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UN GIGANTE ANTÁRTICO EN EL CENTRO DE LA ATENCIÓN GLOBAL

El colosal A-23A, el iceberg más grande del mundo que se lleva 40 años a la deriva, se fragmenta

El iceberg más grande del mundo inicia su desintegración cerca de las Islas Georgias del Sur, despertando preocupación por su impacto ecológico y por las incógnitas que plantea para la ciencia

Periodista Digital 05 Ago 2025 - 16:36 CET
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Imagina un bloque de hielo tan grande que podría albergar en su superficie a Nueva York, Los Ángeles y Houston juntas.

Ese es el A-23A, el iceberg más grande y antiguo del planeta, cuya travesía épica comenzó en 1986 cuando se desprendió de la plataforma Filchner, en la Antártida.

Durante casi cuatro décadas permaneció varado como una escultura monumental en las frías aguas australes, hasta que en 2020 decidió continuar su viaje hacia el norte, arrastrado por poderosas corrientes oceánicas, rumbo a las legendarias islas Georgias del Sur.

Con una longitud de 80 kilómetros y una superficie que ronda los 3.360 km² —más del doble que el Gran Londres— y un peso cercano al billón de toneladas, este coloso helado es mucho más que una rareza geográfica: es un fenómeno natural seguido con lupa por científicos, ambientalistas y curiosos de todo el mundo.

Su reciente acercamiento al Atlántico Sur, al sureste de las Islas Malvinas, lo ha convertido en protagonista de uno de los capítulos más fascinantes (y preocupantes) de la historia polar reciente.

El gran crujido: cuando los gigantes también se rompen

El pasado mes de enero, imágenes satelitales revelaron un hito sin precedentes: un fragmento de aproximadamente 19 km de largo y 6 km de ancho —casi tan grande como París— se desprendió del A-23A, quedando a la deriva en las gélidas aguas antárticas. Científicos como Andrew Meijers, del British Antarctic Survey, lo califican como “la primera parte significativa” que pierde este titán desde su separación inicial hace casi 40 años.

La fragmentación de icebergs es un proceso natural, pero la magnitud y el momento suscitan inquietud. Aunque el A-23A había resistido bien durante décadas —apenas perdió pequeños trozos antes—, ahora “es una señal clara de que las grietas comienzan a romperse”, advierte Meijers. Y aquí entra en juego la imprevisibilidad: algunos icebergs gigantes han colapsado en cuestión de semanas tras perder sus primeras grandes piezas, pero anticipar si el A-23A seguirá ese destino o mantendrá su integridad es poco menos que ciencia ficción.

Fragmentación impredecible

Según Meijers, aunque esta pérdida no parece alterar su trayectoria hacia las Georgias del Sur —una zona vital para focas y pingüinos—, una mayor fragmentación reduciría el riesgo para la fauna, ya que los animales podrían sortear con más facilidad bloques pequeños para buscar alimento.

Impacto ecológico: ¿amenaza o bendición disfrazada?

La llegada y posible encallamiento del A-23A cerca de las Georgias del Sur —el 1 de marzo sorprendió al quedarse varado a unos 73 km de la costa— ha generado debate sobre sus efectos ambientales. Por un lado, existe el temor de que este mastodonte altere rutas migratorias o zonas de cría clave para pingüinos y focas; por otro, algunos expertos señalan posibles beneficios inesperados.

Entre los efectos positivos figura la liberación gradual de nutrientes al agua a medida que el hielo se derrite. Estos nutrientes pueden favorecer la proliferación del fitoplancton, base esencial de la cadena alimentaria marina. Sin embargo, este efecto podría verse eclipsado por los impactos negativos asociados al calentamiento global y a cambios bruscos en los ecosistemas locales.

Posibles consecuencias:

  1. Obstáculo físico: Si el iceberg encalla cerca de costas o rutas migratorias, puede bloquear el acceso a zonas de alimentación esenciales para mamíferos marinos y aves.
  2. Nutrientes extra: El derretimiento puede enriquecer temporalmente las aguas circundantes, aumentando la productividad biológica.
  3. Riesgo para navegación: La presencia de grandes bloques o fragmentos dificulta tanto la navegación comercial como científica.
  4. Pesca ilegal: La inestabilidad generada por estos monstruos flotantes complica aún más el control sobre actividades pesqueras irregulares en una zona ya disputada políticamente.

¿Es culpa del cambio climático?

Aunque resulte tentador vincular todo fenómeno polar extremo al calentamiento global, no todo es tan sencillo. Según Martin Siegert, científico polar de la Universidad de Exeter, el desprendimiento observado no es necesariamente una consecuencia directa del cambio climático; “hay montones de icebergs que se desprenden todo el tiempo”, afirma. La formación y fragmentación de gigantes helados es un proceso natural en constante evolución desde hace milenios.

Eso sí: nadie niega que el cambio climático esté acelerando ciertos procesos en la Antártida. El retroceso generalizado del hielo marino y continental es un hecho contrastado por numerosos estudios internacionales. Sin embargo, en el caso concreto del A-23A, los expertos recuerdan que su historia comenzó mucho antes del actual repunte global de temperaturas medias.

Cifras asombrosas y curiosidades heladas

Para cerrar este viaje entre glaciares con una sonrisa (y alguna ceja arqueada), aquí van algunas anécdotas y datos sorprendentes sobre los icebergs gigantes:

Y como apunte final: si alguna vez te preguntaste qué pasaría si un iceberg así chocara con tierra firme… recuerda al Titanic. Pero multiplicado por varios miles.

Los colosos helados no solo fascinan a científicos; también nos recuerdan lo pequeño —y vulnerable— que resulta el ser humano ante las fuerzas majestuosas e impredecibles del planeta azul.

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