Por José María Arévalo
(Imagen de la concentración por Ceuta en Valladolid)
Efectivamente, en estos casi sesenta años que llevo en Valladolid, nunca había visto en nuestra ciudad una manifestación tan grande como la habida en la plaza Mayor el pasado día 2 de septiembre en defensa de Ceuta y contra el Gobierno de Pedro Sánchez. Las cifras oficiales hablan de 20 mil manifestantes, pero yo creo que había más, pues, abarrotada la plaza Mayor, el acceso a ella por la calle Santiago estaba también abarrotado, de forma que no pude pasar desde el cruce Santiago-Constitución, y en él tuve que quedarme sin casi poder oír los discursos.
Decía al día siguiente un artículo en La Razón que “la gravísima crisis que atraviesa Ceuta tras la invasión masiva de inmigrantes espoleada por Marruecos va a constituir para el presidente y sus ministros la puntilla definitiva, la estocada final, el punto y aparte que debería dar lugar a la anhelada regeneración ética de la vida pública española. Hasta la fecha, Sánchez y su séquito han sorteado con mayor o menor fortuna los obstáculos que se han interpuesto en su camino desde que llegaron al poder, aunque en todos los lances han dado señales notorias de la incompetencia, estulticia, desidia e indolencia que han mostrado este mes de agosto en todo su esplendor, con consecuencias impredecibles en el plano exterior y en el interno, y con la ciudad autónoma al borde de un estallido social cuyas dimensiones empequeñecerían lo ocurrido en Torre Pacheco. Los paralelismos con lo sucedido durante la pandemia, la dana de Valencia, el gran apagón o el accidente de Adamuz son más que evidentes, aunque la dimensión de lo que acontece ahora deja ya al Ejecutivo sin margen de maniobra para perdurar en el tiempo porque su desgaste y su propia impericia se lo van a impedir.”
Las cifras que daba la prensa sobre la manifestación en Madrid, de unas 150 mil personas, me parecen muy pequeñas en comparación con las que me llegan de otras capitales, teniendo en cuenta la diferencia de población de aquella y de estas. La Gaceta Regional de Salamanca, periófico en el que trabajé de joven, decía que el Ayuntamiento salmantino “cifra en más de 30.000 a las personas que han estado presentes en el acto, al igual que en numerosas capitales de provincia de todo el país”.
El Diario de Valladolid explicaba así lo ocurrido en nuestra ciudad: “Durante la media hora que ha durado la concentración se han coreado gritos de ‘Ceuta no está sola’, ‘Gobierno, dimisión’ o ‘España, cristiana, y no musulmana’ y también insultos dirigidos hacia el presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez. Además de las banderas de España y alguna Cruz de Borgoña, los manifestantes también han extendido una enseña gigante al cierre de la concentración. También ha llamado la atención de quienes se han dado cita en la céntrica Plaza Mayor los reproches de algunos manifestantes que han criticado la corta duración de la concentración y han lamentado que Ceuta lleve «días sola». «¿A dónde vais? Solo llevamos unos minutos», han espetado estos manifestantes”.
Por su parte El Norte de Castilla titulaba: “«Pedro Sánchez, hijo de puta», la consigna más repetida en la concentración de apoyo a Ceuta en Valladolid. Veinte mil vallisoletanos acuden a la llamada de la FEMP en una jornada dividida entre el clamor de la calle y la proclama institucional”.
En crónica que firmaba Marco Alonso -y que reproduzco al no poder contar yo mismo lo ocurrido, pues no pude accede a la plaza Mayor- se decía: «No es inmigración, es una invasión». Esta fue una de las consignas que se corearon este miércoles en la Plaza Mayor de Valladolid, que se llenó durante la concentración de apoyo a Ceuta, una protesta que la convocante –la presidenta de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), María José García-Pelayo– aseguró que se impulsaba desde la «neutralidad política» y en la que la frase que más se pudo escuchar fue la de «Pedro Sánchez, hijo de puta».
Esta proclama contra el presidente fue coreada con visceralidad por varios sectores de la multitud, que rompieron de esta manera el murmullo de la Plaza Mayor en varias ocasiones cuando la megafonía intentaba encauzar el acto hacia términos de solemnidad y fraternidad municipal.
Los asistentes, que la Policía Municipal cifró en unas 20.000 personas, desbordaron la Plaza Mayor para arropar a la ciudad autónoma de Ceuta tras un verano convulso marcado por la llegada de miles de personas a finales del mes de julio. La convocatoria, impulsada a nivel nacional, logró arrastrar a más de 260 municipios del país en un despliegue sincronizado que hizo coincidir el malestar fronterizo con las celebraciones del Día de Ceuta.
En el centro del ágora vallisoletana, el protocolo local pugnaba por mantener el tipo frente a una plaza encendida que mezclaba la solidaridad sincera con el tono agriado de la alta política. El alcalde, Jesús Julio Carnero, tomó el micrófono para envolver el conflicto en los paños sagrados de la historia local y la retórica constitucional. Carnero no ahorró en referencias patrióticas, invocando a Fernando III, a Cristóbal Colón y al nacimiento de Felipe II en suelo vallisoletano para emparentar el destino de la capital castellana con el de la ciudad autónoma.
En su alocución, el regidor definió a Ceuta como «la síntesis territorial de nuestra Constitución de 1978» y la calificó de manera metafórica como «la piel de un cuerpo que se llama España». Tras situar el conflicto en una dimensión de emergencia nacional, Carnero elevó el tono para asegurar que «está en juego ni más ni menos que la causa de toda España» y proclamar que desde Valladolid se dice sí «a la solidaridad, a la defensa de la frontera y a los derechos humanos también de los ceutíes». El alcalde culminó su discurso apuntando directamente al Palacio de la Moncloa, al exigir que el Gobierno de España debe actuar e intervenir para «reponer la situación al momento anterior a la invasión que se ha producido desde Marruecos», una frase que desató una ovación entusiasta entre el público que abarrotaba el recinto.
A continuación, el plano emocional de la tarde corrió a cargo de la ceutí Elisa Pedrosa, quien ofreció el contrapunto sentimental a las proclamas de trazo grueso. «Hablo desde la emoción; mi corazón está triste porque en Ceuta vive mi familia, mis amigos y tantas personas a las que quiero», confesó con voz quebrada sobre el escenario. Pedrosa, que evocó los años felices transcurridos al otro lado del estrecho, describió el sentimiento de angustia que recorre a sus allegados tras las tensiones vividas en las últimas semanas, aunque quiso lanzar un mensaje de aliento hacia su tierra natal.
«Ceuta no está sola. Hemos sentido el apoyo de los vallisoletanos y de tantos españoles. Ceuta es España, una ciudad de convivencia que nunca se ha rendido», afirmó entre aplausos, antes de corear junto a la plaza el eslogan que convirtió en su cierre: «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende».
El armazón ideológico y político de la concentración quedó sellado con la intervención de Francisco Javier Fadrique, presidente de la Casa de Melilla en Valladolid, encargado de dar lectura al manifiesto. Con voz pausada, Fadrique fue desgranando un texto que evitó los paños calientes al abordar la situación en el límite sur de Europa. El manifiesto arrancó con una declaración de principios rotunda: «Ceuta no está sola. Ceuta: eres y serás siempre España». Sin embargo, el pasaje más tajante de la lectura llegó al calificar la naturaleza del conflicto fronterizo, momento en el que el documento dejó asentado que «lo ocurrido no es un problema migratorio. Cuando se pone bajo presión una frontera española, se pone bajo presión a toda España».
Fadrique dijo lo siguiente a la mitad de su lectura: «Rechazamos cualquier forma de odio» y, acto seguido, la Plaza Mayor coreó en repetidas ocasiones «España, cristiana y no musulmana. El texto exigió también medidas drásticas a la administración central, subrayando la exigencia formal de «el retorno efectivo y con garantías de todos los que entraron ilegalmente en nuestro país; esa es la única forma de recuperar la normalidad», al tiempo que remató proclamando que «la soberanía española sobre Ceuta no se cuestiona. La integridad territorial de España no se negocia».
Durante la media hora que duró el acto, ondearon decenas de banderas de España, aunque no fueron las únicas. También se dejaron ver algunas bandera negras con el logo de la organización política neonazi Núcleo Nacional o una pancarta en la que se podía leer «Guerra al invasor» junto al yugo y las flechas.
Una hora antes del inicio de la concentración, a las 19:00 horas, una agrupación de organizaciones sociales y sindicatos convocó una concentración en solidaridad con la población migrante que permanece en Ceuta. La Policía Municipal cifró la asistencia a este acto en 150 personas, que se cruzaron con varios de los participantes en la convocatoria de la Plaza Mayor y se vivieron momentos de tensión sin que se llegaran a registrar incidentes.
Esta convocatoria se desarrolló bajo el lema ‘Paremos los pies al racismo’ y las entidades convocantes explicaron que pretenden mostrar su «apoyo a los migrantes ante las protestas y acciones violentas protagonizadas durante las últimas semanas por grupos contrarios a su presencia».
La jornada en Valladolid se cerró con el himno nacional y con la proclama repetida una y mil de «Pedro Sánchez, hijo de puta», que dejó la estampa de una ciudad hipermovilizada, donde el fervor patrio y la inquietud social se dieron la mano en una puesta en escena de masas. Entre vivas a España y apelaciones al orden constitucional, la Plaza Mayor se convirtió por media hora en un altavoz que reclamó con decibelios al máximo que se defienda la ciudad autónoma, evidenciando que el debate sobre la gestión de los límites territoriales y los flujos migratorios se juega con la misma vehemencia en las murallas de Ceuta que bajo el reloj del Ayuntamiento vallisoletano.
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