Hay relojes que se retrasan, relojes que se adelantan y un reloj que pone los pelos de punta.
El Reloj del Juicio Final, creado en 1947 por un grupo de físicos que habían participado en la construcción de la primera bomba atómica, acaba de ser ajustado a 85 segundos para la medianoche. Es la distancia más corta al «fin» desde que existe este símbolo.
No es una profecía mística. No es un meteorito de película.
Es la evaluación de un grupo de científicos sobre cuán cerca está la humanidad de desencadenar una catástrofe global de su propia fabricación.
De Hiroshima a hoy: la historia de un icono
El Bulletin of the Atomic Scientists lo creó en 1947, dos años después de Hiroshima y Nagasaki, como herramienta para comunicar un riesgo complejo a un público no especializado. La metáfora era directa: la medianoche representa el desastre global provocado por el ser humano, no la extinción instantánea de toda vida sino el momento en que una guerra nuclear, un colapso climático incontrolable o una combinación de crisis transformarían el mundo de forma irreversible.
El diseño original fue obra de Martyl Langsdorf, artista casada con un físico del Proyecto Manhattan, que lo dibujó literalmente sobre la mesa del salón. La hora inicial, las 23:53, no fue fruto de cálculo alguno: le pareció visualmente impactante. El simbolismo llegó después.
La historia del reloj es en sí misma un termómetro de la historia contemporánea. En 1953, tras las primeras pruebas de bombas termonucleares americanas y soviéticas, se colocó a dos minutos de la medianoche. En 1991, con el fin de la Guerra Fría y los acuerdos de desarme entre EEUU y la URSS, retrocedió hasta los 17 minutos, el punto más alejado de la medianoche en toda su historia. Desde 2018 ha oscilado en torno a unos pocos minutos. La última actualización de 2026 lo sitúa en 85 segundos.
Por qué estamos tan cerca
Los científicos del Bulletin no consultan bolas de cristal. Analizan datos, tendencias y situaciones de seguridad internacional. Los factores que han llevado al reloj a su posición más cercana a la medianoche en toda su historia se agrupan en tres categorías que se retroalimentan.
Las tensiones nucleares son el factor histórico original y siguen siendo el más inmediato. Los tratados de control armamentístico que se construyeron durante la Guerra Fría y los años noventa se han ido debilitando o rompiendo. Hay menos transparencia sobre arsenales y pruebas nucleares. Nuevos sistemas de defensa antimisiles e interceptores espaciales alimentan los temores sobre una carrera armamentística que ahora incluye el espacio. Y los conflictos activos en Ucrania y Gaza, con potencias nucleares directamente implicadas o en la proximidad inmediata, añaden una dimensión de riesgo de escalada que hace décadas no existía.
La crisis climática ha superado en varios indicadores las proyecciones de los modelos anteriores. Los años más calurosos jamás registrados se acumulan en la última década. Las sequías en la Amazonia y el continente africano, las inundaciones históricas en el Congo y el sureste brasileño, el ritmo de pérdida del hielo polar: todo apunta a una aceleración que los acuerdos internacionales no están logrando contener.
Los riesgos tecnológicos emergentes son el factor más nuevo y en cierta medida el más inquietante precisamente por su novedad. La biotecnología permite hoy sintetizar virus y bacterias en laboratorio con una facilidad inimaginable hace veinte años. Se ha alertado sobre experimentos con organismos diseñados con bioquímica invertida que podrían escapar a los mecanismos inmunes actuales. La inteligencia artificial plantea desafíos desde la desinformación masiva hasta el diseño potencial de agentes biológicos o ciberataques sobre infraestructuras críticas. Y todo esto ocurre en un entorno internacional donde las autocracias nacionalistas proliferan y la cooperación multilateral se debilita.
Lo que el reloj dice y lo que no dice
El Reloj del Apocalipsis no es una predicción matemática. No dice que quedan exactamente 85 segundos para el fin del mundo. Funciona como termómetro del riesgo global: si aumenta la fiebre geopolítica, climática o tecnológica, las manecillas se acercan a la medianoche.
Hay malentendidos frecuentes que conviene despejar. El reloj no proclama que la humanidad está condenada. No implica que un solo suceso vaya a acabar con el planeta. Y tiene una paradoja que los propios científicos del Bulletin reconocen con cierta ironía: si el reloj llegara algún día a marcar medianoche, la mayoría de nosotros seguiría físicamente intacto al día siguiente. El «fin» sería político, social y ecológico, no un apagón instantáneo.
Puede moverse hacia atrás
Los creadores insisten en un punto que el simbolismo del reloj no siempre transmite con suficiente claridad: no está todo decidido. El reloj no solo se observa, también puede moverse hacia atrás. Lo ha hecho antes, en los momentos de mayor cooperación internacional. Y los científicos del Bulletin señalan vías concretas para conseguirlo.
Reiniciar el diálogo sobre desarme nuclear entre EEUU, Rusia y los otros estados con arsenales significativos. Regular la biotecnología para limitar la capacidad de sintetizar patógenos peligrosos antes de que esa capacidad se extienda irreversiblemente. Establecer normas internacionales sobre el uso militar de la inteligencia artificial antes de que sus aplicaciones se impongan sin control. Y acelerar la transición energética con políticas coherentes que no queden atrapadas en guerras culturales sobre las renovables.
Cada vez que el reloj ha retrocedido en su historia ha coincidido con momentos de cooperación real entre potencias rivales. Cada avance hacia la medianoche ha coincidido con la ruptura de esa cooperación.
El reloj no mide el tiempo que nos queda. Mide el grado en que decidimos usarlo bien o malgastarlo.
A 85 segundos de la medianoche, esa decisión nunca había sido más urgente.
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