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LA VIDA BREVE Y PELIGROSA DE NUESTROS ANCESTROS

¿De qué morían los seres humanos en la Prehistoria?… a los 30 años y nunca de cáncer

La elevada mortalidad infantil y las enfermedades infecciosas marcaron la corta esperanza de vida en la Prehistoria, donde hasta un hueso roto podía ser letal

Periodista Digital 10 Ago 2025 - 19:12 CET
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Imagina despertar cada mañana en una cueva fría, sin saber si ese día te tocará lidiar con un ataque de animales salvajes, una fiebre misteriosa o, simplemente, un hueso roto que puede sentenciar tu destino.

La Prehistoria fue una época en la que la vida humana pendía de un hilo muy fino.

Si hoy nos preocupamos por el colesterol o el estrés, nuestros antepasados tenían que esquivar peligros mucho más inmediatos y letales.

Uno de los grandes mitos sobre los humanos prehistóricos es que vivían poco porque morían “de viejos” a los treinta años.

Sin embargo, esta cifra responde más a una esperanza de vida media “falseada” por la altísima mortalidad infantil: entre el 30% y el 40% de los nacidos no llegaban a los 15 años.

Si superabas esa etapa, podías aspirar a sobrevivir bastantes décadas más, siempre que no te cruzaras en el camino de una enfermedad, una pelea tribal o un accidente.

Mortalidad infantil: el enemigo invisible

La infancia era una auténtica carrera de obstáculos. Los registros arqueológicos muestran tumbas infantiles con frecuencia alarmante, como la reciente excavación de Gela (Sicilia), donde se ha hallado a un niño enterrado en una jarra de terracota del siglo VI a.C.. La práctica de inhumar a los más pequeños en recipientes domésticos no solo revela costumbres funerarias peculiares, sino también la realidad brutal: pocos bebés llegaban a convertirse en adultos.

Las causas eran variadas y casi siempre letales:

Superar los primeros años era casi un milagro. Por eso, los adultos que lograban llegar a los 15 años tenían una “segunda esperanza” y podían vivir hasta los 50 o incluso 60 años, si la suerte les acompañaba.

Un hueso roto: ¿sentencia de muerte?

Si eres aficionado al senderismo y alguna vez te has torcido el tobillo, imagina lo mismo hace 30.000 años… sin traumatólogo ni muletas. En el Paleolítico, romperse un hueso era uno de los mayores riesgos para cazadores y recolectores nómadas. Un fémur fracturado significaba quedarse atrás durante las migraciones del grupo y depender totalmente del cuidado ajeno.

La medicina prehistórica existía… pero era rudimentaria: entablillados hechos con ramas y barro eran el único recurso disponible. Sorprendentemente, hay pruebas osteológicas de fracturas sanadas; esto indica cierta solidaridad grupal y, según la antropóloga Margaret Mead, es el primer signo claro de civilización humana.

Pero no todo era tan “civilizado”: si la herida se infectaba o no cicatrizaba bien, podía provocar septicemias mortales o dejar al individuo incapacitado para sobrevivir. A veces bastaba una caída tonta para cambiar el curso de toda una tribu.

Enfermedades infecciosas: cuando la vida sedentaria lo complicó todo

El paso del Paleolítico al Neolítico fue una revolución… pero también trajo nuevas desgracias. El cambio a la vida sedentaria y el contacto estrecho con animales domesticados disparó las zoonosis (enfermedades transmitidas por animales):

El hacinamiento humano facilitó epidemias devastadoras. Probablemente estos males ya existían entre nómadas, pero su prevalencia aumentó con las aldeas y la ganadería. Además, las mujeres corrían riesgos adicionales: partos complicados y embarazos sin ningún tipo de asistencia médica acortaban su esperanza de vida aún más que la masculina.

Curiosamente, algunos males modernos como el cáncer o la diabetes apenas aparecen en restos prehistóricos; parece que su incidencia era mínima debido al corto ciclo vital y al tipo de alimentación.

Violencia interpersonal: cuando el vecino era peor que cualquier virus

La Prehistoria no solo fue peligrosa por sus enfermedades: las peleas tribales y conflictos armados dejaron huella en muchos restos óseos. Los estudios forenses han documentado lesiones craneales profundas causadas por impactos letales; en Atapuerca se encontraron signos claros de violencia organizada incluso entre jóvenes.

En Gran Bretaña, hace unos 4.200 años, se produjo una auténtica masacre: 37 personas fueron asesinadas y canibalizadas en lo que parece un acto deliberado para deshumanizar al enemigo. Las víctimas incluían niños, mujeres y hombres; los cuerpos fueron descuartizados antes de ser arrojados a un pozo. El análisis osteológico revela cortes y fracturas perimortem que sugieren tortura e incluso canibalismo ritualizado.

Aunque estos episodios eran excepcionales, demuestran que nuestros antepasados no vivían en una eterna armonía natural; sobrevivir significaba estar alerta ante enfermedades… ¡y ante otros humanos!

Curiosidades para asombrar en la sobremesa

No todo son datos sombríos. La Prehistoria está llena de anécdotas fascinantes:

Y para terminar: si alguna vez tienes un mal día porque se te ha roto una uña o te ha dado un tirón muscular… recuerda que tus antepasados podían morir por mucho menos. Así es la ciencia: nos recuerda lo afortunados que somos por vivir aquí y ahora.

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