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CAMBIO CLIMÁTICO ACELERA LA CRISIS EN EL POLO NORTE

El Ártico pierde hielo a ritmo récord: claves del deshielo de 2025

Satélites muestran que el hielo marino ártico ha caído a mínimos históricos en 2025, amenazando fauna, clima global y la estabilidad de Groenlandia

Periodista Digital 12 Sep 2025 - 01:08 CET
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En el corazón del invierno ártico, cuando el hielo debería dominar el paisaje y la vida debería transcurrir al ritmo de temperaturas extremas, la realidad ha dado un giro inesperado.

En el tablero de ajedrez climático, el Ártico es la casilla clave. Lo que ocurre en sus latitudes extremas puede ser el preludio de cambios mucho más profundos en la vida del planeta, y la ciencia sigue lanzando señales inequívocas de que el tiempo corre.

Porque, como bien saben los osos polares, quedarse sin hielo no es solo un problema de frío, sino de supervivencia.

A día de hoy, 11 de septiembre de 2025, los satélites han confirmado un dato que ha disparado las alarmas en la comunidad científica: el hielo marino ártico ha alcanzado su extensión mínima histórica, superando incluso las previsiones más pesimistas de la última década.

La imagen del Polo Norte como un vasto desierto blanco comienza a resquebrajarse, y no solo metafóricamente.

Las cifras hablan por sí solas.

En febrero de 2025, la superficie global de hielo marino cayó a apenas 16,2 millones de km², la menor jamás registrada desde que existen mediciones modernas.

Solo en el Ártico, el hielo cubría unos 13,75 millones de km², el valor más bajo documentado para un mes tradicionalmente frío. Pero el impacto va más allá de los números: cada kilómetro cuadrado perdido supone menos hábitat para especies emblemáticas y un paso más hacia un clima impredecible.

Groenlandia y el círculo polar: el deshielo que nunca duerme

Si hay un territorio que simboliza la fragilidad del hielo ártico, ese es Groenlandia. Con una capa de hielo que supera los 3.000 metros de grosor y cubre cuatro quintas partes de su superficie, la isla más grande del mundo afronta un futuro incierto. Los científicos llevan décadas observando cómo el calentamiento global afecta tanto a su geografía física como a la vida de sus escasos 56.900 habitantes.

En 2012, los satélites ya advertían que el 97 % de la capa de hielo de Groenlandia mostraba signos de derretimiento, un fenómeno que se ha acelerado con los picos de calor de los últimos años. El año 2016 fue especialmente dramático, pero 2025 ha pulverizado esos registros. Cada temporada cálida, la “desertificación” de Groenlandia avanza, y la preocupación entre la población local crece a la par que la incertidumbre climática.

¿Por qué se derrite el Ártico tan rápido?

El acelerado deshielo responde a una combinación de factores climáticos que actúan como un cóctel explosivo. El principal motor es el calentamiento global inducido por las emisiones de gases de efecto invernadero, que ha convertido lo que antes eran anomalías estacionales en la nueva normalidad ártica. Los inviernos suaves y los otoños cada vez más cálidos impiden que el hielo se regenere, mientras que las primaveras templadas aceleran el derretimiento.

La comunidad científica define como “Ártico libre de hielo” el momento en que la extensión cae por debajo del millón de kilómetros cuadrados, un escenario que según las últimas simulaciones podría materializarse antes de 2030. No es que el Polo Norte vaya a quedarse sin hielo en sentido absoluto, pero sí lo suficiente como para transformar radicalmente el ecosistema, la meteorología planetaria y la economía de las regiones polares.

Impactos en la fauna: el drama del oso polar

El oso polar (Ursus maritimus), indiscutible monarca del hielo, es el rostro más visible de esta crisis. Con una población estimada entre 22.000 y 32.000 ejemplares, su supervivencia depende directamente del hielo marino, plataforma indispensable para cazar focas. El deshielo obliga a estos grandes carnívoros a recorrer mayores distancias en busca de alimento, incrementando su gasto energético y comprometiendo su salud. El resultado: menos crías, individuos más delgados y una especie al borde del colapso.

Pero los osos polares no están solos. Focas, morsas y aves migratorias también ven alterados sus ciclos vitales. El deshielo modifica el ciclo microbiano del carbono, acelera la degradación del permafrost y libera gases de efecto invernadero, alimentando un círculo vicioso que retroalimenta el calentamiento global.

Efectos globales: ¿qué nos jugamos lejos del Polo?

Aunque el drama del Ártico parezca lejano, sus consecuencias se sienten en todo el planeta. El hielo marino regula la temperatura global al reflejar la radiación solar; su pérdida significa océanos más cálidos y un clima más extremo. Las alteraciones en las corrientes marinas y atmosféricas pueden provocar olas de calor, inundaciones o sequías en latitudes templadas, afectando cultivos, infraestructuras y la vida cotidiana en ciudades de todo el mundo.

Además, el deshielo expone nuevas superficies terrestres, liberando antiguos reservorios de metano y CO2 atrapados durante milenios en el permafrost, lo que podría disparar aún más el efecto invernadero. En paralelo, la reducción del hielo facilita el acceso a rutas marítimas y recursos naturales antes inaccesibles, abriendo un dilema entre desarrollo económico y conservación.

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