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Alarma científica ante el posible colapso de la corriente atlántica

AMOC: el latido oculto del Atlántico que podría cambiar el clima de Europa para siempre

La circulación atlántica, clave para el clima europeo, muestra señales de debilitamiento que podrían transformar desde el tiempo en España hasta la pesca en todo el hemisferio norte

Periodista Digital 29 Ago 2025 - 18:54 CET
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El océano Atlántico esconde una de las fuerzas más poderosas y silenciosas de la Tierra: la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, más conocida por sus siglas en inglés, AMOC. Este sistema de corrientes, que incluye a la famosa Corriente del Golfo, actúa como una gigantesca cinta transportadora que traslada calor, oxígeno y nutrientes desde el ecuador hasta el norte, regulando el clima de Europa y buena parte del hemisferio norte.

El mecanismo es fascinante: las aguas cálidas, más saladas y ligeras, viajan hacia el norte hasta enfriarse en las latitudes altas. Allí, al aumentar su densidad, se hunden y regresan hacia el sur en las profundidades del océano, formando una especie de circuito planetario de energía. Este “latido oceánico” mantiene la temperatura de Europa varios grados por encima de lo que sería normal para su latitud, permite inviernos más suaves y veranos menos extremos, y sostiene la riqueza biológica del Atlántico Norte.

¿Por qué está en riesgo la AMOC?

A día de hoy, 29 de agosto de 2025, la comunidad científica lanza advertencias cada vez más firmes: la AMOC muestra señales preocupantes de debilitamiento. El motivo principal es el calentamiento global, que está acelerando el deshielo de Groenlandia y el Ártico. La entrada masiva de agua dulce, menos densa que el agua salada, dificulta que la corriente se hunda en el norte, interrumpiendo el motor del sistema.

Según varios estudios recientes, el riesgo de un colapso parcial o total de la AMOC antes de 2100 ya no puede considerarse una simple hipótesis lejana. Algunos modelos de alta calidad apuntan a que el sistema podría colapsar incluso en la década de 2030, mientras que otros son más conservadores y sitúan ese umbral a finales de siglo. El IPCC, organismo de referencia en ciencia climática, estima que la probabilidad de un colapso abrupto antes de 2100 es inferior al 10%, pero hay expertos que consideran que este análisis es demasiado optimista y que el riesgo real está subestimado.

Efectos directos en el clima de Europa y España

El posible colapso de la AMOC sería todo menos discreto. Las simulaciones climáticas predicen que Europa, y especialmente la Península Ibérica, sufrirían un cambio radical en su clima:

En resumen, España pasaría de un clima templado y húmedo a uno más extremo e impredecible, con riesgos para la agricultura, la gestión del agua y la economía costera.

El papel de las corrientes oceánicas en el planeta

La AMOC es solo una pieza de un puzle global de corrientes oceánicas. Cada océano cuenta con sus propias “cintas transportadoras”, que cumplen funciones críticas para la vida y el clima en la Tierra:

Estas corrientes son auténticas autopistas de nutrientes y calor. Cuando una de ellas se altera, el efecto dominó puede sentirse a miles de kilómetros, alterando desde los monzones en Asia hasta la estabilidad de la selva amazónica.

Señales de alerta y puntos de no retorno

El sistema climático terrestre funciona como una máquina de relojería, pero hay piezas que, si se rompen, no tienen fácil arreglo. La AMOC es uno de los denominados puntos de no retorno (“tipping points”) del planeta. Un colapso podría desencadenar efectos encadenados, desde el deshielo acelerado de Groenlandia hasta la alteración de los monzones africanos y asiáticos, pasando por la subida rápida del nivel del mar en la costa atlántica estadounidense.

El enfriamiento de Europa, paradójicamente, no nos salvaría del calentamiento global: mientras la AMOC se apaga, el resto del planeta seguiría recibiendo más calor, agravando la desigualdad climática entre regiones.

Curiosidades científicas y anécdotas oceánicas

El Atlántico, con sus misterios y corrientes, sigue recordándonos que el clima de Europa y el de España dependen, en gran medida, de fuerzas invisibles que fluyen bajo las olas. Queda por ver si la ciencia y la sociedad actuarán a tiempo para mantener en marcha este gran motor oceánico.

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