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El 4 de enero de 1903, en el parque de atracciones Luna Park de Coney Island (Nueva York), una elefanta asiática de unos 28 años llamada Topsy muere electrocutada ante unas 1.500 personas y un centenar de reporteros.
Sus dueños quieren librarse de ella después de que haya matado a un hombre. Una cámara de la productora de Thomas Alva Edison filma la escena, que se exhibe por todo el país con el título de Electrocuting an Elephant. Más de un siglo después, la leyenda sigue culpando al inventor de una ejecución en la que nunca participó.
La escena dura poco más de un minuto y todavía hoy cuesta verla. Una elefanta camina despacio hacia una plataforma, la sujetan, un humo blanco le sube por las patas y el animal se desploma de costado, como un edificio derribado. No hay música ni sonido. Solo el parpadeo del celuloide y la sensación incómoda de estar mirando algo que nunca debió rodarse.
Para entender cómo se llega a ese invierno de 1903 hay que retroceder un par de décadas, a una pelea entre genios por algo tan abstracto como el sentido en que se mueven los electrones.
El Prometeo de Menlo Park
En 1880, Thomas Alva Edison (1847-1931) patenta su bombilla incandescente de filamento de carbono y se presenta ante el mundo como el nuevo Prometeo de la ciencia. Su ambición no es pequeña: llevar la luz eléctrica a cada hogar estadounidense y acabar con la tiranía del sol, que durante milenios ha decidido cuándo se levanta y cuándo se acuesta el Homo sapiens.
Dos años más tarde, en septiembre de 1882, inaugura en la calle Pearl de Manhattan la primera central eléctrica comercial. Funciona con corriente continua, en la que los electrones circulan siempre en la misma dirección. El avance es enorme, pero el sistema tiene un defecto de fábrica: arranca dando servicio a 59 clientes a 110 voltios y la corriente apenas viaja. Hace falta una subestación cada pocas manzanas.
El serbio que lo cambió todo
La solución llega de la mano de un ingeniero espigado, elegante y algo excéntrico recién desembarcado de Europa: Nikola Tesla (1856-1943). Su apuesta es la corriente alterna, en la que los electrones cambian de sentido de forma periódica. Gracias a los transformadores, puede elevarse a alta tensión y viajar con eficiencia a cientos de kilómetros.
Tesla había trabajado brevemente para Edison, y la ruptura entre ambos fue sonada. Su sistema acabó en manos del industrial George Westinghouse, que le compró las patentes y lo convirtió en el gran rival comercial del inventor de la bombilla.
A Edison la idea no le hizo ninguna gracia. Tenía las patentes de los generadores y las redes de corriente continua, y con ellas un negocio muy lucrativo. Así empieza la llamada guerra de las corrientes, una disputa que salta de los laboratorios a los periódicos y a la calle.
Perros, caballos y una silla eléctrica
La estrategia del bando de Edison es tan simple como siniestra: demostrar que la corriente alterna mata. A finales de la década de 1880, el ingeniero Harold P. Brown, en sintonía con los intereses del inventor, electrocuta en público perros, terneros y hasta un caballo con corriente alterna. El mensaje se resume en una frase: esto es lo que entrará en tu casa.
La campaña culmina en 1890 con la primera silla eléctrica, que funciona precisamente con corriente alterna. El reo William Kemmler muere en una ejecución chapucera que horroriza incluso a los testigos más curtidos. Para Westinghouse, aquello es publicidad de la peor especie. Edison llega a sugerir que a los condenados se les diga que han sido westinghouseados.
Topsy, de estrella de circo a problema
Mientras tanto, en otro rincón del espectáculo estadounidense, crece una elefanta. Topsy nace hacia 1875 en el sudeste asiático y llega de cría y de contrabando a Estados Unidos. El circo de Adam Forepaugh la anuncia, con más imaginación que vergüenza, como el primer elefante nacido en América.
Durante dos décadas es una de las estrellas de la carpa. Pero los años de cadenas, garfios y malos tratos acaban pasando factura. En mayo de 1902, en Brooklyn, un espectador llamado James Fielding Blount le arroja arena a la cara y le quema la trompa con un puro. Topsy lo mata. La prensa de la época le atribuye además otras dos muertes, aunque los historiadores no han encontrado registros que lo confirmen.
La elefanta acaba en manos de Frederic Thompson y Elmer Dundy, que están construyendo Luna Park en Coney Island. Tras varios incidentes con su cuidador, deciden que el animal es peligroso y que hay que deshacerse de él. Su primera idea es ahorcarla en público y, de paso, cobrar entrada.
Cianuro, voltios y un cabrestante
La Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales se opone a la horca y al espectáculo de pago. Tras negociar con los dueños, se acuerda un método supuestamente más humano, que en realidad suma tres formas de matar.
La mañana del 4 de enero de 1903, a Topsy le dan zanahorias rellenas con 460 gramos de cianuro potásico. Luego la colocan con electrodos de cobre sujetos a las patas y le aplican una descarga de 6.600 voltios de corriente alterna durante unos diez segundos. Por si acaso, tiene una soga al cuello unida a un cabrestante de vapor, que aprieta durante diez minutos más. La elefanta se derrumba sin un solo bramido.
El mito de Edison
Aquí conviene poner las cosas en su sitio. La leyenda cuenta que Edison electrocutó a Topsy para desacreditar la corriente alterna, y lo repiten desde documentales hasta tuits con millones de visualizaciones. Pero Edison no participó en la ejecución. En 1903, la guerra de las corrientes llevaba una década terminada: la alterna había ganado y el inventor ya había vendido sus acciones de General Electric.
La confusión tiene su explicación. Los electricistas que montan la instalación trabajan para una compañía de Brooklyn heredera de su marca, y los operadores que filman la escena pertenecen a la Edison Manufacturing Company, la productora cinematográfica del inventor. Su película, Electrocuting an Elephant, recorre los quinetoscopios del país y es probablemente una de las primeras muertes de un animal filmadas de la historia. Edison puso el apellido, pero no el dedo en el interruptor.
Un monumento para no olvidar
La corriente alterna que defendieron Tesla y Westinghouse se impuso, y es la que hoy llega a cualquier enchufe del planeta. La guerra la ganó la física, no la propaganda.
En 2003, al cumplirse un siglo de su muerte, el museo Coney Island USA instaló un memorial dedicado a Topsy. El visitante se sube a una placa de cobre, rodeado de cadenas colgantes, y gira la manivela de un mutoscopio para ver la película. La sensación de complicidad es deliberada.
Es el mejor epitafio posible para una época en la que el progreso se exhibía en ferias, con entrada, palomitas y víctimas. Topsy no murió por la ciencia ni por la electricidad. Murió porque a alguien le pareció un buen espectáculo. Y lo terrible es que tuvo razón: la gente fue a verlo.
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