Por José María Arévalo
(400 luminarias de luz cálida que alumbran otras tantas estelas de este «lugar de memoria»)
“El mejor cementerio de España está en Valladolid y estrena iluminación”, escribía hace unas semanas Victoria M. Niño en El Norte de Castilla. Y explicaba que con la iluminación de la necrópolis vaccea de Las Ruedas, en el yacimiento de Pintia, ahora podrá visitarse por la noche gracias a 400 luminarias de luz cálida que alumbran otras tantas estelas de este «lugar de memoria».
La verdad es que sobre Pintia hemos escrito en estas páginas, por tratarse de nuestros ancestros vacceos, pero no concretamente sobre la necrópolis. Así que vamos a aprovechar la noticia para verla más despacio.
Los arqueólogos estiman -explicaba El Norte de Castilla- que en sus seis siglos de uso en la antigüedad (del IV a. C. al II d.C.) el cementerio de Pintia acogió los restos de 120.000 ciudadanos, aproximadamente, en sus seis hectáreas. Hoy es un jardín en el que la muerte llama a la vida, donde los visitantes hablan de romanos. «Aquí te das cuenta de que nuestros abuelos eran vacceos», dice el arquitecto Ignacio Represa, refiriéndose a que el modus vivendi de aquellos íberos ha pervivido en la Ribera del Duero hasta mediados del XX.
Un paisaje recuperado
La web de Pintia por su parte explica que el cementerio de la Pintia vacceo-romana, la necrópolis de Las Ruedas, se sitúa a unos trescientos metros al sur de Las Quintanas, separado de ésta por el arroyo de La Vega. Este espacio sepulcral, de unas seis hectáreas de extensión, fue objeto de uso ordenado y continuado a lo largo de más de medio milenio, entre el final del siglo V a. C. y el inicio del II d. C.
El espacio de este cementerio parece delinear una suerte de triángulo en el que dos de sus lados vienen marcados por el trazado natural del arroyo de La Vega, que dibuja un ángulo recto en esta zona, y el tercero se corresponde con una larga trinchera artificial excavada en su límite meridional.
/En el transcurso de estos cinco siglos el ritual fúnebre practicado fue fundamentalmente el de la incineración, procediéndose a la cremación del cadáver ataviado con los elementos propios de su condición social.
Estos últimos (armas, adornos, agujas, fíbulas, etc.), junto con los huesecillos resultantes de la cremación eran recogidos habitualmente en un recipiente cerámico (urna cineraria) y trasladados a un hoyo abierto en el camposanto, donde los deudos y otras personas que reconocían vínculos con el finado rendían tributo al mismo aportando comida y bebida en diversos recipientes cerámicos para facilitarle el viaje final al más allá.
Lajas de piedra (algunas procedentes del próximo cerro de Pajares) u otros elementos perecederos no conservados servirían para señalizar las tumbas y permitir la visita y la realización libaciones, plegarias, etc.
Hasta el presente se han recuperado en este lugar más de tres centenares de tumbas de incineración, de las que destacan las vinculadas a la aristocracia pintiana, tanto de guerreros como de sus mujeres e hijas, algunas de ellas con más de cien piezas por tumba y en general con ajuares y ofrendas ricas y variadas que nos permiten un acercamiento a la organización social de los pobladores de Pintia.
La transformación antrópica del entorno ocupado por la necrópolis de Las Ruedas, fundamentalmente por las labores agrícolas aquí desarrolladas, ha propiciado una intensa afección sobre la riqueza patrimonial conservada en el subsuelo, pero también una sustancial modificación de lo que pudo ser el paisaje funerario de este enclave a lo largo de los siglos en los que funcionó como tal.
Así, un porcentaje significativo de las tumbas de este espacio cementerial debió estar señalizado mediante estelas de piedra caliza, algunas de las cuales llegaron a alcanzar un carácter especialmente monumental, como las denominadas «estelas discoides» que explicarían la toponimia del lugar.
Muy próximo a este camposanto se localiza, con el significativo topónimo de Los Cenizales, un área de gran acumulación de sedimentos cenicientos. Una circunstancia que, al menos en principio, informa sobre la estrecha relación entre este emplazamiento y la intensa actividad crematoria de cadáveres consustancial a la necrópolis (en los denominados ustrina) a lo largo de veinte o treinta generaciones.
Premio Hispania Nostra 2020
Los más de treinta años de dedicación del CEVFW a la rehabilitación paisajística de la necrópolis de Las Ruedas tuvieron su premio con la concesión de un accésit al Premio Hispania Nostra 2020 a las buenas prácticas en el ámbito de la conservación del patrimonio cultural y natural, en la categoría Intervención en el territorio o en paisaje, por el proyecto «La necrópolis de Las Ruedas de Pintia, un espacio rehabilitado para la memoria».
El jurado quiso «reconocer la importante labor de protección y difusión que supone esta intervención, así como la implicación de personas de distintos ámbitos en un proyecto que contribuye en gran medida a concienciar a la población sobre la riqueza de su patrimonio y la necesidad de conservarlo». Se valoró, además, la sostenibilidad del proyecto y el valor social de los diversos programas que vienen realizando el CEVFW y la Asociación Cultural Pintia en el entorno.
El cerro de Pajares
Se localiza a unos dos kilómetros al sur del yacimiento, en una elevación aislada, en cuya plataforma culminante, de no más de cien metros por unos veinte, se puede observar todavía en su extremo occidental un frente de la cantera. Aquí se extraerían las lanchas de piedra caliza para la señalización de las tumbas o para la fábrica de la ermita cuyos restos aún se vislumbran en un arruinado paredón.
La cerámica de época vaccea que se recoge en su erosionada superficie acredita al lugar como cantera de cierta actividad, al tiempo que fue también un probable punto de vigía y enclave directamente relacionado con la ciudad localizada en el valle.
El pueblo vacceo, en los albores de la historia en la meseta castellana
La Edad del Hierro transcurre entre el final de la última cultura de la Edad del Bronce y la conquista romana de la meseta. En este dilatado marco temporal que abarca la casi totalidad del primer milenio previo al cambio de Era, se operan importantes transformaciones sociales y económicas (urbanismo, implantación de la metalurgia del hierro, adopción del torno alfarero, etc), cuya responsabilidad cabe atribuir, al menos para un momento avanzado del mismo, a grupos humanos concretos, con nombres propios, que por vez primera conocemos gracias a las informaciones referidas por las fuentes escritas clásicas. Los vacceos fueron una de esas etnias prerromanas que habitaron el territorio central de la cuenca del Duero.
Su particular desarrollo urbano, uno de los más tempranos del interior peninsular, ofrece un peculiar patrón de poblamiento, con la aparición de las primeras ciudades de nuestra historia que pudieron albergar varios miles de habitantes. Estos núcleos urbanos estarían regidos por una aristocracia guerrera, de la que las fuentes clásicas y el registro arqueológico dan buena cuenta.
La base económica que las sustenta es fundamentalmente agropecuaria, con una especial importancia del cultivo de cereales que proporcionó los excedentes necesarios para poder comerciar con otros territorios y obtener las materias primas aquí ausentes, metales y piedras duras.
Las creencias que los vacceos nos transmiten nos ilustran sobre su peculiar sensibilidad ante el trágico hito de la muerte, al tiempo que éstas y otras narraciones de las fuentes clásicas nos informan de conductas vinculables al mundo céltico.
Es indiscutible que los vacceos, en apenas las veinte generaciones que transcurrieron entre el siglo IV a. C. y el cambio de Era, imprimieron su sello particular a estas tierras (arquitectura de adobe, agricultura cerealista, vino y banquete, etc.).
Buena parte de esas adaptaciones al territorio han llegado al presente como parte de una herencia que a todos nos pertenece.
(Inscripción romana en Pintia)
La cultura vaccea en la sociedad actual
Los testimonios escritos referidos al pueblo vacceo están en relación fundamentalmente con el proceso de la conquista romana y son ellos, en unión del cambiante registro arqueológico, los que testimonian el inicio de una nueva etapa en la historia del valle medio del Duero.
Culminada la conquista, la romanización entendida como asimilación de los nuevos usos y costumbres impuestos por la administración romana no debe entenderse, en cualquier caso, como la disolución del sistema cultural vacceo fraguado a lo largo del primer milenio a. C. Los extensos campos de cereales, la peculiar arquitectura de barro y madera, las jarras u oinochoes para servir bebidas, las parrillas de hierro y los corderos lechales que sobre ellas se transforman en suculentos bocados…, tal y como hoy los percibimos, sugieren una herencia que, aunque lejana en el tiempo, parece mantener viva la huella de nuestro pasado céltico, específicamente, vacceo. Una herencia que pervive en el tiempo, tras siglos de historia.
(Mapa del territorio vacceo)
¿Dónde se asentaron los vacceos?
Los vacceos son precisamente el pueblo prerromano que ocupó este sector del valle medio del Duero, a lo largo y ancho de una superficie de unos cuarenta y cinco mil kilómetros cuadrados, es decir, la mitad de la actual superficie de la comunidad de Castilla y León. Vasto territorio que, referido a las actuales demarcaciones administrativas, comprendería la totalidad de la provincia vallisoletana y buena parte de las restantes provincias, a excepción de la soriana.
La región vaccea, por emplear el término acuñado por Wattenberg, comprende grosso modo la Tierra de Campos, los montes Torozos, el valle del Cerrato y las campiñas meridionales del Duero. Es decir, el espacio geográfico que queda delimitado al occidente por los ríos Cea y Esla, que actuarían de frontera con los astures; entre el Esla y el Pisuerga una banda imprecisa, aproximadamente por el norte de Carrión de los Condes, marcaría su límite con los cántabros; al este, y siguiendo aproximadamente el curso del río últimamente citado, hasta que recibe al Arlanza, se localizan los turmogos y aún más al sudeste los arevacos, a quienes pertenece Clunia, actual Coruña del Conde (Burgos), mientras que Rauda (Roa de Duero, Burgos) ya es vaccea; por el sur, la frontera con los vetones es mucho más imprecisa y se ciñe bastante al curso del Duero, aunque sabemos que al sur de éste son ciudades vacceas la actual Cuéllar (¿Colenda?), Cauca (Coca), ambas en la provincia de Segovia, Nivaria (¿Matapozuelos?) y Tordesillas, en Valladolid, y Arbucala (El Viso, Bamba), en Zamora.
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