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Nuevos hallazgos sobre la Sábana Santa

Tres foramontanos en Valladolid 19 Jun 2026 - 07:24 CET
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Por José María Arévalo

(La Sábana Santa, tela de lino que los cristianos creen que cubrió el cuerpo de Cristo, es una de las grandes reliquias de la cristiandad)

Muy interesante el artículo de Cristina, L. Schlichting que La Razón publicaba hace unas semanas con lo último que se sabe sobre la Sábana Santa.

Sabemos -decía el artículo- tanto de los ritos funerarios de la época de Jesús que su sepulcro nos resulta casi familiar. Gracias a José de Arimatea, fariseo rico, tuvo una tumba excavada en la piedra, cuya puerta era un “golell”, una gran roca circular rodada a la entrada. Otro fariseo, Nicodemo, proporcionó mirra y áloes para ungirlo y el cuerpo se envolvió en lo más digno que tuvieron, a saber, un “sindón”, una tela de lino fino para el cuerpo y un pañuelo para el rostro. Corrida la piedra, se frenó con un “dophec” o canto menor, que el sanedrín selló al día siguiente en ese punto, para controlar cualquier modificación.

Que ambas piezas de tejido fuesen custodiadas por los cristianos tras la resurrección es lo natural, de ahí la curiosidad que siguen despertando la sábana santa de Turín y el paño de cabeza que se conserva en Oviedo y que pueden ser ambas. Nos dicen mil cosas interesantes. Por ejemplo, que los restos y marcas corresponden a un varón del siglo I, torturado en la cruz y con signos de grave flagelación, que recibió una lanzada en el costado y al que se ciñó una corona de espinas. La tela conserva junto a la cabeza abundantes rastros de polen de “Gundelia Tournefortii”, una planta espinosa que florece en Jerusalén entre marzo y abril, el tiempo de la Pascua judía. Que tenía las muñecas perforadas. Que se trataba de un hombre del grupo sanguíneo AB, del haplogrupo H33, muy típico de Oriente Medio, con dos monedas acuñadas por Poncio Pilatos depositadas sobre los párpados, como también era costumbre para cerrar los ojos.

Cada vez que se amplía la investigación los datos obtenidos resultan más y más interesantes. En Semana Santa se dieron a conocer los últimos, obtenidos por el catedrático de genética y genómica Gianni Barcaccia, que han confirmado la presencia en la tela de trazas orgánicas de personas hindúes, como las que trabajaban el lino en Judea con textiles importados de la India. Asimismo, restos minerales y arqueas halófilas de entornos salinos como el Mar de Judea.

Superado hace mucho el prejuicio de una errónea datación mediante el carbono 14, gracias a la secuenciación del ADN de última generación, leer estos tejidos conmueve. La fe no depende de este tipo de pruebas, indudablemente, sino de un proceso de razón y gracia bastante más complejo, pero no deja de impactar acercarnos a algo tan concreto como el grupo sanguíneo del hombre de

aquel sudario. Para el no creyente es una apasionante aventura científica. Para quien cree, constituye una suerte de regalo, una caricia que salva dos mil años de distancia y nos acerca a la peripecia de aquel hombre que se dijo Hijo de Dios y Mesías nuestro.

Tres foramontanos en Valladolid

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