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Vacaciones “verdes” a reacción

Sánchez y Begoña gastaron 28.000 litros de combustible en su ida a Lanzarote, lo que toda una familia española en su vida

El presidente y su esposa usaron dos aviones para llegar a Lanzarote, generando emisiones equivalentes a ocho años de coche y levantando un intenso debate ambiental

Periodista Digital 06 Ago 2025 - 18:46 CET
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y basta repasar las cifras.

Analizar laa huella de carbono y el dilema ambiental del poder.

Las ‘ecológicas‘ vacaciones de Pedro Sánchez y Begoña Gómez arrancaron agosto rumbo a la Residencia Real de La Mareta, en Lanzarote, con toda la expectación mediática puesta en el despliegue logístico de su viaje.

No es solo una cuestión de seguridad o de lujo: lo que ha desatado la polémica es el impacto ambiental del trayecto, que ha dejado una huella de carbono digna de récord.

Y es que, para llegar a su destino vacacional, el presidente y su esposa utilizaron dos aviones oficiales: un Falcon y un Airbus A310, este último con capacidad para 220 pasajeros, aunque no precisamente lleno de turistas.

Solo en el trayecto de ida, el consumo ascendió a 28.000 litros de queroseno, una cifra difícil de imaginar, pero que equivale a lo que una familia española media gastaría en combustible durante toda su vida. O, dicho de otro modo, es el mismo CO₂ que genera un coche conduciendo sin parar durante más de ocho años.

No es de extrañar que el asunto haya incendiado las redes sociales y avivado el debate sobre la coherencia entre las políticas climáticas y las acciones de los líderes.

El coste ambiental de volar en Falcon (y Airbus)

Volando alto, el presidente no solo se enfrenta a las turbulencias políticas. El consumo de 28.000 litros de queroseno no solo se traduce en un gasto económico (más de 13.000 euros solo en la ida, a cargo del contribuyente), sino también en un fuerte impacto medioambiental. El queroseno, ese líquido dorado para la aviación, se transforma en la atmósfera en toneladas de dióxido de carbono (CO₂), uno de los principales gases responsables del cambio climático.

El viaje no acaba ahí: a la ecuación hay que sumar los desplazamientos previos en coche y helicóptero desde Moncloa a Torrejón de Ardoz, donde despegan los vuelos oficiales. Y todo este periplo para disfrutar del sol y la brisa atlántica en una residencia que, por cierto, cuenta con acceso privado al mar y un perímetro de seguridad custodiado por decenas de agentes.

Vacaciones de Estado, seguridad y despliegue policial

Detrás de la postal veraniega, el despliegue de seguridad en La Mareta es digno de una cumbre internacional. Al menos 40 agentes de distintos cuerpos, entre ellos el Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) y unidades de élite, vigilan el perímetro y hasta limpian las playas de grafitis poco amistosos antes de la llegada del presidente. La protección incluye vigilancia subacuática, retirada de coches en los alrededores y, por supuesto, la garantía de que ningún espontáneo arruine la tranquilidad presidencial con pancartas o abucheos.

Mientras tanto, la polémica se traslada a la arena política y mediática: ¿es compatible predicar la sostenibilidad y el ahorro energético con viajar en aviones de gran capacidad para trayectos personales? ¿Puede un líder exigir medidas para combatir el cambio climático mientras sus vacaciones dejan una huella de carbono tan significativa? El debate está servido, y no solo en tertulias, sino en la conciencia colectiva.

Medio ambiente y salud: el lado oculto de las emisiones

Las emisiones generadas por los vuelos presidenciales no solo afectan al clima global. El CO₂ y otros contaminantes, como los óxidos de nitrógeno y las partículas finas, tienen efectos directos sobre la salud humana. Diversos estudios han demostrado que la contaminación atmosférica contribuye al aumento de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y a la mortalidad prematura, especialmente en áreas urbanas y cercanas a rutas aéreas principales.

Por si fuera poco, el turismo de élite y los viajes oficiales en avión tienen un efecto llamada: normalizan prácticas de alto impacto ambiental y dificultan el mensaje de responsabilidad que los gobiernos intentan trasladar a la ciudadanía. El famoso “haz lo que yo digo, no lo que yo hago” adquiere aquí una dimensión planetaria.

Curiosidades científicas: volar y contaminar, una pareja inseparable

¿Sabías que…?

  1. Un solo vuelo Madrid-Lanzarote en un Airbus A310 puede emitir más de 70 toneladas de CO₂, lo que equivale a plantar y mantener más de 3.000 árboles durante un año para compensarlo.
  2. El queroseno de aviación es más eficiente energéticamente que la gasolina de los coches, pero su combustión en altura libera partículas que potencian el efecto invernadero.
  3. Los aviones de pasajeros vacíos, conocidos como “vuelos fantasma”, pueden llegar a emitir hasta un 25% más de CO₂ por pasajero que los vuelos comerciales llenos.
  4. La “paradoja presidencial”: los líderes que más abogan por la acción climática suelen tener la mayor huella de carbono institucional, por la necesidad de seguridad y logística.
  5. En la Antártida, los científicos viajan en aviones militares para investigar el cambio climático… y luego pasan días calculando cuántos pingüinos equivalen a su huella de carbono por el trayecto.

Para los más curiosos: la próxima vez que escuches despegar un Falcon, piensa que ese rugido de motores no es solo el sonido del poder, sino también el de cientos de kilos de CO₂ volando directo a la atmósfera. Así, entre despliegues policiales, queroseno y mareas de titulares, las vacaciones presidenciales se convierten en la mejor metáfora del gran reto ambiental: querer llegar lejos sin dejar huella… o al menos, sin que se note demasiado.

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