée, de la Cristiada, de la Cruzada y de todas las persecuciones y luchas que los católicos han tenido que afrontar a lo largo de la historia de la Iglesia. Y que sólo cesarán con la venida final de Cristo glorioso.

-Aunque no suele ser un tema recurrente, la Vendée ha llegado a dar nombre a su conocida tertulia. ¿Por qué es un referente para los sacerdotes que integran dicha tertulia?

-Cuando se me ocurrió llamar a nuestra Tertulia Sacerdotal Contrarrevolucionaria «La Sacristía de La Vendée», yo tenía una referencia muy general de lo que supuso esta gesta católica. Sin embargo, entendí que las fuerzas a las que se enfrentaron los vandeanos son las mismas a las que nos enfrentamos a diario en nuestro ministerio. La Revolución es una maniobra de Satanás para crear desorden donde está el orden católico y humano, y sólo puede enfrentarse con una perspectiva contrarrevolucionaria. Y la Revolución no está hoy fuera de la Iglesia, sino que, con el humo de Satanás que ya vislumbraba San Pablo VI, también este desorden ha entrado en el templo de Dios.

»Por eso, nuestra perspectiva ha sido siempre crítica con las fuerzas del mundo, pero también con la situación actual de la Iglesia. Hemos querido luchar desde lo que se ha llamado el «apostolado de la opinión» y creo que hemos peleado el noble combate lo mejor que hemos podido. No sin un buen número de heridas en nuestra vida ministerial, personal y en nuestra fama, que llevamos como las medallas más preciadas. Y la idea es luchar hasta el final, siguiendo el lema que daba título a la película más reciente sobre La Vendée: «vencer o morir». En el caso del cristiano, la muerte por Cristo es ya una victoria.

-¿Qué es peor: tergiversar la Vendée o ignorarla?

-Se ha acusado a Federico Jiménez Losantos de tergiversar La Vendée porque él ha puesto el énfasis en la defensa de la libertad individual, de acuerdo con el liberalismo que él defiende. Yo, en cambio, no creo que sea una tergiversación, aunque puede ser una visión reductiva. En su planteamiento veo, como ya he indicado, algo más profundo. Y espero que se vaya haciendo más patente en la medida en que avance su exposición.

»Al final los hechos son tan claros que la única manera de tergiversar La Vendée es silenciarla o falsear la historia. Esto lo entendieron muy bien los franceses republicanos cuando la mandaron al olvido por decreto. Si se presentan los hechos, el origen humilde de los combatientes y el protagonismo que tuvieron, el respeto escrupuloso a la moralidad que usaron en los combates, el sentido religioso profundo de su cruzada, el odio cruel de los enemigos y la magnitud del genocidio causado, es imposible que la ideología pueda desfigurar la verdad de la guerra de La Vendée. Por eso, yo creo que lo peor que se puede hacer es ignorar La Vendée y no podemos sino agradecer a Federico Jiménez Losantos, al Prof. Alberto Bárcena, a la hermana Marie de la Sagesse Sequeiros y a todos los que se dedican a traer al presente todos estos acontecimientos, que no pueden ser más actuales.

¿Qué fue el alzamiento católico de la Vendée?

Aunque el Régimen de Terror quiso circunscribir a la región de la Vendée el alzamiento católico y monárquico, en realidad fue un territorio mayor que comprendía varios departamentos los que se levantaron durante este periodo de la Revolución Francesa y que serían masacrados entre 1793 y 1794 en lo que se considera el primer genocidio de la era moderna.

Campesinos, comerciantes y nobles lucharon unidos por su fe católica, que estaba siendo fuertemente atacada, y también por el Rey, al que los revolucionarios guillotinarían en 1793. El descontento crecía en unas regiones tradicionales que no apoyaban lo que llegaba de París, pero fue una cuestión religiosa lo que acabaría prendiendo la mecha y el descontento de los vandeanos y habitantes de otras regiones limítrofes: la Constitución Civil del Clero que exigía a los sacerdotes a jurar fidelidad a la Revolución y no a Roma. La mayoría de los sacerdotes se negó y fueron perseguidos, por lo que tuvieron que esconderse. El pueblo apoyaba a estos religiosos y acudía a verlos en secreto, mientras que despreciaban a los curas juramentados que apoyaron la Revolución francesa.

Tras el asesinato de Luis XVI el 21 de enero de 1793 y el inicio de la guerra contra España en marzo, la Convención ordenó una leva de 300.000 hombres, que fue la chispa que encendió la rebelión. Los vandeanos, adheridos a la monarquía católica, se distinguieron particularmente en ese rechazo a las autoridades revolucionarias. Y tenían un lema “Dios y Rey”.

El levantamiento popular, en ocasiones sin más armas que los aperos de labranza, fue tan entusiasta que infligió a los azules derrotas memorables, de forma que los caudillos católicos se convirtieron en mitos, comenzando por el primero de ellos, Jacques Cathelineau, muerto en combate, y siguiendo por nombres de leyenda como François de Charette o el conde de La Rochejaquelein. Hasta 40.000 soldados lograron presentar en orden de batalla los contrarrevolucionarios, que estuvieron a punto de conquistar Nantes. Llegaron a sumar más de cien mil hombres.

La Convención comprendió que la mecha vandeana podía prender en todo el país por motivos similares, y fue entonces cuando se tomó la decisión del genocidio: el decreto de 1 de agosto de 1793, que incluía el envío a la región de cantidades ingentes de materiales combustibles de toda clase. El pueblo no combatiente abandonó masivamente la zona, en número de 80.000 personas, mientras los revolucionarios saqueaban y quemaban sus casas.

Aquellas fuerzas revolucionarias, uniformadas, al mando de generales que luego destacarían bajo Napoleón, debidamente respaldadas por el Comité de Salud Pública, fueron denominadas «columnas infernales». Al final, la misma Convención que había ordenado el genocidio y amparado su brutalidad tuvo que reconocer, el 29 de septiembre de 1794, que «jefes bárbaros, que osan aún decirse republicanos, han hecho degollar, por el placer de degollar, a viejos, mujeres, niños. Municipios patriotas incluso han sido las víctimas de esos monstruos de los que no detallaremos las execrables actuaciones».

¿Hubo un genocidio en la Vendée? ¿Se ordenó una matanza sistematizada?

“Ya no hay Vendée. Ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeres y sus niños. Acabo de enterrarlos en la marisma de Savenay. He aplastado a los niños bajo los cascos de mis caballos, masacrando a las mujeres que ya no alumbrarán más bandidos. No tengo prisionero que reprocharme. He exterminado todo…. Los caminos están sembrados de cadáveres. Hay tantos que en algunos puntos forman pirámides”.

Esto escribía el general Westermann al Comité de Salud Pública, tras haber sido enviado a esta región a arrasar con todo y con todos, dando muestra del terror que se llevó a cabo y del objetivo de acabar con todos los vandeanos católicos y monárquicos en una matanza sistematizada.

Este genocidio, que puede ser considerado primero de la era moderna, es fácilmente documentable porque sus propios autores se jactaron de ello en cartas y testimonios. El general Grignon, primero en entrar a arrasar la Vendée dijo también: «Camaradas, entramos en el país insurrecto. Os doy la orden de entregar a las llamas todo lo que sea susceptible de ser quemado y pasar al filo de la bayoneta todo habitante que encontréis a vuestro paso. Sé que puede haber patriotas [ciudadanos afectos a la Revolución] en este país; es igual, debemos sacrificarlo todo».

La Convención no reconocía como personas a los vandeanos, de ahí que los asesinatos masivos se realizaran sin escrúpulos y sin tener en cuenta la edad, sexo o condición de las personas. El comandante Periguaud escribía: “Padres, madres, niños, todo ha sido destruido”, mientras que el ayudante del general Rouyer también dejaba constancia por escrito: “Fusilamos a todo el que cae en nuestras manos, prisioneros, heridos, enfermos en los hospitales”.

Por su parte, el general Turreau daba estas instrucciones a las llamadas “columnas infernales” que debían llevar el terror revolucionario a esta zona mayoritariamente católica y monárquica: “Todos los bandidos que sean encontrados con las armas en la mano serán pasados al filo de la bayoneta. Se obrará de la misma manera con chicas, mujeres y niños que se encuentren en este caso”. Y también añadía: “Todos los pueblos, alquerías, bosques, retamas y generalmente todo lo que pueda ser quemado será entregado a las llamas”.

Estas citas que recopila el historiador Alberto Bárcena en su libro La guerra de la Vendée (San Román), se entienden aún mejor con los ejemplos de la industrialización del asesinato que se llevarían a cabo, y que guardan gran similitud con varios de los conocidos genocidios del siglo XX, llevados a cabos por regímenes comunista o el nazi.

El miembro de la Convención, Jean Baptiste Carrier lo puso en práctica en Nantes. Cada día fusilaba grupos de cien a doscientas personas, pero era un método que le parecía lento e insalubre puesto que los cadáveres se acumulaban y causaban epidemias. Y así fue como se le ocurrió un sistema más rápido: los ahogaba en el río Loira. Amontonaba a los prisioneros en gabarras que luego eran hundidas. El primer ensayo lo hizo con 90 sacerdotes, y dado el éxito, a partir de ese momento cada día se apartaban en la cárcel a cien o doscientos presos que eran aniquilados con este sistema de asesinatos masivos.

Muchos son los testimonios que se guardan. El capitán Dupuy, del batallón de la Libertad, escribía así a su hermana: «Por todas partes donde pasamos, llevamos la llama y la muerte. La edad, el sexo, nada es respetado. Un voluntario mató, con sus propias manos, a tres mujeres. Es atroz, pero la salvación de la República lo exige imperiosamente. No hemos visto un solo individuo sin fusilarle. Por todas partes la tierra está cubierta de cadáveres».

El cirujano Thomas describía igualmente escenas horrorosas: «He visto quemar vivos a hombres y mujeres. He visto ciento cincuenta soldados maltratar y violar mujeres, chicas de catorce y quince años, masacrarlas después y lanzarse de bayoneta en bayoneta tiernos niños que habían quedado al lado de su madre sobre las baldosas».

Hay datos aún más escalofriantes, como la utilización de la piel de las víctimas, un hecho documentado en varias causas judiciales e incluso en un informe oficial del capitoste revolucionario Saint-Just: «Se curte en Meudon la piel humana. La piel que proviene de hombres es de una consistencia y de una bondad superiores a la de las gamuzas. La de los sujetos femeninos es más flexible, pero presenta menos solidez».

Bárcena afirma que “no parece exagerado calificar de genocidio” lo ocurrido en La Vendée, pues cree que según la información disponible “existía un propósito firme y organizado desde el poder de terminar con los habitantes de aquella región en la que fueron la mayoría los que se negaron a acatar la nueva legislación revolucionaria”.

Algunas cifras sobre la represión en la Vendée

Alberto Bárcena pone en contexto este genocidio con las cifras de muertos: «Las cifras más conocidas, las de Reynald Secher, dicen que desaparecieron unas 117.000 personas, lo que significa una octava parte. Su profesor, Pierre Chaunu, las eleva hasta 400.000″, mientras que fuentes directas como el general encargado de revisar la región tras someterla habla de 600.000”, explica. Es decir, va desde un 15% de la población masacrada en las cifras más bajas, y en más de la mitad, atendiendo a las cifras facilitadas de los cargos militares encargados de la represión.

Para intentar conocer de manera aproximada el número de habitantes desaparecidos en la Vendée y en los departamentos cercanos que también se sublevaron, Reynald Secher, principal investigador sobre estas matanzas, se basó en dos datos de población: los del Antiguo Régimen y los del Imperio. De manera global, la población de los 773 municipios afectados por la guerra era de 815.029 habitantes en vísperas de la Revolución. Entre 1792 y 1802 desaparecieron, como mínimo 117.257 personas.

La guerra, y después la brutal represión de las llamadas “columnas infernales” dejó miles de víctimas inocentes ante las órdenes dadas de arrasar la Vendée. Se exterminó de la misma manera a niños, mujeres y ancianos, que a hombres en edad de luchar.

Basta el ejemplo de La Remaudière, una parroquia que pudo conservar sus libros parroquiales y cuyos datos tienen bastante fiabilidad. Según los datos recopilados por Secher, en 1790 la población era de 1.494 personas, y registró 111 víctimas de la represión o la guerra. De ellas, sólo 9 eran soldados. Los demás fueron masacrados por la columna de Cordelier entre 10 y el 17 de marzo de 1794.

Hubo 81 víctimas indefensas que fueron entregadas a los soldados, de las que 32 eran niños menores de 15 años y 24 personas mayores de 50 años. Entre ellas había también nueve madres de familia y ocho matrimonios que prefirieron morir con sus hijos a huir sin ellos. Esta columna mató en este pueblo a tres niñas de un año; una de 2; dos de 4; otra de 5; y otras dos de 7 y 9 años respectivamente. Entre los niños fue peor aún. Tres fueron asesinados con un mes de vida. Otro murió con 2 años; otros dos con 3; tres más con 4, 5 y 6; otros dos con 7; otro con 8; dos con 9; otros dos 10… En total, 102 vecinos masacrados, no en la guerra, sino en la represión, donde hubo prácticamente el mismo número de hombres y mujeres asesinados.

La Revolución francesa, profundamente anticatólica y anticlerical, tuvo como uno de sus objetivos principales controlar y destruir la Iglesia.

La Constitución Civil del Clero fue la gota que llenó el vaso entre una población que ya estaba de por sí en contra de muchos de los mandatos que llegaban del París revolucionario a las provincias. Muchos sacerdotes se negaron a jurar esta Constitución y pasaron a ser llamados “refractarios” y a ser perseguidos. Entre los encarcelados, y sobreviviendo casi de milagro, estuvo el sacerdote científico René Just Haüy, considerado hoy el padre de la Cristalografía y uno de los creadores del sistema métrico decimal.

Durante la guerra de la Vendée y el posterior genocidio estos sacerdotes que se mantuvieron fieles a Roma fueron sistemáticamente perseguidos.

Aquí algunas cifras que ofrece: en la diócesis de Nantes había 1.058 sacerdotes y religiosos, de los que sólo 159 prestaron juramento a la Constitución Civil del Clero. En Vendée lo hicieron 207 de 768, y en Anjou, 44 de 332. Una minoría comparada con otras zonas del país, donde el porcentaje se acercó más al 50%.

Aunque el asesinato de sacerdotes se llevó a cabo por todo el país, en la zona oeste de la Vendée y alrededores se sumó además la represión tras este alzamiento. El número de sacerdotes que se habían escondido era de 580, sin contar los que habían huido.

Fueron asesinados en este periodo de represión 280 sacerdotesun 48,3% del total de sacerdotes refractarios o fieles a Roma.

En Anjou, de 333 sacerdotes censados en 1789, permanecieron escondidos 192 y desaparecieron de ellos 116. En Loira-Inferior de 445 sacerdotes se escondieron 141 y desaparecieron 41. En la Vendée se escondieron 247 y 123 desaparecieron.

En cuanto al patrimonio inmobiliario, Secher cifra que del total de 56.760 casas que había en los municipios que se levantaron contra el terror fueron incendiadas 10.309, el 18,06% del total, lo que muestra la capacidad destrucción de los autores de estas matanzas.

 

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