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No cuela.
Porque apesta a otro burdo intento de no asumir responsabilidades.
Y las tiene, porque pagamos impuestos para que siempre y sobre todo en momentos tan trágicos como esto, las autoridades estén a la altura.
El olor a humo lleva semanas impregnando el aire de media España.
Desde Galicia hasta Extremadura, el fuego ha devorado ya más de 340.000 hectáreas en lo que va de 2025, una cifra que supera todos los registros de este siglo y nos retrotrae a los peores años de los 80 y 90, cuando los incendios forestales convertían cada verano en una pesadilla colectiva.
El paisaje, teñido de negro y ceniza, se ha convertido en el epicentro de un intenso debate político y científico.
Mientras los servicios de emergencia luchan contra decenas de focos activos, el Gobierno de Pedro Sánchez insiste en relacionar la magnitud de la catástrofe con el cambio climático.
Sin embargo, la oposición —especialmente desde el Partido Popular— acusa al Ejecutivo de obviar un dato incómodo: la mayoría de los incendios tienen un origen humano, y este año ya hay cerca de 30 detenidos acusados de pirómanos y casi 100 investigados por provocar fuegos.
Una ola de calor sin precedentes y un cóctel perfecto para el fuego
A día de hoy, 19 de agosto de 2025, los datos son demoledores. El Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) estima que se han quemado más de 343.000 hectáreas, superando el récord de 2022, que ya era considerado el peor año del siglo XXI. Solo en la primera quincena de agosto, la superficie arrasada se multiplicó por 3,5 en cinco días, especialmente durante una ola de calor que dejó temperaturas superiores a los 37 grados en provincias como Ourense, donde las llamas han devorado más de 100.000 hectáreas.
La denominada “regla del 30” —temperaturas por encima de 30 ºC, humedad por debajo del 30% y vientos superiores a 30 km/h— se ha cumplido a rajatabla este verano, creando las condiciones idóneas para que cualquier chispa, ya sea fortuita o intencionada, se transforme en un incendio fuera de control. A esto se suma el abandono rural, la acumulación de vegetación y la falta de gestión forestal, ingredientes que alimentan el fuego con una eficacia temible.
¿Cambio climático o mano del hombre? El origen del fuego bajo el microscopio
La raíz del debate está en la atribución de las causas. El Gobierno recalca que el calentamiento global intensifica la frecuencia y virulencia de los incendios, y los expertos advierten que los llamados “megaincendios” son cada vez más frecuentes y devastadores en España y el sur de Europa. Pero las estadísticas oficiales y los datos policiales arrojan otra luz sobre el asunto.
Según informes del propio Ejecutivo y de las comunidades autónomas, aproximadamente el 90% de los incendios forestales en España tienen detrás la acción humana, ya sea por negligencia, accidente o intencionalidad. Este año se han producido detenciones e investigaciones a un ritmo sin precedentes: alrededor de 30 personas arrestadas y casi un centenar bajo la lupa policial por su presunta implicación en la ola de incendios.
Las motivaciones de los pirómanos son tan variadas como inquietantes: desde conflictos vecinales, venganzas personales o intereses económicos (como la recalificación de terrenos o la obtención de subvenciones), hasta la simple pulsión destructiva. En otras ocasiones, la chispa surge de imprudencias cotidianas: una colilla mal apagada, una quema agrícola fuera de control o un coche averiado en mitad del monte.
El papel de la ciencia y la tecnología en la detección y combate del fuego
La ciencia se ha convertido en la gran aliada para monitorizar la evolución de los incendios. Satélites como los del programa Copernicus de la Unión Europea o los sistemas de alerta de Google Maps permiten rastrear en tiempo real los focos activos y estimar la superficie afectada. Las imágenes térmicas y los mapas interactivos, abiertos al público, han democratizado el acceso a la información y facilitan la labor de prevención y coordinación de los equipos de emergencia.
En paralelo, la meteorología y la modelización climática ofrecen herramientas para anticipar los episodios de mayor riesgo. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y el propio EFFIS han emitido este verano numerosas alertas por riesgo extremo, muchas veces acertando en la localización y magnitud de los incendios más devastadores.
El año negro de los incendios: cifras y comparativas históricas
Conviene poner los datos en perspectiva para entender la magnitud del desastre:
- Superficie quemada en 2025: más de 343.000 hectáreas (según EFFIS).
- Récord anterior del siglo XXI: 306.000 hectáreas en 2022.
- Peor año de la historia reciente: 484.000 hectáreas en 1985.
- Zonas más afectadas: noroeste peninsular (Ourense, Zamora, León), con tres de cada cuatro hectáreas calcinadas concentradas en estas provincias.
- Grandes incendios activos (más de 500 hectáreas): al menos 20 en la primera quincena de agosto.
A pesar de que el número de focos no ha aumentado respecto a otros años, la virulencia y extensión de los fuegos en 2025 es inédita. Con solo la mitad de incendios respecto a 2022, la superficie arrasada ya es mayor, un fenómeno que los expertos asocian a la conjunción de condiciones meteorológicas extremas, acumulación de biomasa y, en muchos casos, la intencionalidad humana.
Pirómanos, negligencias y un país en alerta máxima
El perfil del pirómano en España es diverso y en ocasiones sorprendente. Los estudios policiales distinguen entre los incendiarios por motivos económicos, los que actúan por trastornos psicológicos y los que lo hacen por conflictos personales o venganza. En Galicia, por ejemplo, existe una larga tradición de fuegos provocados para limpiar pastos o modificar el uso del suelo, aunque la legislación es cada vez más estricta en impedir que el monte quemado pueda ser recalificado para otros usos.
No obstante, muchas veces el incendio no es obra de un criminal, sino de la suma de pequeños descuidos: desde la maquinaria agrícola hasta las barbacoas en lugares prohibidos, pasando por los fuegos artificiales o las líneas eléctricas en mal estado.
¿Y ahora qué? La gestión forestal y los retos del futuro
La crisis de 2025 pone de relieve la urgencia de repensar la gestión forestal y la política de prevención de incendios en España. Los expertos reclaman más inversión en limpieza de montes, vigilancia, educación ambiental y recursos para los cuerpos de bomberos y protección civil. La despoblación rural y el abandono de usos tradicionales del campo han incrementado la cantidad de combustible vegetal, convirtiendo el monte en un polvorín a la espera de la chispa fatal.
El debate sobre el cambio climático y la acción humana no es excluyente: ambos factores se retroalimentan y complican la lucha contra el fuego. Mientras tanto, la sociedad asiste con impotencia a la destrucción de un patrimonio natural que tardará décadas en recuperarse.
Anécdotas y curiosidades: entre la tragedia y el absurdo
- En uno de los mayores incendios de Galicia, los servicios de emergencia rescataron a un rebaño de vacas que, tras perder su refugio habitual, se refugiaron en la piscina de un hotel rural. El dueño del establecimiento asegura que “nunca vio a las vacas tan limpias y frescas”.
- El récord de hectáreas quemadas en la historia de España se mantiene desde 1985, cuando el fuego arrasó casi medio millón de hectáreas. Aquel año, los telediarios tenían sección fija para los incendios, y los helicópteros de extinción eran casi una novedad tecnológica.
- En algunas aldeas gallegas, los vecinos siguen utilizando métodos tradicionales para protegerse del fuego, como crear cortafuegos manuales con azadas y palas, una práctica que ha salvado más de una casa este verano.
- En Zamora, un incendio fue detectado gracias al olfato de un perro policía entrenado para localizar acelerantes. El animal se ha convertido en un pequeño héroe local y tiene más seguidores en redes sociales que algunos políticos.
El verano de 2025 pasará a la historia por sus cifras devastadoras y por un debate político y social que, como las cenizas, tardará mucho en disiparse.
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