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El auge de las enfermedades mentales y neurodegenerativas en la sociedad actual

La sencilla razón por la que cada día hay más ‘locos’ en el mundo y en España

El envejecimiento global y los factores de riesgo disparan los casos de demencia y trastornos mentales, pero ¿estamos realmente rodeados de más “locos” que antes?

Periodista Digital 22 Abr 2025 - 00:48 CET
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No es raro escuchar en conversaciones cotidianas frases como “cada vez hay más locos” o “la gente está perdiendo la cabeza”.

Aunque el término “loco” es poco científico y, seamos sinceros, un tanto injusto, lo cierto es que cada año aumenta el número de personas diagnosticadas con algún tipo de demencia o trastorno mental.

Y no, no es solo una impresión: los datos respaldan esta percepción.

Según estimaciones recientes, más de 50 millones de personas viven actualmente con demencia en todo el mundo, una cifra que podría triplicarse para 2050.

Detrás de este alarmante crecimiento está una razón tan simple como inquietante: la humanidad vive cada vez más años. El envejecimiento poblacional se ha convertido en el principal motor del aumento de casos de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, que representa entre el 60% y el 70% del total de diagnósticos de demencia.

¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando envejecemos?

La ciencia nos explica que, con los años, el cerebro experimenta cambios estructurales y funcionales. En el caso del Alzheimer, aparecen placas de beta-amiloide y ovillos neurofibrilares (formados por la proteína tau) que deterioran las neuronas. Esta combinación letal provoca pérdida progresiva de memoria, confusión y un declive irreversible en las capacidades cognitivas y físicas.

Lo curioso es que hasta hace poco se pensaba que la genética era la principal responsable del desarrollo precoz del Alzheimer. Sin embargo, estudios recientes han identificado al menos quince factores ambientales y sociales que pueden aumentar el riesgo: desde la hipertensión hasta el aislamiento social, pasando por la obesidad o incluso la contaminación ambiental.

¿Por qué ahora nos damos más cuenta?

La respuesta es doble. Por un lado, las sociedades modernas han conseguido alargar la esperanza de vida gracias a los avances médicos. Por otro, el diagnóstico temprano ha mejorado notablemente: hoy detectamos síntomas antes y clasificamos mejor los diferentes tipos de demencia. Todo esto hace que aumenten las cifras oficiales… aunque puede que nuestros tatarabuelos también padecieran estos males sin saberlo.

Además, existe un fenómeno curioso: muchas personas asocian cualquier cambio de comportamiento extraño con “locura”, cuando en realidad puede tratarse de patologías como la depresión (muy frecuente entre quienes sufren demencia), o incluso nuevos tipos de pérdida de memoria recientemente identificados por equipos científicos internacionales.

¿Estamos condenados a perder la cabeza?

La pregunta del millón: ¿podemos hacer algo para frenar esta tendencia? La respuesta corta es sí… hasta cierto punto. Los expertos recomiendan abordar los factores modificables:

Aunque todavía no existe una cura definitiva para enfermedades como el Alzheimer —aunque algunos científicos hispanos están revolucionando la investigación con prometedores avances— estas medidas pueden retrasar o reducir su aparición.

El futuro próximo: esperanza y desafíos

Mientras tanto, los laboratorios no descansan. Nuevas técnicas, como las biopsias cutáneas para detectar proteínas anómalas vinculadas a enfermedades neurodegenerativas, abren puertas a diagnósticos menos invasivos y más tempranos. Además, cada año se descubren subtipos y matices en las patologías cerebrales que desafían nuestro conocimiento tradicional.

No podemos pasar por alto el enorme reto social y económico que suponen estos trastornos para familias y sistemas sanitarios. Cuidar a una persona con demencia requiere recursos, paciencia infinita… ¡y grandes dosis de sentido del humor!

Anécdotas y curiosidades científicas para no olvidar

Porque siempre viene bien desdramatizar un poco:

Quizá no haya más “locos” que antes: simplemente vivimos más tiempo y entendemos mejor lo complejo —y fascinante— que es nuestro cerebro.

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