Por José María Arévalo
(Dibujo que representa cómo era la iglesia antes de la demolición, en el siglo XIX, de dos cuerpos superiores del campanario)
Sobre San Benito es bien sabido que la orden benedictina tenía em el siglo XIV mucho poder y esta era su casa principal en Castilla. Pero me ha llamado la atención la cantidad de curiosidades que rodean esta iglesia y que reflejaba estos días Alberto Gómez en eldiario.es, en artículo con subtítulo “El curioso origen de este monasterio: fue erigido en el interior de un alcázar real”. “La historia de San Benito el Real -decía ya en el texto-, en la ciudad de Valladolid, está llena de peculiaridades, que se unen al valor patrimonial de toda una joya de la arquitectura.”. Veámoslo completo y añadiremos un texto de Wikipedia que completa sobre todo lo referente al impresionante retablo de Alonso Berruguete que tuvo.
El monasterio de San Benito el Real, en la ciudad de Valladolid, posee un origen verdaderamente inusual, pues fue fundado por el rey Juan I de Castilla en 1389 dentro de su propio alcázar real. Esta decisión se formalizó en septiembre de 1390, cuando los monjes recibieron las dependencias del palacio para convertirlas en su nuevo hogar. Así se recoge en el libro coordnado por Carlos Manuel Reglero de la Fuente, titulado Relatos de orígenes, reforma y súplica en los monasterios de Castilla, y editado por la Universidad del País Vasco en 2025. Dicho estudio también asegura que una de las mayores curiosidades de esta comunidad fue su compromiso con una clausura perpetua y estricta, algo poco común para los benedictinos de la época.
Dicha condición era impuesta por el rey y se inspiraba en la Regla de Santa Clara, advirtiendo que si los monjes rompían el encierro perderían toda su financiación. Pero, al margen de quienes lo habitaron, otro de los episodios que destacan la singularidad de este monasterio es que la tragedia lo golpeó apenas catorce días después de su fundación oficial, cuando el rey Juan I murió repentinamente sin dejar aseguradas las rentas de los monjes. La comunidad quedó sumida en tal pobreza que se vio obligada a enviar a dos religiosos, en un arriesgado viaje, hasta la localidad de Arévalo, con la intención de suplicar ayuda a la hermana del difunto monarca. Ante esta situación de miseria extrema, los monjes se encomendaron a la Virgen María para que los protegiera de la ruina total.
Como agradecimiento por haber sobrevivido a esos meses críticos, los monjes instauraron la piadosa costumbre de cantar una misa diaria en su honor, tradición que mantuvieron durante décadas. Otro hito histórico relacionado con el monasterio de San Benito el Real ocurrió en 1443, cuando se celebró la llegada de agua corriente desde la fuente de Argales. Esta “agua de consolación” fue vista como un regalo divino, ya que antes los monjes debían realizar el penoso esfuerzo de sacar el agua de un pozo muy profundo. Años más tarde, la mismísima reina Isabel I de Castilla visitó el cenobio y quedó insatisfecha al ver que la iglesia primitiva era demasiado pequeña y humilde para la importancia del lugar. Por ello, decidió impulsar la construcción de un nuevo y monumental templo, cuya edificación comenzó finalmente en el año 1499.
Sin embargo, surgió un conflicto de poder cuando nobles como el obispo de León, Alonso de Valdivieso, financiaron capillas y colocaron sus propios escudos de armas en la capilla mayor. Al enterarse, la reina Isabel envió una carta indignada ordenando retirar esos escudos, recordando que el monasterio era de patronato real y solo debían lucir las armas de sus antepasados. Para asegurarse de que nadie olvidara a quienes ayudaban al monasterio, se creó el lujoso Libro de los bienhechores. Este manuscrito iluminado debía leerse obligatoriamente ante todos los monjes dos veces al año para que recordaran rezar por sus patrones.
El monasterio también atesoró obras de arte excepcionales, como un retablo flamenco encargado por el canciller Alfonso Sánchez de Logroño a finales del siglo XV. Actualmente, las tablas de este tesoro artístico se encuentran expuestas en diferentes museos, como el Prado o el Nacional de Escultura. Hoy en día, San Benito el Real es recordado como el corazón de una gran reforma monástica que se extendió por toda Castilla. Su historia, marcada por la identidad de la clausura y su vínculo con la monarquía, lo convirtió en uno de los centros benedictinos más influyentes de la Baja Edad Media.
Hasta tres claustros
A nivel arquitectónico, el monasterio contaba originalmente con tres claustros principales, entre los que destaca el Patio Herreriano, diseñado por Juan de Ribero en 1584 como espacio procesional, espacio que hoy alberga el Museo de Arte Contemporáneo. Por otro lado, el claustro de la Hospedería, finalizado en el siglo XVIII por Fray Juan Ascondo, se utiliza actualmente para oficinas del Ayuntamiento de Valladolid.
La iglesia actual
La iglesia actual se empezó a construir en 1499 bajo la dirección de Juan de Arandía, concluyéndose los trabajos principales hacia el año 1515. El templo destaca por sus tres naves de gran altura que están cubiertas por majestuosas bóvedas de crucería de estilo gótico y pilares fuertes. Su fachada presenta un impresionante pórtico renacentista realizado por Rodrigo Gil de Hontañón entre los años 1569 y 1572 según un proyecto específico. Este pórtico poseía originalmente dos niveles superiores que funcionaban como campanario, pero fueron demolidos a finales del siglo XIX por su avanzado deterioro.
(Sacrificio de Isaac, de Alonso Berruguete, de su antiguo retablo)
Completamos la descripción de san Benito con textos de Wikipedia:
“La iglesia fue edificada entre 1499 y 1515, siguiendo planos de Juan de Arandia y García de Olave. Está totalmente edificada en piedra.
Se organiza mediante tres naves, que rematan en tres ábsides poligonales y no existe crucero. Las naves laterales son muy altas y su diferencia de altura con la central es escasa, por lo que podemos decir que esta iglesia sigue la tipología de iglesia-salón, muy difundida en la primera mitad del siglo XVI, creando edificios de una interesante y grandiosa espacialidad como el que nos ocupa.
La iluminación se resuelve a partir de grandes huecos, que se abren en la pared de la nave lateral del lado de la Epístola y en los ábsides. Originalmente, también existieron algunos huecos en la nave central, tapados a raíz de la elevación de los tejados hacia 1580. En el tramo de los pies se encuentra el coro alto, que abarca las tres naves de la iglesia.
Por el exterior, el edificio posee recios muros de piedra caliza (extraída de canteras cercanas a Valladolid, como Villanubla, Zaratán o Campaspero) y grandes ventanales que iluminan el espacioso interior. Las fachadas laterales se articulan mediante contrafuertes que contrarrestan los empujes de las bóvedas de crucería con terceletes con las que se cubre en el interior. Los pilares que dividen las naves son baquetonados. Puede observarse que los tramos más cercanos a la cabecera presentan capiteles y cornisas decorados, algo que desaparece en los tramos de los pies, más austeros. Esto puede ser debido a la búsqueda de un presupuesto más económico conforme avanzaban las obras, empezadas por la cabecera, a la usanza medieval.
Teniendo en cuenta que la orden benedictina tenía entonces mucho poder y siendo esta su casa principal en Castilla, la iglesia atesoraría obras de arte de gran calidad.
Entre los tesoros que se encontraban en la iglesia cabe destacar el Retablo de San Benito el Real de Valladolid y la sillería, que se encontraba en la nave central.
En cuanto a la sillería del coro, esta fue construida por Andrés de Nájera y terminada en 1528. Posee sillas bajas y altas y se disponía en la nave central. El destino de esta sillería era servir para las reuniones anuales de abades de los monasterios castellanos de la orden benedictina, que tenían lugar en esta iglesia. Así, en los respaldos de las sillas altas, aparecen los santos a los que estaban advocadas las distintas casas benedictinas españolas, pudiendo encontrar cada abad fácilmente su asiento gracias a la imagen del respaldo. El estilo de la sillería es el plateresco.
El nuevo estilo a lo Romano proveniente de Italia estaba ya entrando en España. Aparecen decoraciones que tienen su base en las pinturas de la Domus Aurea de Roma y que en aquel momento se estaban descubriendo y eran estudiadas por todos los artistas que tenían oportunidad de ello. Las imágenes de santos también han abandonado totalmente las formas góticas y debido a su belleza y proporciones estudiadas se percibe en ellas el latir del humanismo. La calidad de la escultura es muy alta y muchos autores afirman que esta es una de las mejores sillerías existentes en España.
En 1571 se asentó la reja que abarca las tres naves y divide transversalmente la iglesia en dos partes jerarquizadas: la de los pies, destinada al pueblo llano, y la de la cabecera, destinada a los monjes. La reja es obra de Tomás Celma y es una estimable muestra de la rejería de aquel momento.
Además del retablo y la sillería se encontraban en la iglesia otras obras de arte de gran valor: pequeños retablos, sepulcros, órganos, etcétera.
Después de la desamortización de Mendizábal en 1835, el monasterio se transformó en fuerte y en cuartel, cerrándose al culto la iglesia, que fue despojada de las obras de arte que poseía. Por suerte, conservamos la sillería y gran parte del retablo mayor en el Museo Nacional Colegio de San Gregorio de Valladolid. La reja es lo único que se quedó en la iglesia y no sufrió apenas daños. A partir de mediados del siglo XIX, muchas voces piden la reapertura de la iglesia; y finalmente se logra en 1892, estando encargada del culto la Venerable Orden Tercera del Carmen. Desde 1897 es la Orden del Carmen Descalzo la que se hace cargo de la iglesia. En 1922 se instala un nuevo retablo mayor barroco, procedente de la Catedral de Valladolid después de instalarse en aquella el actual de Juan de Juni.”
El Retablo de San Benito el Real de Valladolid
El retablo mayor de la iglesia monástica de San Benito el Real, en Valladolid, fue tallado y montado entre 1527 y 1532 para el gran monasterio del mismo nombre. Hoy se custodia lo que queda del mismo en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid.
Los benedictinos contactaron directamente con Alonso Berruguete, justo después de su estancia en Italia, de donde venía imbuido de las novedades artísticas que allí se desarrollaban. Los frailes vallisoletanos, y en concreto su abad, Fray Alonso de Toro, una vez convertido su monasterio en sede central de la orden en Castilla (en perjuicio del monasterio de San Zoilo en Carrión de los Condes), deseaban modernizar la iconografía religiosa e introducir las novedades renacentistas.
Berruguete realizó un diseño arriesgado y original, de formas muy ligeras y al mismo tiempo llenas de tensión desenfrenada: balaustradas, grutescos y órdenes arquitectónicos clásicos, coronados por una gran venera, todo remozado por el espíritu inquieto del artista. La magna obra le supuso unos emolumentos de 4400 ducados. La obra pasó a ser custodiada por el Estado, como efecto de la Desamortización.
Sus componentes se conservan y cuidan en el Museo Nacional de Escultura, llegando a ocupar en la actualidad, por los distintos niveles de su altura originaria, hasta cuatro salas de su sede central, el grandioso Colegio de San Gregorio de ese museo.
Originalmente, esta gigantesca obra, flanqueada por dos estructuras rematadas en frontón, de once calles verticales y dos grandes cuerpos horizontales sobre el banco, contenía pinturas, relieves, grandes esculturas (como la del propio San Benito), con una iconografía centrada en la infancia de Cristo y en la vida de San Benito, como temas centrales y, alrededor, una serie de pequeñas estatuas de profetas, apóstoles, evangelistas y santos, dentro de los que se encuentran algunas de las creaciones más emblemáticas del artista, destacando, en especial dos figuras: El martirio de San Sebastián en el momento de ser gravemente herido por los flechazos; y el Sacrificio de Isaac: Abraham a punto de degollar a su hijo, antes de ser detenido por la mano de un ángel enviado por Yahveh.
Las figuras y el retablo están tallados en madera y ricamente policromados y dorados, además del uso de técnicas tales como la llamada del estofado (consiste en dar pan de oro a las tallas de madera y ocultarlo con una capa de pintura, posteriormente, con un garfio o con un punzón, se raspa la pintura haciendo dibujos ornamentales, de modo que los surcos dejen asomar el color o el dorado que está debajo, dando la sensación de un adorno en relieve con un rico colorido), y la técnica del encarnado (se cubre la madera tallada con varias capas de yeso y pintura y luego se le da un lustre especial para dar un color y una textura parecidas a la piel humana). Berruguete era particularmente aficionado al dorado, que aplicaba tanto a ropajes, como a fondos e incluso al pelo, aumentando, así, el efecto irreal y expresivo de las escenas.
El manierismo de Berruguete
Nos centraremos en las dos esculturas mencionadas: el Sacrificio de Isaac y el Martirio de San Sebastián, ambas excelentes ejemplos de la integración de las formas italianizantes del artista, al tiempo que han sido interpretadas desde un punto de vista muy personal.
Desde el punto de vista de la composición: Ambas esculturas parecen estar inspiradas directamente en «El Laocoonte» (Vasari no sólo dice que él fue testigo directo de su descubrimiento, sino que Bramante le encargó una copia del famoso grupo escultórico); aunque Berruguete introduce novedades aprendidas en la Italia renacentista y de su propia inventiva:
Ambas reproducen claramente la «forma serpentinata» del Manierismo Italiano: ascensión helicoidal que exige la contemplación desde varios puntos de vista, y no desde uno sólo —a pesar de que se trata de obras pertenecientes a un retablo—. El San Sebastián es una reminiscencia de los «Esclavos» que Miguel Ángel comenzó para la tumba del papa Julio II. Además, la forma que tiene de apoyarse en el árbol, como si fuera a caerse, recuerda a los desnudos de las tumbas de los Médici en Florencia. El Sacrificio de Isaac tiene fuertes reminiscencias de una obra del mismo tema realizada por Donatello.[2] En ambos casos, la masa escultórica, tan importante para Miguel Ángel o Donatello, se transforma en una llama agitada, frenética, ingrávida y estilizada. Los sentimientos dejan de ser, igualmente, introspectivas; ya no son una tortura interior, (reflejada en rostros de mirada dura y penetrante y expresión facial contenida), ahora son mostrados abiertamente, llegando, incluso, al paroxismo.
Desde el punto de vista del estilo: Berruguete tiene un estilo muy particular, nervioso, donde la pasión y el movimiento se desatan, sacrificando la perfección técnica en favor del dramatismo. Para unos, las proporciones rotas de estas dos obras y el negligente tratamiento de la anatomía son características progresistas que demuestran que el autor daba más importancia a su interpretación personal de los temas que a la mera reproducción de la naturaleza. Para otros, en este desprecio a la naturaleza también puede verse cierto poso medieval. Sin embargo, en las demás características es fácil ver la influencia renacentista:
La preocupación por el desnudo —aunque de canon alargado y enjuto—, recuerda a Donatello en su época de madurez. El apasionamiento y las composiciones inestables, desequilibradas, se inspiran en Miguel Ángel. La monumentalidad y la fuerza recuerda a los tres escultores italianos que él más admiró: Donatello, Jacopo della Quercia y Miguel Ángel.
Todas estas características son innegablemente manieristas e italianizantes. Sin embargo también aporta su propia personalidad, eligiendo un canon alargado, enjuto y nervudo. La estatura de sus personajes equivale a diez cabezas. A esto añade la intensidad de los sentimientos y el fuerte dinamismo serpenteante en el que rompía el contrapposto clásico por medio de poses inestables; luego está su peculiar interpretación anatómica, a menudo incomprendida, lo que le llevó a sufrir no pocos pleitos de clientes descontentos. Se ha llegado a decir que tallaba «a zarpazos», convirtiendo cualquier escena en un drama apasionado que excluye toda trivialidad en favor de un patetismo prácticamente expresionista.
La Escuela de Valladolid en el siglo XVI
Considerado, con Juan de Juni, uno de los máximos exponentes de la Escuela de Valladolid en el siglo XVI, Alonso Berruguete (1490-1561) es hijo del pintor Pedro Berruguete. Se educó en Italia, donde conoció personalmente a Miguel Ángel, así como la obra de Donatello y Della Quercia. Fue tan famoso en Castilla como Miguel Ángel en Italia. Trabaja deprisa, precipitadamente, como si la idea fuese a escapársele, por eso, son normales los errores, sin embargo, la fuerza creadora tapa estos deslices. Sus obras fundamentales son este vallisoletano Retablo de San Benito el Real y la sillería del coro de la Catedral de Toledo, que talla a medias con Felipe Vigarny. En mármol esculpió la Transfiguración de la Catedral de Toledo y la Tumba del Cardenal Tavera, para el Hospital del mismo nombre, también en Toledo.”
Vestigio recuperado de la ocupación francesa
Siguiendo el articulo inicial, otro detalle curioso de esta joya de la arquitectura de Castilla y León es el escudo de José I Bonaparte sobre la puerta, vestigio recuperado de la ocupación francesa durante la invasión de Napoleón. En el interior del templo, una gran reja de hierro forjada en 1571 por Juan Tomás Celma separa visualmente las naves del espacio de entrada. Tras la Desamortización de Mendizábal en 1835, el monasterio perdió su función religiosa y se transformó durante un largo periodo en un cuartel militar. Debido a este proceso, muchas de sus joyas artísticas, como el retablo de Alonso Berruguete, fueron trasladadas. La sillería plateresca de Andrés de Nájera, que databa de 1528, también fue retirada del templo. El retablo que preside actualmente la capilla mayor es una obra de estilo barroco salomónico que fue trasladada desde la catedral de Valladolid en 1922. El complejo también integra espacios históricos como la Capilla de los Condes de Fuensaldaña, que hoy forma parte de las instalaciones del museo contemporáneo. La iglesia recuperó su actividad de culto en 1892 y fue entregada finalmente a la orden de los Carmelitas Descalzos en el año 1897.
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