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HUELLAS DE UNA ÉPOCA DURA

Por qué a quienes crecieron en los 60 y 70 les cuesta pedir ayuda

La generación de los 60 y 70 forjó una resiliencia única en tiempos de incertidumbre, pero esa autosuficiencia extrema complica hoy mostrar vulnerabilidad y buscar apoyo emocional.

Periodista Digital 13 Mar 2026 - 04:55 CET
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Imagina a un niño en España durante los años 60 o 70, corriendo por las calles sin móviles ni vigilancia constante. Aprendía a curar sus propias heridas porque «así es la vida». Este contexto de posdictadura, marcado por los ecos de la Guerra Civil y las dificultades económicas, moldeó a una generación que hoy, con 50-70 años, se siente orgullosa de su fortaleza mental, pero se encuentra con obstáculos al reconocer sus debilidades. La psicología señala que esas vivencias tempranas forjaron una coraza emocional resistente… hasta que llega el momento de solicitar ayuda.

El contexto histórico fue determinante. Padres que vivieron la posguerra inculcaron lecciones de prudencia y supervivencia: «Arreglátelas solo», era el lema familiar. Los niños asumían responsabilidades desde muy pequeños, sin segundas oportunidades ni terapias que suavizaran las caídas. Investigaciones psicológicas muestran cómo esas pequeñas frustraciones diarias construyeron resiliencia, pero también promovieron una visión de la ayuda como símbolo de debilidad. En la actualidad, esa independencia extrema repercute en su salud y bienestar personal, dificultando la expresión emocional en una sociedad que cada vez valora más la vulnerabilidad.

Resiliencia forjada en la adversidad

Las adversidades vividas en la infancia tienen un impacto duradero en el desarrollo emocional y cognitivo. Aquellos que crecieron en esos años experimentaron fracasos sin red: un suspenso significaba «apechugar» y seguir adelante, no recibir un premio consuelo. Estudios como los del Child Mind Institute evidencian que el aburrimiento sin pantallas fomentaba la creatividad, mientras que jugar libremente en el vecindario enseñaba a resolver conflictos entre amigos.

Esta generación adquirió lecciones esenciales que escasean hoy:

Sin embargo, esta fortaleza tiene su lado oscuro. La exposición continua a dificultades creó rigidez: pedir ayuda va en contra de esa cultura de autosuficiencia aprendida. Psicólogos de la UCLA advierten que enfrentar problemas sin soluciones inmediatas puede fortalecer la resistencia, pero también bloquear el impulso de buscar apoyo durante la adultez.

Bienestar personal en la era adulta

En lo que respecta a salud y bienestar, esta generación se destaca por su capacidad para sobrellevar el estrés financiero o las pérdidas, situaciones normalizadas en su época. Las conversaciones familiares sobre escasez enseñaron a valorar los recursos y ser prácticos, aunque dejaron inseguridades subyacentes. La comunidad vecinal funcionaba como una red solidaria: todos cuidaban de los niños, creando vínculos fuertes que hoy se ven debilitados por el aislamiento.

No obstante, el costo es elevado. Muchos enfrentan problemas en silencio, incluso aquellos abrumadores, considerando la vulnerabilidad como un signo de fracaso. Especialistas sugieren reconocer esa «armadura emocional» para equilibrar supervivencia y calidad de vida: incluso los más fuertes necesitan aliados. Las terapias modernas pueden ayudar a desmantelar esa barrera, mejorando relaciones y reduciendo riesgos como la depresión tardía.

La psicología generacional establece comparaciones: mientras la Generación Z pierde habilidades debido a una hiperprotección excesiva, estos «supervivientes» brillan por su adaptabilidad, aunque deben lidiar con dificultades para establecer conexiones emocionales.

Curiosidades que ilustran la época

Para añadir un toque ligero al relato, aquí van algunas anécdotas y curiosidades científicas que retratan esa infancia tan singular:

Estas experiencias, entre duras y entrañables, arrojan luz sobre por qué muchos hoy piden ayuda con reticencia… pero su legado de fuerza sigue siendo fuente de inspiración.

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