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CULTURA, SALUD Y EMOCIÓN EN LA ÚLTIMA ETAPA DE LA VIDA

El inesperado plato que eligen los enfermos terminales para su última cena: una ventana a la memoria y la nutrición

El puré de patatas es el plato que más piden los enfermos terminales en hospitales como última cena, desatando reflexiones sobre nutrición, recuerdos y curiosidades científicas

Fernando Veloz 07 Jun 2025 - 23:00 CET
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En el imaginario colectivo, la última cena de una persona suele estar cargada de simbolismo y misterio.

¿Una hamburguesa, marisco fresco, un postre de la infancia?

Nada más lejos de la realidad, al menos en muchos hospitales españoles.

Según ha revelado recientemente un cocinero que trabaja en un hospital para pacientes terminales, el puré de patatas es el plato estrella que más demandan aquellos que se enfrentan a sus últimos días.

Lejos de manjares exóticos, la sencillez triunfa cuando el cuerpo y la mente buscan consuelo.

Esta preferencia no es caprichosa ni anecdótica.

Detrás del humilde puré se esconden historias personales, necesidades nutricionales y un profundo significado emocional.

Para quienes han perdido fuerzas o apetito, este alimento representa algo más que sustento: es un viaje directo a los recuerdos familiares, a las comidas compartidas con seres queridos y a los sabores que nos han acompañado toda la vida.

Spencer Richards, trabaja en Sobell House Hospice en Oxfordshire, enfocándose en ofrecer comfort, cuidado y amor, da un testimonio precioso.

Según Daily Mirror, el chef Spencer destaca que cocinar la última comida es un gran privilegio.

Los pasteles, especialmente las tartas, se han convertido en una solicitud recurrente y profundamente significativa, particularmente entre pacientes en sus 80s o 90s, quienes a menudo han enfrentado aislamiento o soledad.

Spencer enfatiza que estas tartas, aunque parezcan pequeños detalles, tienen un impacto emocional enorme, llenando de alegría y nostalgia a quienes las reciben

Nutrición en el final del camino: lo que dice la ciencia

El deseo por platos suaves y fáciles de digerir tiene una base fisiológica clara. En las fases avanzadas de enfermedades crónicas o terminales, el cuerpo experimenta una serie de transformaciones: el apetito disminuye drásticamente y los pacientes pueden perder interés incluso por sus alimentos favoritos. Esto se debe en parte a alteraciones metabólicas profundas provocadas por procesos como la caquexia o la anorexia asociada a tratamientos como la quimioterapia.

En este contexto, los especialistas recomiendan ofrecer alimentos blandos, ricos en proteínas y fáciles de tragar. El puré de patatas cumple todos estos requisitos: textura suave, sabor neutro y posibilidad de enriquecerlo con leche o mantequilla para incrementar su valor calórico y proteico. Además, se asocia con sensaciones placenteras y reconfortantes.

¿Por qué el puré y no otro plato? Claves emocionales y culturales

La elección del puré de patatas va mucho más allá del simple gusto. Para muchas personas mayores o enfermas, este alimento actúa como un ancla emocional. El olor y la textura evocan tiempos felices: comidas en familia, meriendas en casa de los abuelos o recetas preparadas con mimo durante la infancia. En palabras del cocinero hospitalario que desveló este dato: “Significa mucho para ellos”.

Los últimos deseos suelen estar marcados por una búsqueda de sentido y confort. Algunos pacientes piden escuchar música favorita, rodearse de fotos familiares o incluso escribir cartas finales. La comida se convierte así en un ritual íntimo donde cada cucharada ayuda a cerrar círculos vitales.

Curiosidades científicas sobre las preferencias alimentarias al final de la vida

La ciencia ha intentado descifrar durante años cómo cambian nuestras preferencias alimentarias cuando nos acercamos al final:

Por si fuera poco, existe una curiosa coincidencia internacional: estudios realizados en otros países reflejan que platos similares —sopas suaves o cremas— también figuran entre las últimas elecciones alimentarias.

Entre anécdotas y sorpresas: lo que nunca cuentan las películas

Más allá del simbolismo cinematográfico del “último banquete”, lo cierto es que las peticiones reales suelen ser mucho más humildes… ¡y conmovedoras! Algunos enfermos terminales han pedido tortillas francesas porque les recuerdan los desayunos con sus nietos; otros han optado por natillas caseras o yogur natural con miel.

Hay casos sorprendentes donde la nostalgia vence al paladar: una paciente pidió un bocadillo de chorizo porque era lo que comía su padre antes de ir a trabajar. En otra ocasión, un anciano solicitó simplemente un vaso grande de leche caliente “como me lo preparaba mi madre”.

Entre las curiosidades científicas destaca el llamado “efecto Madeleine” (en honor a Marcel Proust): pequeños estímulos sensoriales pueden reactivar recuerdos antiguos y emociones intensas. Por eso no es extraño que muchos pacientes quieran despedirse saboreando aquello que les conecta con su identidad más profunda.

Y si alguna vez te preguntaste si alguien ha pedido algo extravagante como última cena… sí, ha ocurrido: desde sushi hasta pizza hawaiana. Pero lo habitual sigue siendo ese puré suave, sencillo e inconfundible; probablemente porque, cuando se acerca el adiós, todos buscamos volver simbólicamente a casa.

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